El gran casamiento apostador

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Él la agarra de la mano, la mira a los ojos y sonríe. Bajaron de las inmensas escaleras mecánicas del imponente hotel Bellagio y están por cruzar la avenida Strip, en Las Vegas. Ella tiene un vestido de novia blanco, elegante y reluciente. Él, un smoking negro con moño y mocasines con punta. Es medianoche, el momento de mayor esplendor de la ciudad. No tienen más que cruzar la calle, repleta de autos de lujo, limusinas, motos y taxis, para que reciban la primera gran ovación de la jornada. Las bocinas que antes eran destinadas para que avanzara el tráfico ahora se usan como forma de felicitación. Los que cruzan la avenida hacia el otro lado, los miran y gritan: “¡Uhhhhhhh! ¡Yeaaaahhh!”. Los que miran desde las veredas, aplauden y levantan los brazos al cielo como si estuvieran en un recital de su banda de rock favorita. Es una verdadera fiesta espontánea. Como todos los días, Las Vegas le rinde tributo a una pareja que sueña con tener una larga y feliz vida juntos: es el gran casamiento apostador.

Tienen rasgos asiáticos y no deben superar los 30 años. Son tímidos. Unas diez mujeres, rubias y blancas, pasan por al lado suyo, ya del otro lado de la avenida, y los felicitan. No son muy sutiles. Gritan y les sacan fotos como si formaran parte de la escenografía de la ciudad, repleta de luces que encandilan, música en todos los lugares y ríos de personas que van para un lado y otro. También se sacrifican: dos de las jóvenes del grupo les dan una botella de Heineken de 350 cm a cada uno. La pareja no deja de sonreír, pero no lucen del todo cómodos. Miran al piso, agachan la cabeza en señal de agradecimiento. Parecen desorientados. Se dan un beso.

Unos minutos más tarde se suman otras cuatro personas que también tienen rasgos asiáticos y están vestidos para el casamiento: los zapatos brillan, los maquillajes se notan a la distancia y los peinados parecen tener largas horas de producción. Todos tienen cámaras de fotos y no paran de retratar la escena. Los enamorados se dicen unas palabras, ven alejarse a las chicas que les dieron las cervezas y tiran las botellas a un tacho de basura.

A pocos metros de ese grupo, hay dos mujeres vestidas de policías sexy. Tienen un short que no cubre demasiado, una camisa azul bastante abierta como para advertir buena parte de sus pechos y usan anteojos de sol. Una es morocha, la otra rubia. Con un palo en la mano, comienzan a golpear en la cola a los hombres que pasan por al lado. “¡Travieso! ¿A dónde pensás que vas?”, les gritan. Al minuto, la zona es intransitable. Los hombres que pasan por ese lugar de la avenida Strip, especialmente los que llegan en grupo, frenan y se sacan una foto con las policías malas. “¡Arrésteme! ¡Arrésteme!”, grita un joven rubio desde la esquina de la calle. Algunos les dan un dólar, otros no. La situación parece incomodar a la pareja del casamiento, que se aleja.

Los enamorados asiáticos se dirigen a una de las cientos de capillas para formar parte de los 120 mil casamientos anuales que hay en Las Vegas. Todos los hoteles de la ciudad tienen su lugar especial para contraer matrimonio. La calidad y el lujo de la capilla van de la mano con la del propio hotel. La historia del típico casamiento alocado, rebelde y prohibido, alojado en el estado de Nevada por la enorme flexibilidad legal, parece haber quedado atrás. Ahora, casarse en Las Vegas es un acto premeditado que tiene como gran objetivo sumergirse en pareja con todos los que se quieran sumar a una gran ola de locura, consumo y juego. Es, además de una increíble aventura para los recién casados, un gran negocio para la ciudad. El servicio cuesta en promedio unos 300 dólares. La ceremonia es corta, de sólo 30 minutos (aunque, por supuesto, se puede pagar por más tiempo) y se puede realizar en diferentes idiomas. Si no hay testigos, se pueden contratar.

Los casamientos se hacen en todas partes de la ciudad y, por una noche, la pareja se convierte en la invitada de lujo de Las Vegas. Todo el que vea a los recién casados debe, por lo menos, felicitarlos y desearles una buena vida. Los más extravertidos los abrazan y besan como si se trataran de sus mejores amigos. Otros les invitan cervezas o algún trago. Es común también que algún desconocido le dé al novio unos dólares para apostar.

En el casino del hotel Ballys, dos jóvenes estadounidenses juegan a las máquinas tragamonedas mientras dos o tres personas alrededor les toman fotos. “¿Ganaste algo?”, le dice él, que prueba suerte en el juego de Superman. “¡Todavía no!”, le responde ella, con un vestido de novia blanco, mientras vuelve a pulsar el botón de la fortuna. No les parece importar demasiado si ganan o pierden. Ríen a carcajadas. Gritan y levantan enormes tubos de color verde que tienen algún tipo de bebida alcohólica (cada 50 metros hay un punto de venta que ofrece margaritas o daiquiris en diferentes envases de plástico, a 20 dólares). Lucen demasiado excitados, desaforados. Ella toma del pico y se desparrama el líquido sobre el vestido. No es la primera vez que le pasa. Tampoco será la última: mira la mancha, acerca la boca a esa zona y absorve con desesperación, como si se tratara de agua en pleno desierto (es curioso, pero detrás de los edificios, las luces y las extravagancias, sí está en pleno desierto). El novio -o marido, porque no está claro si ya se casaron o pasarán en un rato por la capilla- ni la mira. Está compenetrado en conseguir tres símbolos de Superman para lograr un bonus. Ella tampoco lo mira. Después de unos minutos, vuelve a tomar del enorme tubo. Lo levanta y lleva la nuca para atrás para tomar hasta la última gota. Esta vez, en el último intento, no se manchó.



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    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario, Marcelo. Ya había leído tu blog, me pareció muy bueno. Ya tenés material para armar un buen libro, me parece.
      Abrazo, El fútbol es una excusa ya está en el humilde blogroll de Crónicas de calle.


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