La Nueva ola checa: el cine que retrata al Estado perverso

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“Revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo”, Milan Kundera

La chica, rubia y joven, lleva una vida vacía. Quiere enamorarse, pero no encuentra un hombre digno. Pretende motivarse en el trabajo, pero le resulta imposible. El hombre, mayor y agotado, ocupa una tienda de una vieja judía. Se siente satisfecho porque tiene un trabajo pero después lo invade la culpa. En la estación ferroviaria de algún pueblo, los empleados se cansaron de robar y hacer de todo menos trabajar. En una fiesta en un bosque, los invitados parecen atados a una silla por el hombre que cumple años, al que todos le tienen miedo.

Una fuerte denuncia al pobre sistema de trabajo, en un sistema que no sabe cómo ayudar a la gente a ser feliz. Un panorama de la crueldad nazi en las ciudades europeas que ocupó. La reacción de los pueblos dominados. La corrupción inmersa en una compañía de transporte. Y el miedo. El temor que paraliza. Son algunos de los temas que planteó una brillante generación de jóvenes checos, especialmente en las décadas 60 y 70. Ante un pueblo dormido y sumiso, una puerta de salida para mostrar las cosas que le pasan a la gente. El cine se enfrenta ante el Estado perverso y manipulador. Y le gana por goleada.

Checoslovaquia era un Estado comunista que formaba parte del Pacto de Varsovia. La influencia de la Unión Soviética era directa. En no demasiado tiempo, el pueblo checo pasó de estar ocupado por los nazis a ser una especie de satélite de la URSS. Pero, con el tiempo y como varios otros países, Checoslovaquia pretendió ser un Estado soberano. Aparecieron algunos elementos que parecían perdidos: la ley de la oferta y la demanda, el libre mercado y la libertad de prensa, entre otras cosas. En ese contexto, emergió una camada de directores que crearon verdaderas joyas. Las películas, que se mezclaban con la literatura (Kafka, seguro, pero especialmente Kundera) y otras artes, no tenían la intención de quedar bien con nadie. Rompían los esquemas.

Pero la historia impuso un final traumático para esta Primavera de Praga. En 1968, tropas de la Unión Soviética se encargaron de acabar con este intento de “nuevo modelo del socialismo”. Tras unos meses, la libertad se hizo chica. Los directores, que parecían florecer cada vez más, con un clima agradable y propicio para que la Nueva ola no terminara, tuvieron que exiliarse. Fue el último capítulo para una serie de filmes que marcaron un antes y un después en la historia del cine.

Los amores de una rubia, Milos Forman, 1965. La fábrica larga, vacía y monótona. La mujer, rubia, joven y atractiva, cumple con su mandato. Anula hace su trabajo, desconcentrada y sin entender bien para qué lo realiza. Pretende enamorarse, pero no encuentra a un candidato más o menos digno. Por eso, tiene varios amores. El sistema socialista, esquemático y rutinario, no entrega facilidades para que la gente sea un poco más feliz. Divertida (especialmente en la secuencia en la que uno de los amores termina en la casa de los padres de Anula), con una estética atractiva y un mensaje claro. En 1968, caída la Primavera de Praga, Milos Forman, el director, escapó de su país. En Hollywood, hizo grandes películas como Atrapado sin salida o Amadeus.

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La tienda de la calle mayor, Jan Kádar, Elmar Klos, 1965. Extraordinaria película que plantea un dilema ético con un contexto histórico aleccionador y crudo. En plena Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia es controlada por los nazis. Tony, un pobre carpintero, recibe un favor de su cuñado, metido en el régimen antisemita, cuando le cede el control de un negocio de botones. Pero, con el tiempo, se da cuenta que la situación no era tan favorable. La dueña del lugar, una anciana judía, no entiende bien la situación. Tony se debate entre la estafa o la honestidad. El final, trágico, angustia y pinta un panorama sombrío. Por momentos se hace un poco larga y poco consistente, pero los últimos quince minutos valen por toda la película. Ganadora del Oscar a mejor film de habla no inglesa de 1965.

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Trenes rigurosamente vigilados, Jirí Menzel, 1966. Cuando la Segunda Guerra Mundial está a punto de terminar, la estrategia nazi comienza a deshacerse en todos los aspectos, hasta en el funcionamiento de una estación de tren de algún pueblo de Checoslovaquia. Milos, un joven algo bobo, trabaja en ese lugar, sin remuneración. Mira y aprende. A su alrededor hay un grupo de hombre corruptos a los que no les interesa demasiado el trabajo. Entretenida y repleta de metáforas e insinuaciones sexuales muy bien realizadas. Ganó el Oscar a mejor film de habla no inglesa, en 1967.

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La fiesta y los invitados, Jan Nemec, 1966. Unos amigos pasan un agradable picnic en un bosque. Toman vino y se sienten felices. Hasta que aparece un grupo de hombres que los obligan a moverse de ese lugar. Tras ser levemente maltratados, los trasladan a una fiesta. Terrible alegoría sobre el régimen comunista. Las libertades que no existen, los controles rigurosos, el poder de los que tienen el poder, la sumisión y, por último, la traición, generada por tanta presión. Todo, representado en una fiesta en un bosque, con invitados que no pretendían estar en ese lugar. Demasiado sugerente, la película fue prohibida y su director, Jan Nemec, tuvo problemas para volver a filmar. El tiempo genera una especie de juego hipnótico con este film: resulta muy difícil de olvidar.

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El incinerador de cadáveres, Juraj Herz, 1969. El señor Kopfrking sólo cree en su libro del Tibet. Está convencido que las personas que él mismo se encarga de incinerar nunca pierden el alma y que algunos años más adelante o atrás reencarnarán en otra cosa. En todo momento se juega con lo perverso que pueden llegar a ser las ideologías. Le gusta peinarse, mantener la postura y dar sensación de limpieza y prolijidad. Es un hombre que tiene una doble vida. Por un lado, la del dueño de una funeraria respetable y cabeza de una familia. Por el otro, la de un mujeriego infiel y perverso. En el momento de aparición del nazismo, en 1938, el señor Kopfrking no duda en sumarse a la causa y sentirse un héroe destinado a hacer mejor el mundo. Crudo relato que tiene que ver con la vida de su director, Juraj Herz: estuvo recluido en su niñez en el campo de concentración de Ravensbruck.

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El oído, Karel Kachyna, 1970. Asfixiante. Tenebrosa. Extraordinaria. Un ministro va a una fiesta y, cuando llega a su casa con su mujer, empieza a notar algunas cosas extrañas. Las señales son cada vez más contundentes hasta que se convierten en certezas. Alguien lo está vigilando. El “oído”, una figura representativa que se relaciona directamente con el control, lo persigue en cada rincón de su casa y lo arruina psicológicamente. Se pelea con su esposa por la desesperación de saber que sus jefes pusieron la atención en él. El personaje luce cada vez más chico (no en tamaño, sino en confianza, espíritu y corazón) ante un poder que no lo dejará tranquilo. En el medio se percibe la corrupción, la falta de libertad, el engaño y, principalmente, la imposibilidad de vivir en paz.

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Fotos del viejo mundo, Duzan Hanak, 1972. El retrato de los viejos que viven en el campo y su simpleza, aunque también carencia, para vivir. Un documental experimental que tiene varias secuencias memorables y otras más fáciles de olvidar. Una pregunta clave merodea entre una enorme cantidad de personajes que muestran sus formas y costumbres: ¿qué es lo más importante en la vida? Las respuestas varían a partir de las características de cada uno.

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