España de parada

barcelona

Dos naranjas en el centro del piso del pequeño ambiente techado, de unos seis metros por seis, en el que hay cuatro cajeros automáticos. Dos naranjas que parecen fuera de contexto. Dos naranjas que brillan. Dos naranjas que acompañan. Están justo al lado de un hombre de no más de 35 años que duerme de espaldas a la calle, tapado con una enorme frazada marrón. A su lado también hay un par de bolsos. El hombre parece tranquilo. Respira con suavidad. Las luces están prendidas. La puerta, cerrada. Sólo se puede ingresar con tarjeta de crédito. En Barcelona es medianoche y hace frío, unos cinco grados. Todo indica que nadie ingresará a los cajeros hasta la mañana. Un hombre que no tiene techo y no tiene más que alguna moneda usa para dormir el lugar donde la gente retira plata. Sólo tiene dos naranjas. Nada más. Como él, hay varios más.

España está de parada. Así llaman a la crisis los medios de comunicación y la gente en la calle. Parados significa desempleados. La cantidad de gente sin trabajo llega a los 6 millones y las cifras van en aumento mes a mes. En la población activa, representan un 26%. Las colas en las oficinas de desempleo son largas y constantes. Nunca desaparecen. Nunca -o casi nunca- se consigue trabajo.

Barcelona es, sin dudas, una de las ciudades más amigables de Europa. En un kiosco de revistas o un simple mercado es fácil percibir el trato de los trabajadores con sus clientes. Primero, la bienvenida. “¡Hola!”, pronunciado como si la “a” llevara acento. Siempre una sonrisa. Siempre una muestra de predisposición. Despedida amable y un último gesto de agradecimiento. Además de la educación y la cultura de trabajo, hay una razón simple por la que se diferencian de manera tan evidente: no se pueden dar el lujo de perder el empleo. Quedar parado representaría una experiencia insufrible, límite. Aunque el Gobierno (acusado de corrupción y con la credibilidad en el abismo) colabora con 400 euros por mes a cada uno de los desocupados, la cifra no representa más que migajas de pan.

“Hay dos ocasiones en la vida en las que el hombre no debería jugar: cuando no tiene dinero propio para ello y cuando juega su propio dinero”, dijo alguna vez Mark Twain. En Barcelona, la frase del escritor no tiene validez. Tener una cafetería sin alguna máquina tragamonedas es una ausencia tan grande e imperdonable como el mismo café o el pan. Buena parte de los hombres de más de 50 años se juega unos euros en la maquinita. Todos los días juegan con la misma esperanza: conseguir un jackpot o alguna buena combinación. La victoria casi nunca llega.

La gente cuida la plata. La rueda del consumo parece moverse pero con cautela. Es domingo y la mayoría de los restaurante están llenos. Una pareja, de más de 60 años, mira con mucho cuidado la carta de un bar para nada lujoso, más bien humilde y económico, antes de ingresar. Justo en la esquina, otra pareja de la misma edad está sentada en la escalera de un edificio. El hombre sostiene un cartel viejo y gastado: “Plata para comer, por favor”.

“Aquí las cosas no están fáciles”, dice una argentina que tiene el acento español impregnado. Tiene unos 35 años y trabaja para un negocio de merchandising del Barcelona. “Veo muchos argentinos, ¿las cosas están mejor?”, pregunta. Dejó el país en 2001, en plena crisis. Nunca regresó. “Y… lo malo de allá es la inseguridad”, lanza.

Aunque vivir es caro y los sueldos no suelen alcanzar (con 22 mil anuales, España tiene uno de los promedios anuales de ingresos más bajos de Europa), la crisis tiene un matiz más o menos esperanzador, distinto a otros lugares. “Hay que aguantar un poco más. Esperar y aguantar. Ya pasará y vendrán mejores momentos”, dice Antonio, un taxista de 60 años. España de parada sufre, pero es un país rodeado de una enorme estructura que funciona. El subte de Barcelona, por dar un ejemplo, es uno de los mejores del mundo. También el tren. En la calle no hay basura ni tráfico. Las bocinas y los insultos prácticamente no existen. No hay trampas y las reglas son claras. Las plazas y los gimnasios están repletos de gente que se preocupan por su salud. Corren, hacen ejercicio físico. Abundan los oficinistas que van al trabajo en bicicleta. Nadie habla ni sufre la inseguridad. Caminar en la calle de noche no es peligroso. Parece, más allá de las dificultades por las que pasan, un lugar bastante accesible para sentirse más o menos feliz. Como dijo el taxista, sólo tienen que aguantar un poco más. Su crisis no es eterna.

(#) foto de enoticies.com



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  1. facundo

    barcelona es hermosa. ahi podria terminar mi comentario, pero voy a decir dos cosas mas.
    1- ¿que pienso cuando digo educacion? “Primero, la bienvenida. “¡Hola!”, pronunciado como si la “a” llevara acento. Siempre una sonrisa.””Las bocinas y los insultos prácticamente no existen”, etc. ¿que pienso cuando digo seguridad? 26/12/11 barcelona, 2a.m. rambla del raval, oferta de drogas y prostitucion en la calle, yo caminaba sin ningun tipo de temor y sabiendo que no pasaba absolutamente nada.

    2- “Hay que aguantar un poco más. Esperar y aguantar. Ya pasará y vendrán mejores momentos” sin dudas antonio, el problema es que yo soy arquitecto recién recibido y no hay laburo de lo mio por eso hoy trabajo haciendo tours por la ciudad donde la gente me deja una propina a voluntad por el recorrido, y dentro de 5 o 10 años cuando pueda conseguir laburo como arquitecto va a haber generaciones de jovenes que sepan mas que yo esten actualizados y esten dispuestos a cobrar menos. (situacion hipotetica sobre mi vision de la crisis europea)

    • Lucas Bertellotti

      Facundo: muchas gracias por el comentario. Creo que para leer este post hay que tener muy en cuenta que yo soy argentino y vivo en Buenos Aires. Mi realidad es muy diferente a la que puedas vivir vos en Barcelona u otra persona en un país de África, por decir un ejemplo. Entiendo tu frustración y malhumor pero, después de leer el texto, ratifico parte del foco: en la crisis de España no hay chicos que bucean en enormes tachos de basura o piden monedas en los subtes descalzos mientras aspiran pegamento. En el contexto de Barcelona, cuando lo visité, sí noté que las cosas no están del todo bien. Espero que haya quedado claro. Saludos.


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