Once

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Graciela camina para un lado y otro en las escaleras de la entrada del Hospital Durand. Los periodistas la miran con atención pero todavía no parecen animarse a acercarse o preguntarle qué le pasa. Ingresa al hospital. En una de las paredes hay una lista con unos cien nombres. La mira. De arriba a abajo. De abajo a arriba. “Acá no está. Acá no está”, dice. Sale del hospital. Llora. Un periodista le pregunta si busca a un familiar. “Sí”, responde. Pero no puede hablar. Se desploma sobre un escalón. Se tapa la cara. Balbucea. “Tatiana, Tatiana. Estaba en el tren. 24 años. Tatiana. Estaba en el tren”, después de respirar y tragar las lágrimas que caen como una catarata. El periodista de radio hace de rescatista. Le pide tranquilidad y agarra el celular. “Necesito que busques en la lista o preguntes en qué hospital está Tatiana Pontiroli. Por favor, llamáme lo antes posible”, dice. Graciela agarra su teléfono. “Acá no está”. Desprotección.

Tatiana Pontiroli fue una de las 51 personas que murieron en la estación de Once, hace un año. Graciela, su mamá, fue uno de los cientos de familiares que ese día recorrieron los hospitales de toda la ciudad. El caos era total. Las líneas que debían entregar información estaban saturadas. Se tardó demasiado tiempo para subir las listas de heridos a Internet. Algunos, después de probar en el Ramos Mejía, Rivadavia, Argerich y varios más, encontraron a sus seres queridos con leves lesiones o en estado grave. Volvieron a sus casas con las piernas temblando y el nudo en la garganta que nunca se fue. Otros, los hallaron muertos. Todos lloraron. Desorganización.

Pasaron algunas horas del accidente que ocurrió a las 8.32 y la policía levanta una especie de lona para evitar que se pueda mirar el lugar del accidente. Pero es como tapar a un elefante con una toalla. La tragedia es imposible de ocultar. Se puede apreciar al tren destrozado. Se pueden ver las manchas de sangre en el piso. Se pueden escuchar los gritos. Negación.

Calles cortadas. Ambulancias que no paran de llegar. Helicópteros. Camillas que van para un lado y otro. Sobrevivientes que descansan en una pared, sin hablar. Mandan mensajes de texto o llaman por teléfono a sus familiares. Heridos que regresan desde el hospital para retirar sus pertenencias o pedir una especie de certificado para presentar en el trabajo. Pasajeros irritados e impotentes que se juntan a ayudar, después a ver lo que pasa. Hay un bar a pocos metros del andén. Los mozos y cocineros no trabajan. Miran la televisión colgada sobre el techo. Las cámaras muestran lo que ellos tienen delante de los ojos. Pero ellos prefieren mirar la televisión. Insultos al aire. “Ahí podría haber estado yo, viajamos como perros”, dicen. Se percibe la tensión. La policía comienza a despejar la zona. Abandono.

Cuando Santiago fue a buscar la mochila de Natalia a la policía, cinco días después de la tragedia, se imaginaba que algo malo podía pasar. Primero, no se la quisieron entregar porque no había llevado el certificado de nacimiento. Le dijeron que con el documento y el mismo apellido no alcanzaba. Después, cuando le entregaron la mochila, recibió otro golpe de nocaut. Faltaban 700 pesos y dos celulares. “¡Ustedes no tienen vergüenza! ¡Ustedes no tienen vergüenza!”, gritó. Corrupción.

La tragedia de Natalia no terminó. Todos los días, cuando se mira los pies destrozados, repletos de cicatrices e injertos, piensa en Once. Todavía le cuesta caminar. Siempre recuerda al viejito que tuvo arriba durante más de cuatro horas en el tren, hasta que lograron sacarla. Estaba muerto. Ella aguantó consciente hasta el hospital, cuando firmó un documento que habilitaba a los doctores a intentar salvarle las piernas. “Ella es muy fuerte”, dice su mamá Josefina. Azul, su sobrina de siete años, le alcanza un pañuelo. Recordar todavía le genera dolor. Y llora. Nunca pudo terminar el piso de arriba de la casa de sus papás, donde se iba a ir a vivir sola. Tiene 29 años. Impotencia.

Sueña con que se haga justicia. “¿Qué es justicia? Que paguen todos, de Cristina para abajo”, dice. Ella nunca votó a nadie. “Todos me decían que si votaba en blanco iba a ayudar al de más votos, pero a mí no me importaba. Yo no quería votar a nadie”, explica. Su papá, Santiago, agrega: “Yo voté a Cristina, no a los otros ministros. Si Cristina eligió a sus ministros y ellos fueron corruptos, entonces tiene que pagar Cristina por haber elegido mal y no controlado”. Y agrega: “Ella anunció un tren bala que iba de Buenos Aires a Rosario y de Rosario a Córdoba. En realidad tendría que haber anunciado al tren que iba de Merlo a Once. Era el tren bomba, que explotó e hizo un desastre”. Injusticia.

Dicen que los aniversarios sirven para recordar. Esta tragedia parece ser, en realidad, una verdadera y cruda radiografía del país. Desprotección, desorganización, negación, abandono, corrupción, impotencia e injusticia. Son características de un país fallido. El aniversario de Once sirve para recordar que Once es la Argentina. Hace un año. Hoy también.



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