Carnaval

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El dedo meñique es el que llama la atención. Mientras levanta su copa de champagne, lo extiende. Después de tomar un poco, con movimientos lentos y pacientes, se seca los alrededores de la boca con una servilleta. Levanta la cabeza y ve una multitud delante de él. Le sacan fotos. Algunos lo filman. Tiene una larga peluca con rulos de color castaño. Lleva una máscara y está vestido con un saco de seda dorado que brilla, un pantalón del mismo color y una camisa blanca con una fila interminable de botones. A su lado, quien parece su mujer lleva un vestido de características similares. Le dice algo al oído. Ella toma un pedazo de pan y lo pone en la boca de él. Los movimientos son refinados, sutiles. La actuación produce un inesperado viaje en el tiempo inevitable. Es carnaval.

carnavalLa tradición empezó en 1480 y, salvo algún que otro período de censuras y prohibiciones, nunca paró. El carnaval de Venecia nació para que el pueblo se mezclara. La ciudad entera se ponía máscaras y las barreras dejaban de existir por algunos días. Así, los aristócratas participaban de algunas actividades cotidianas de los pobres (hacer las compras o maniobrar alguna góndola) y los pobres aprovechaban para ir a los lugares que en el resto del año no tenían acceso. La división de clases se esfumaba. Las máscaras generaban igualdad. Tanta, que la mayoría de las veces la situación se iba de las manos. En Venecia sobraban las orgías, las apuestas clandestinas y el descontrol. Hasta las monjas y los curas aprovechaban para enmascararse y hacer lo que Dios ni la Iglesia les permitían. Roma miró siempre hacia otro lado. En carnaval, la ciudad tenía un pase libre al éxtasis. La transgresión era total.

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El mozo se acerca a la mesa con disimulo. Se agacha y consulta algo con uno de los clientes. “¿Quiere que levante la mesa?”, le pregunta. “En un rato, traiga un poco más de champagne y luego sí”, le contesta. Un poco después, ya con las copas vacías y nada para picar, se dispone a juntar en una bandeja de metal las copas y los platos. Uno de los que está en la mesa intenta ayudarlo. “¡No, por favor! No le permito que toque nada”, dice el mozo. El carnaval no es sólo de los que se disfrazan. En el aire se respira un ambiente distinto. Así lo entiende el mozo, que pretende aportar su granito de arena. En la mesa tiene sentados a dos parejas de caballeros y damas de la aristocracia veneciana. Ninguno de ellos se dignaría a juntar absolutamente nada.

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En la Plaza San Marcos, ante una multitud de turistas enloquecidos por sacar una foto, desfilan. Comienzan al mediodía y no paran hasta la noche, cuando los pies comienzan a explotar y los músculos ya no responden. El personaje se mantiene siempre. Suena el celular de uno de los disfrazados. Lo ignora mientras se termina de sacar un par de fotos. Luego, sí, camina unos metros y se oculta detrás de un cartel. No lo hacen por plata ni publicidad, todo se trata de la exhibición. Y la tradición.

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Caminan erguidos, con la cabeza bien levantada. Algunos llevan el brazo detrás de la espalda. Se inclinan para saludar. Dan vueltas por la ciudad y, cuando se cansan, reposan sobre alguna pared, pero nunca abandonan el personaje. Aunque la mayoría de los disfrazados son locales, muchas personas viajan de diferentes partes del mundo para participar. El homenaje es mutuo. Los turistas, pero también los ciudadanos de Venecia, entienden la importancia de la fiesta. La tradición se instala por un par de días y la monotonía se destruye. Es un viaje en el tiempo único e irrepetible. La historia permanece intacta.



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