Recuerdos adrenalínicos de una noche maravillosa

maidana

-Ey, bro…do you have any ticket?

-Eh…yes

-Would you like to sell it?

-Yes. It´s not a good place…I can give it to you for 100 dollars

-Ok, let me see the seat…I´ll give you 50

-80

-75

-Ok, 75 is OK

La noche empieza bien. Llego al MGM con la credencial sobre el cuello. Con miedo de que no me acreditaran para la pelea, había comprado una entrada con anterioridad y quiero revenderla. Es temprano. Atravieso el enorme hotel de una punta a la otra. Ya me había perdido demasiadas veces como para no saber a dónde ir. Primero la sala de poker, después la casa de apuestas deportivas con una pared con cientos de monitores y, por último, las máquinas tragamonedas. A la izquierda, algunos metros más adelante, “The arena”. Ni siquiera tuve que ofrecer el ticket. El hombre, negro, estadounidense y de no más de 35 años, me ve a la cara y me pregunta si me sobra una entrada con mucha seguridad. No se equivoca.

La pelea estelar de la noche es la de Canelo Álvarez, una de las grandes figuras del boxeo mexicano, aunque sólo tiene 22 años y ningún rival con demasiado peso encima. Se enfrenta ante su compatriota Josesito López, un retador con pocas aspiraciones. Es 15 de septiembre, día de la Independencia mexicana. En los pasillos del hotel sobran cervezas y nachos. Yo, en realidad, estoy para ver a uno de los boxeadores que se presenta en uno de los combates preliminares: el Chino Maidana.

El Madison Square Garden fue, hasta la primera mitad del siglo xx, una verdadera meca de este deporte. No había boxeador que no soñara con mostrarle su talento al mundo desde Nueva York. Allí brillaron Joe Luis, Sugar Ray Robinson y Jake La Motta, entre otros grandes. Más tarde, Alí, Frazier y Tyson. Pero, con el tiempo, las cosas cambiaron. A comienzos de los 60, el plan para convertir a Las Vegas, un lugar sin ningún tipo de atractivo natural y aparentemente carente de desarrollo, en una especie de Disney para adultos ya era una realidad. Los grandes empresarios (o mafias) que soñaban con casinos, prostitutas y diversión, creyeron que el boxeo sería un buen complemento. Sedujeron a los grandes promotores del momento, Don King y Bob Arum, para que volcaran los grandes combates a esa ciudad. De a poco, el Garden se vio eclipsado por los grandes estadios que se construían entre inmensos hoteles. Uno de ellos es el MGM, una de las grandes casas del boxeo contemporáneo. Fundado a mediados de la década del 90, su ring tiene encima el récord de recaudación: casi 19 millones en el combate entre Oscar de la Hoya y Floyd Mayweather, en mayo de 2007.

El estadio impacta por la grandeza, pero la gente es la que marca la diferencia. “¡Meeeeeeexico! ¡Meeeeeeeexico!”, retumba en las pausas de los combates. El Chino Maidana sale al ring con una canción mexicana. “Los debe estar cargando”, pensé. A mi lado hay dos periodistas cordobeses. Todos sufrimos por lo mismo: si la pelea se retrasa, es posible que nos perdamos algo de la de Maravilla Martínez, que a unas 20 cuadras de ese lugar, en el Thomas Mack Center, disputará -creemos- uno de los grandes combates del año ante Julito Chávez, el hijo de la Leyenda. A Maidana no quería dejar de verlo. Es un boxeador puro, de una guapeza única y corazón noble. “El Chino está en caída. Es todo en picada para él”, me había dicho el día anterior un ex entrenador suyo. Nos dimos cuenta rápidamente que Maidana estaba lejos de estar acabado. Se muestra vital, conecta con el jab, mueve bien las piernas y, como siempre, sacude con la derecha. “¡Pero qué bombazo!”, me levanto del asiento y grito. Es el séptimo round y el mexicano Soto Karass la pasaba mal. A unos asientos, un hombre no se toma bien la reacción. “Oye, amigo, tú eres periodista. Aquí no puedes gritar así”, dice. Es mexicano. No le contesto. Cuando el árbitro decreta el nocaut técnico en el siguiente asalto, el festejo y los gritos con los cordobeses fue aún mucho más grande. Ni miramos la celebración del boxeador. Es la hora de correr.

Los pasillos del hotel, un sábado a la noche y el día de la Independencia mexicana, explotan. No importa. Encabezo la corrida y mis dos compañeros de aventura me siguen. El objetivo es llegar al lobby para tomar un taxi. Chocamos algunas personas, pedimos perdón. Hay algunos argentinos que corren como nosotros. Es una carrera de unos 500 metros con obstáculos. Pasamos desapercibidos. Los gritos y las corridas en esos hoteles, entre turistas, curiosos, apostadores que  festejan sus victorias y borrachos son parte de la escenografía natural. En Estados Unidos hay que respetar las normas. La cola para tomar un taxi en la puerta del hotel es sagrada. Nosotros, argentinos, queremos romper con la tradición. Hablar con algún conductor para evitar la espera. Fracasamos. En la fila, nos ofrecen viajar en limusina. Me encanta la idea. Por unos 20 dólares cada uno podíamos hacer aún más grande la fantasía en la que nos sentíamos. Al final, no nos animamos.

