Costumbres londinesas en el mundo debajo de la tierra

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Líneas que se cruzan. Gente que corre. Artistas de la calle que tienen su lugar reservado con un círculo marcado en el piso. Horarios que se cumplen a la perfección. Idiomas. Paredes a las que no les falta atractivos: hay carteles con cada una de las obras de teatro de la ciudad. También pantallas digitales con imágenes que muestran a diferentes personas que, por el movimiento que generan, parecen subir a la par de los pasajeros en alguna de las interminables escaleras mecánicas. Marineros. Oficinistas. Adolescentes. Enfermeras. Integrantes de la sociedad que alguna vez usaron el subte. Es un homenaje por los 150 años que cumple el transporte. Estaciones al aire libre. Estaciones tan profundas que parece imposible que  a ese nivel aún se pueda respirar. Pasillos. Negocios. Rectas. Curvas. Carteles. Hay un mundo debajo de la tierra.

Es el pie de él el que evita que la valija caiga al piso. Está parado en el medio de un vagón del subte de Londres, de la línea Picadilly. Un turista que parece de algún país nórdico sube con su novia en la estación Terminal 4, en el aeropuerto de Heathrow. Deja su equipaje en un lugar reservado para eso, entre los asientos y las puertas. Se sienta. Y se olvida de la valija. Habla con su novia. Le da un beso. Repasa una guía turística. El hombre sigue parado en el medio del vagón. En la mano derecha sostiene un diario, pero casi ni lo lee pese a que tiene los anteojos puestos. La izquierda la lleva en el bolsillo. Cada vez que el subte arranca, luego de hacer una parada, la valija comienza a temblar y parece a punto de caer. Pero está él. El hombre, de unos 55 años, luce realmente preocupado en que la valija no caiga. Apoya parte de la pierna derecha en la valija y la mantiene quieta. Después de unos 30 minutos de viaje, el turista se para, toma el equipaje y baja del subte. El señor, vestido con un traje negro, levanta la mirada y esboza una leve sonrisa, pero no le prestan atención.

Los animales no se reducen sólo a las plazas o la calle. Ingresan a los bares y reposan debajo de alguna mesa de un café. Caminan por el centro de la ciudad sin correa. Y, por supuesto, viajan en subte. Nadie se sorprende de verlos. Están tirados en el medio de algún vagón mientras esperan que su dueño les dé la orden de bajar. Se portan bien. No ladran y casi no se mueven. En alguna parte de Londres hay un pintoresco hombre que suele viajar con un loro sobre el hombro. Lee el diario sin prestarle atención al animal.

Hay dos diarios que se reparten de manera gratuita en algunas bocas de las estaciones. El sistema es bastante sencillo y tiene que ver con una idea de conjunto. Se leen y se dejan en la parte trasera de los respaldos de los asientos. El diario pasa por muchos manos pero se mantienen casi siempre en el mismo lugar. No es de nadie y es de todos.

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La chica, de unos 25 años, lucha con su enorme valija. Parece cansada de subir la escalera. La levanta con el brazo derecho y la deposita sólo un escalón más arriba. Ahí se detiene y espera unos segundos para recuperar fuerza. Desde atrás llega un hombre con un maletín. Casi sin preguntar, toma el equipaje y lo sube hasta el final de la escalera. Es en la estación Lancaster Gate, de la Central line.

Es como en la Fórmula 1. Para pasar a alguien, hay que acelerar y jugarse por un lugar en el carril izquierdo. Así funcionan las inmensas escaleras mecánicas del subte. Del lado derecho, la mayoría de los turistas o personas mayores reposan sobre la cinta. subte1Por la izquierda, suben corriendo los que están apurados. Muchas personas parecen apuradas. Corren. Atraviesan los molinetes con velocidad y sin mirar a nadie. Por la mañana toman café con un vaso de plástico mientras caminan y revolean sus maletines. No se detienen por nada.

El volumen alto. La pantalla semi inclinada. Está sentado y no presta atención a las estaciones en las que para la formación. Tiene un iPad en la mano y juega. Todo en el jueguito parece muy avanzado. Gráficos, velocidad, y jugabilidad. Un pequeño personaje atraviesa una selva mientras tira un objeto que parece un martillo a los enemigos que intentan frenar su marcha. A su lado, otro hombre, mayor a los 30 años, compite en una carrera de autos con un aparato de menor tamaño. La situación se repite con toda la fila de ese vagón. Todos juegan. Casi nadie levanta la mirada.



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