La capital de la cultura

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En la puerta del local hay un enorme hombre negro vestido de traje. Abre la puerta y esboza una sonrisa. Da la bienvenida. El lugar debe tener unos 70 metros cuadrados. El espacio no está demasiado cargado de cosas. En las paredes hay varios cuadros. En las mesadas, libros. Ediciones antiguas de Gustave Flaubert, Alexandre Dumas y Albert Camus. También hay cartas. Son originales. Las firma Jean Paul Sartre y son para Simon de Beauvoir. En una de las columnas, justo en el medio del salón, blanco, limpio y reluciente, hay una cartelera. Todos los días de la semana hay algún tipo de charla sobre literatura. La recorrida no dura mucho pero es agradable. Recién cuando el visitante salga podrá advertir quién es responsable de esta especie de pequeño museo: Louis Vuitton.

Con el lema “La escritura es un viaje”, decide meterse en el corazón de la sociedad francesa. Está en el Boulevard Saint-Germain, en París, justo en el medio de dos de las cafeterías más reconocidas del mundo: Les Deux Magots (los dos magos) y De Flore (La flor). Hace no mucho tiempo, en esos lugares pasaban sus tardes Ernest Hemingway, Truman Capote, Sartre y Ernesto Sábato, entre otros. Para Louis Vuitton, una de las marcas de ropa más prestigiosas y exitosas del mundo, no hay mejor forma de hacer publicidad. Como pocas veces, el capitalismo parece rendido a la cultura.

Sólo podía darse en París. Es una de las pocas ciudades de Europa que avanzó y se modernizó pero no fue devorada por la tecnología. En el subte, es mucho más fácil ver a un pasajero con un libro que con un celular. Si a alguien la interesara hacer una especie de estudio sobre la densidad de librerías, no habría mucho para discutir sobre quién ocuparía el primer lugar. Coquetas y pequeñas, escondidas en alguna callecita a la que sólo se puede llegar tras perderse, grandes y populares, en las avenidas más transitadas, o económicas, en un puesto ubicado a orillas del río Sena. Están por todos lados.

Cada dos o tres manzanas (no es una exageración) hay cines que pasan todo tipo de películas. Desde los filmes nominados al Oscar hasta El estudiante, película argentina de Santiago Mitre, o El último Elvis, de Armando Bo. ultimoelvisLas salas no siempre estallan pero hay gente todo el tiempo. Las tiendas de música, con vinilos que rebalsan y discos imposibles de conseguir en cualquier otra parte del mundo, se distinguen. Los locales de comics abundan. Los museos (el Louvre y el d´Orsay especialmente) explotan de gente. A cualquier hora y día de la semana. En los cementerios, viejos, destruidos y no del todo cuidados, nadie parece olvidar dejarle una flor a los restos de Truffaut, Sartre o Cortázar. Las tumbas, impecables.

En el barrio Latino, en la orilla izquierda del Sena y situado alrededor de la universidad de La Sorbona, es tan normal cruzarse con un local que vende películas como con una boulangerie, las famosas casas de dulces parisinos. La mayoría de los que atienden los negocios son estudiantes de cine. Y saben. Uno de ellos, de no más de 30 años, comenta que La ciénaga, film de Lucrecia Martel, le pareció una obra de arte. El secreto de sus ojos no le gustó tanto aunque sí le había impresionado Leonera, de Pablo Trapero. Se desespera por recomendar películas y directores franceses. Estudia al cliente, lo tantea. Le pregunta por Godard, Truffaut y Bresson. Pide desesperadamente que compren El salvaje, de Jean Paul Rappeneau, y En legítima defensa, de Clouzot. Le consulta a la dueña del local si se puede hacer algún tipo de descuento extra al comprador que le prestó atención a las recomendaciones.

Es como una sociedad que avanzó pero a la vez se quedó en el tiempo. Los oficinistas terminan de trabajar y caminan a sus casas con un libro en la mano y una baguette en la otra. En las calles no hay demasiado ruido y sobran las bicicletas. Los adolescentes salen del colegio y se escapan a los cafés. Ahí fuman, coquetean. Los chicos y las chicas se miran desde mesas enfrentadas y ríen. Aparentan ser grandes. Los que son aún más chicos corren de la mano de su mamá a alguna boulangerie y comen algún crepe. Todo parece mucho más sencillo, simple y pacífico.

La gente parece acompañar como en ningún otro lugar la historia de grandeza del país. La gran mayoría de los integrantes de la sociedad parisina parecen leales herederos de los revolucionarios que le dieron un cachetazo a las monarquías europeas, a fines del siglo XVIII. Los tiempos cambiaron pero los valores, forjados a partir de una larga tradición, permanecieron. Es la verdadera capital de la cultura.



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