El taxista está borracho. O eso parece. Cuando nos subimos, se pone extremadamente negativo. “No van a llegar a la pelea. Esto es Las Vegas. Hoy es sábado, hay autos por todos lados. ¿No podían salir antes?”, dice. Le explicamos que veníamos de ver otra pelea. “Peeendejo”, largó. “¿Pendejo? ¿Quién es pendejo? ¿Chávez?”, pregunto. “Si…yes..Chávez and you”, responde. Nos reímos, ya relajados porque el tráfico no era tan grande. Llegamos cuando terminaba el combate previo a Maravilla.

“A ver muchachos…200 dólares a Maravilla…¿quién se anima?”, un argentino de unos 55 años se para en una butaca del Thomas Mack Center y desafía a los mexicanos que estaban alrededor. Cuatro se acercan. Se dan la mano y vuelven a sus asientos, serios. “Nunca se van a pagar nada”, pensé. El estadio es una verdadera caldera. A esa altura, la rivalidad entre los boxeadores, fogueada por las diferentes conferencias de prensa, el pesaje y el histeriqueo típico del boxeo actual, era demasiado grande. Es una guerra entre argentinos, no más de cuatro mil, y mexicanos, unos quince mil.

“Coño, es que Julito no tira nada, guey”, comenta, al lado de mi asiento, un hombre mexicano de unos 40 años. Parece enojado. Maravilla Martínez baila en el ring pero, además, impacta cómo y cuándo quiere. “Mira, mira, mira…ahí va uno, dos…, tres, cuatro…pero es que así no puede ganar una pelea”, relata el combate con bronca. A partir del quinto round, parece darse vuelta. Cuando el argentino le pega al mexicano, la reacción es otra, como si estuviera a su favor: “¡Dale! ¡Dale! ¡Así!”. Lo miro. Me devuelve la mirada y dice: “No puedo hinchar por Julito si no boxea. No es ni la mitad de lo que era el padre”. En la caída de Maravilla, en el ultimo round, se me nubla la mirada. Los mexicanos, que habían estado en silencio, reventaron. Era su grito de desahogo.

“¡Pagani! ¡Comprate una peluca, Pagani!”, el grito es de un hombre con tonada cordobesa. Usa la remera como sombrero en la cabeza y sostiene un vaso de cerveza en la mano derecha. Le grita a Horacio Pagani, que está al aire para la televisión y no prestarle atención. Maravilla Martínez ya ganó. El estadio se vacía rápidamente pero los argentinos se quedan. Los que estaban en las plateas superiores bajan al ring side y se mezclan con los periodistas y famosos que están en la pelea. Los mexicanos que habían apostado los 200 dólares se acercan a pagar su deuda. Primero, con la cabeza gacha y en silencio. Después, cuando el argentino, que ganó 800 dólares, los abraza y les da un beso, se ríen y sacan fotos. “¡Para Cristina que lo mira por TV!”, es una de las canciones que se escucha. La excitación no afloja, la tensión tampoco. “¡Soooy argentino, es un sentimiento, no puedo parar!”, es otro de los gritos de guerra. Osvaldo Príncipi, el periodista argentino más reconocido del boxeo, no puede caminar más de cinco pasos sin que le pidan una foto o un autógrafo. Es una verdadera estrella. Entre los festejos desaforados, con música de Elvis Crespo de fondo, hay miradas cómplices y abrazos: muchos ya reconocen que fueron testigos de una de las grandes peleas de la historia. También hay golpes. Un grupo de unas quince personas le pega a un empleado de seguridad que quiere sacarlos del estadio. “¡Andá, vos, tira bomba! ¡Yankee tira bomba!”, grita enojado uno de los argentinos. Llega la orden de otro hombre de traje. Que festejen todo lo que quieran.

Afuera hay una multitud que hace la cola para tomar taxis. Con los cordobeses volvemos caminando. A lo lejos se observan las luces de la avenida Strip que, a esa hora, alrededor de las 23, está en su esplendor. Antes de entrar a mi hotel, el Bally´s, compro una limonada con vodka. Ya en la habitación, tomo un trago mientras me preparo para escribir las notas de la pelea. Todavía escucho los ruidos que provocan las fuentes del Bellagio, el hotel símbolo de Las Vegas. Explosiones cada quince minutos, como si fueran fuegos artificiales.

Al otro día me levanto al mediodía. Estoy cansado pero feliz. Voy a la planta baja de mi hotel e intento apostar por el partido de Boca contra Independiente, pero no estaba disponible para jugar. Compro una hamburguesa con papas fritas y miro un poco de fútbol americano. No hay mesas para sentarse. Están todas ocupadas por apostadores que, en su mayoría, visten las camisetas de sus equipos. Toman cerveza, comen chatarra y gritan cada vez que hay un touch down. En la sala del casino me encuentro con Carlos Irusta, otro periodista legendario del boxeo. “Todavía no me despierto del sueño”, me dice. No sé qué responderle. Vuelvo a la habitación y veo el partido de Boca. Me lamento: si me hubieran tomado la apuesta, habría ganado unos dólares. La adrenalina todavía no había bajado.



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