Las tradiciones que aplastan

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A pocos metros del río Támesis estaba el león. En el año 1200, el rey Juan había comenzado a armar una especie de zoológico en una de las zonas frontales de la imponente Torre de Londres. El león caminaba para un lado y otro, encerrado en un espacio demasiado chico. Estaba a la vista de todos, justo en la entrada. Cada tanto, cuando notaba mucha gente, rugía. Todos los invitados podían verlo y escucharlo. En ese momento notaban la grandeza del lugar y de quienes lo habitaban: el rey de la selva era la mascota del palacio.

“Allá es Europa, acá el Reino Unido. Allá tienen euros, acá libras. ¡Eso nunca va a cambiar!”. Fuerte y para que lo escuchen todos. Así empieza el recorrido uno de los guías de la Torre de Londres, vestido con un traje rojo, guantes blancos y un enorme gorro negro, como si fuera un guardia real.

A no demasiada distancia del león estaban los cuervos. La leyenda cuenta que, durante el reinado de Carlos II, su astrónomo le recomendó que mantuviera vivos a los cuervos que solían pasear por su jardín. La muerte de estas aves representaría la muerte de la monarquía. Carlos II encerró a seis cuervos y ordenó que se los cuidasen como a él mismo. En 2013, la tradición aún se mantiene. Los cuervos, que viven unos 25 años, son vacunados para que no contraigan ninguna enfermedad y hasta se les cortan parte de las alas para que no se escapen.

Juegan Barcelona y Real Madrid por los cuartos de final de la Copa del Rey. Se trata, sin dudas, de uno de los partidos más importantes y lindos de ver. Pero no para los ingleses. En los televisores de todos los pubs pasan Arsenal-Liverpool. “No nos importan demasiado las otras ligas. Con la Premier estamos bien”, comenta un barman mientras sirve un par de cervezas a dos oficinistas.

Hay una nota en el diario The Times, el más prestigioso e importante, que indica que una de cada cinco personas que viven en Inglaterra no tiene al inglés como idioma nativo. Londres es multiracial. Asiáticos, judíos, latinos, indios y muchas otras culturas y nacionalidades más. No sería una locura no escuchar ninguna conversación en inglés en un viaje en subte, por ejemplo.

“Ven aquí y limpia el retrete. Gran Bretaña está llena de trabajos horribles para los que empleamos a extranjeros. ¡Bienvenido!”. Es uno de los tantos carteles propagandísticos publicados por diferentes medios de comunicación británicos. Los mensajes están también en las calles, la radio e Internet. Falta menos de un año para que los rumanos y búlgaros puedan acceder a trabajar en Inglaterra. La campaña en contra ya está en todos lados. La inmigración los pasó por arriba, parecen asqueados. El Gobierno promete fuertes restricciones para los “nuevos europeos”. La sociedad, avanzada en una enorme cantidad de aspectos, parece retroceder. “Esto no es Europa”.

“Darren está aprendiendo polaco, quiere ser plomero cuando sea grande”. La frase puede leerse en una tira cómica del Times. En una mesa, un chico de unos diez años lee un libro y sus padres británicos lo miran a unos pocos metros, con cara de preocupación. Los polacos son la comunidad extranjera más grande del país.

Los indios no forman parte de la historia del león en la Torre de Londres. Los latinos no pertenecen a la leyenda de los cuervos. A los africanos les interesa ver tanto a Rooney como a Messi. Los británicos, mientras tanto, viven en sus libras. Para ser plomero sólo se necesita ser polaco, parecen decir. Las tradiciones y la historia pesan demasiado. Generan distancia y alejan a los que pertenecen y a los que no. Y parecen imposibles de romper.

cuervos

 



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