Los fantasmas del parque de diversiones de adultos

lasvegas

Lo saben hasta los que piden plata. En Las Vegas hay que entretener: “¿Para qué mentir? Necesito alcohol”. Es la frase del cartel que levanta todos los días en el pequeño puente que une al hotel Ballys con el Flamingo. Algunos le cumplen el deseo y le dan una botella de cerveza. Tiene la barba larguísima y una gorra roja desgastada. Siempre se coloca del lado del sol. Transpira. Mira el piso. Parece deshidratado. Su mensaje suele generar risa en los turistas que pasan por la zona. Él nunca festeja los comentarios que le hacen. Su pedido de alcohol parece, en realidad, un pedido desesperado de ayuda.

En la sala de poker del hotel Bellagio no se puede ingresar a jugar con menos de 600 dólares. A pocos metros, en alguna calle de la ciudad, habrá un homeless que no juntaría esa cantidad de dinero en mucho tiempo. El contraste, aunque muy pocos lo noten, es demasiado fuerte. La ciudad, derrochadora y omnipotente, los ignora. Ellos no se atreven a levantar la mirada. Lo único que hacen es sostener su cartel y un tacho, lata o vaso para que alguien les regale un dólar o algunas monedas. En las calles también hay gente que pide plata por ellos con enormes tachos blancos. “¡Plata para los homeless! ¡Plata para los homeless! ¡Vamos, chicos! ¡Ellos necesitan tu ayuda”, gritan los colaboradores de una especie de ONG que asiste a la gente necesitada. Sin el show de los carteles ni el impacto visual que generan los verdaderos pobres, no tienen demasiado éxito.

Entre las montañas rusas, las máquinas tragamonedas y las interminables mesas de poker, hay un grupo de personas que no la pasa del todo bien. Son los verdaderos fantasmas del parque de diversiones de adultos más grande del mundo. La adrenalina y el alcohol, que se vende en cada esquina, no dejan aclarar las ideas. Adentro de los casinos, todo es exceso y ganas de hacerse millonario con un dólar. Afuera, gritos, mujeres excesivamente llamativas y descontrol. El ruido de las monedas que chocan en las manos sucias a veces acompaña la música de los artistas callejeros. En los puentes que unen las calles, todos comparten el lugar. La policía casi ni los mira. Todo indica que en esta ciudad a nadie se le ocurriría hacer algo que no corresponde.

Representan el último escalón de una ciudad que debe asumir el puesto de “escalera más grande del mundo”. Las diferencias entre el que está más arriba y el de más abajo son demasiado grandes. Hay demasiados escalones en Las Vegas. Ahí nomás de los que piden dinero están los latinos, en su mayoría mexicanos, que reparten tarjetas con números de teléfonos y descuentos para contratar prostitutas. Viven en las afueras de la ciudad y casi no hablan inglés. Los asiáticos son también buena parte de la mano de obra. La mayoría trabaja como croupiers en los casinos. También hay meseras y bailarinas. Buscan el sueño americano que nunca llega. Son los que menos dinero ganan y los que mantienen a la ruleta de la ciudad en movimiento.

Lo de él no es un chiste. Tirado en el piso y con la espalda en una de las paredes de la calle, le cuenta a unos turistas que quedó varado en la ciudad. Habla pausado y en voz baja, no debe tener más de 30 años. Perdió todo su dinero en el juego y sus tarjetas fueron canceladas. Sus padres decidieron no ayudarlo y él tampoco quiso recibir un empujón. Su frase del cartel es también un guiño. Para que su enorme vaso de plástico de Coca Cola se llene al final del día, debe formar parte del show: “Necesito dinero para volver a Boston”.  A la oración la acompañan el dibujo de un avión y el mapa de Estados Unidos.



There are no comments

Add yours