Unas de argentinos en Miami

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-¡No, mi amor! ¿Vos me estás cargando? ¡Si vos tenías el cochecito del nene y ahí estaba mi campera, es tu culpa que haya quedado en el aeropuerto!

-¡No es mi campera! ¡Pensé que la habías agarrado vos!

Ya no tienen necesidad de disimular. Los gritos se escuchan en todo el avión. Es un vuelo de Aerolíneas Argentinas que está por llegar a Buenos Aires. Cuando el nene, de no más de dos años, al fin se había dormido, el olvido de la campera fue la gota que rebalsó el vaso. La mamá de ella se acerca y pregunta qué pasó. “Nada, mamá. Que Matías dejó mi campera en Miami”, responde. La azafata pasa por al lado y, con una sonrisa y la mano derecha apoyada levemente en el hombro izquierdo de ella, dice: “Por favor, en unos minutos vamos a aterrizar”.

Se escucha la voz de Marcelo Tinelli. Hay una joven argentina de no más de 30 años que, con un iPad, está mirando ShowMatch en vivo. Está detrás de una barra y trabaja en uno de los bares de la avenida Ocean Drive, la más famosa de Miami, justo enfrente de la playa. “Estoy aburrida”, dice. Su capacidad de asombro hace tiempo dejó de funcionar en ese lugar. La caminata por la zona se hace demasiado común para ella o para cualquiera. Los acentos suenan demasiado familiares. La mayoría de las meseras que ofrecen el 2X1 de tragos, después de las seis de la tarde, son argentinas. El resto, hispanohablantes. En Miami no hace falta hablar inglés.

El sol es demasiado fuerte y el calor insoportable. El mar, caliente, no refresca y no hay bares como para tomar alguna cerveza helada. No hay muchos turistas. La mayoría prefiere quedarse en las piletas de los hoteles y, por la tarde, recorrer alguno de los tantos shoppings de la ciudad. Uno de los tantos Best Buy, una casa de electrodomésticos a diez cuadras de la playa, está lleno de argentinos. En realidad, sólo hay clientes argentinos. Una pareja de no más de 45 años y dos hijas adolescentes discuten qué les conviene comprar. Parecen cordobeses. “Aprovechemos, compremos las dos iPad y una Mac. Después las vendemos allá si no se usan”, dice el padre de familia.

“¡Martín! ¿Te podés quedar quieto, por favor?”, le dice una mujer de unos 30 años a su hijo, que debe tener cinco. Martín no le presta atención. Corre por los pasillos del aeropuerto. Hace una vuelta carnero. Ríe. “Dale el iPad y que juegue un juego”, le dice el marido. “Vení, Martín. Tomá”, dice la mamá mientras estira el brazo y sacude el aparato. Martín llega corriendo. Agarra el iPad, lo prende y abre el juego. Ya no corre, grita ni ríe. Está compenetrado en un hombrecito que lleva un arma y tiene que saltar para no caer en los precipicios y disparar cuando se acerca un enemigo. Como él hay varios chicos más.

“Por favor, por reglamento del aeropuerto, les pedimos que no se acerquen a la puerta de embarque hasta que no sean llamados”, dice una de las azafatas por altavoz mientras los pasajeros de primera clase comienzan a entregar sus tickets. Pero no hay caso. Ni bien se terminó de escuchar el mensaje, unas 100 personas se pararon y rodearon la zona de embarque. La azafata ignora que hasta hace un minuto había pedido que no se ocupara ese lugar en el que ahora hay valijas, chicos corriendo y carteras. Parece vencida.

Una joven con el pelo teñido de rubio y bastante quemada por el sol lucha con su valija. No puede hacerla entrar en uno de los espacios que hay arriba del asiento del avión. Intenta correr un pequeño bolso de manera que se genere un espacio físico que parece no existir. “Eh, querida, si tirás así de bruta me vas a romper el bolso”, le dice una señora que está sentada al costado. “No lo voy a romper, querida”, le responde. “Qué maleducada. Bueno, yo no me muevo. Que lo resuelva alguien”, dice. Llega la azafata. “Esta valija no puede quedar así”, dice. “No, ya sé,  pero no la puedo meter porque la señora ésta, con muy poca educación, no me deja tocar su bolso”, contesta. “Bueno, ahora lo intentamos resolver, ¿si? Yo no entiendo, se quejan porque la Afip les da cinco dólares para gastar por día y vuelven con los bolsos bastante llenitos…”, comenta por lo bajo. “Ni me hables de ese tema”, le tira la chica, que está parada, a la espera de que alguien resuelva el conflicto. “No entiendo, en la ida entró perfectamente”, larga. Aparece otra azafata en escena: “Sí, porque en la ida no habías pasado por el mall”. Al final, la otra azafata hace de mediadora, toma el bolso de la señora que se había quejado, luego de pedirle permiso, y mete los dos paquetes en el mismo compartimento. “Qué hermoso este vuelo. Placentero. Nacional y popular. Eso. Bien nac and pop, como le gusta a Cristina”, comenta a su compañera la chica de la valija enorme.

El avión aterriza. “Le pedimos a los señores pasajeros que esperen que la señal de cinturón se apague para pararse”, dice el piloto. El mensaje no terminó y ya están todos arriba. El avión todavía se mueve. Las valijas ya están todas en el piso. “Que hagan lo que quieran. Así le van a romper la cabeza a un nene”, dice la misma azafata que resolvió el problema de espacios para guardar el equipaje. Ya está derrotada. Lo asume. Los pasillos para llegar a migración son caóticos. Muchos pasajeros corren y varios padres con cochecitos se chocan entre sí, entre el apuro y la desorganización.

Un chico de unos cinco años está tirado en el piso y acaricia a un perro con pelo dorado con un cartel de la Afip que le atraviesa el pecho. Los padres del chico esperan que la cinta transportadora haga llegar de una vez sus valijas. Parecen preocupados. Ya pasaron más de diez minutos y vieron pasar dos veces los mismos equipajes. “¡Ahí está! ¡Ahí está!”, grita la mujer. El hombre toma una valija negra con un pequeño candado en la parte del cierre y la aparta. “Bueno, quedan dos más”, dice él. A los pocos minutos, se acerca un joven y les dice que ésa era su valija. “Uy, nos equivocamos, gordo”, dice la chica, que ni siquiera mira ni pide perdón al verdadero dueño.

El último paso es la aduana. “Sacá las máquinas y dáselas a los chicos, gorda”, comenta un señor de no más de 50 años a su mujer. “Tomen, chicos, jueguen”. Son dos varones y una nena. Ninguno supera los quince años. Parecen dormidos. Caminan con dificultad y bostezan. Prenden los aparatos y comienzan a jugar, como lo hicieron hace unas horas en el aeropuerto de Miami. El empleado de la aduana casi ni los mira. Ellos siguen jugando y no prestan atención a la situación, aunque sus padres sí. Lucen algo nerviosos. Los chicos no parecen muy entretenidos con el juego. Sólo quieren llegar a casa e irse a dormir.



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