Los nuevos dueños del mundo

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En los pasillos de las Galerías Lafayette no se puede caminar. Es como si el mundo estuviera a punto de terminar y cada una de las personas que quedan quisieran darse un último gusto. Adquirir un producto lujoso, soñado e inaccesible. Un grupo de tres mujeres no mayores a 30 años termina de comprar relojes, que tienen un piso de valor de tres mil euros, guardan las pequeñas cajas en sus carteras y corren, tomadas de los brazos una a la otra, hacia un negocio de zapatos. Ríen, parecen contentas, pero también desesperadas. Como si el tiempo se les acabara.

Hace un rato bastante largo que a ningún parisino se le ocurre comprar algún tipo de regalo en las Galerías Lafayette, ubicadas en el centro de la ciudad. El lugar, que tiene una imponente cúpula y recibe más visitas anuales que la Torre Eiffel, es uno de los más caros de Europa. Sólo un grupo determinado tienen acceso verdadero a lo que se vende. Cuelgan cámaras digitales de último modelo sobre los cuellos, se sacan fotos en cada uno de los rincones por los que andan y tienen los ojos rasgados. Son los nuevos dueños del mundo.

Aunque pueda parecer intrascendente, la secuencia es una demostración de cómo cambiaron las cosas. El poder monetario de los asiáticos, especialmente japoneses y chinos, pasó por arriba a cualquier otra economía. Las Galerías Lafayette se rindieron ante esa situación. Nueve de cada diez empleados del lugar son asiáticos. Hay más letreros en su idioma que en francés. Los lugares que antes ocupaban los mismos ciudadanos se mantienen, pero con otro público. La tendencia se repetirá en buena parte de las ciudades más importantes de Europa (Roma, Barcelona y Londres, en ese orden). Si el público que compra es uno, ¿por qué no hacerlos sentir como en casa?

La mujer, de unos 45 años, está desesperada por sacarse una foto parada justo al lado del semáforo, a pocas cuadras del barrio Judío, en Roma. El semáforo en cuestión no parece tener ninguna virtud en particular. Tiene la pintura algo desgastada. Algún que otro sticker pegado. Nada más. Su compañera, de la misma edad, desenfunda la primera cámara. Cuando posa los ojos para tomar la imagen, nota que dos jóvenes se entrometen en el camino. Sin ganas de disimular, camina hacia ellos, se para justo al lado de uno, vuelve a meter los ojos en la cámara y empuja con las piernas hacia un costado, como para hacerles entender que deben correrse. La situación termina cuando el semáforo se pone en rojo y los dos jóvenes pueden cruzar la calle. Ahora sí, la fotógrafa de turno toma varias imágenes. Primero, con una cámara digital. Luego con un iPad que saca de la mochila.

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Tienen efectivo y casi no usan tarjetas de crédito. La moneda asiática es tanto o más fuerte que el euro o la libra. Comen en los restaurantes más caros. Compran la ropa más llamativa y a la moda, aunque parecen disminuidos a la hora de competir con la belleza de algunas mujeres parisinas o romanas. La baja estatura no la pueden disimular ni con los zapatos con enormes tacos. El exceso de maquillaje y la reluciente pintura en los labios hace que todo luzca poco natural, como si fueran una especie de muñecas gigantes. A ellas no les importa. Disfrutan llamar la atención. Ríen escandalosamente. Y sacan fotos.

Visitan todos los museos pero, salvo alguna que otra excepción, no utilizan ningún tipo de guía que les explique qué es lo que ven. Caminan. Ríen. Y sacan fotos. Una mujer camina a paso rápido en la iglesia de Nortre Dame, en París. “¿Esta iglesia es católica?”, le pregunta a un encargado de seguridad. “Sí, señora, es católica”, le contesta. “Ah…¿se pueden sacar fotos?”, replica. La mirada del hombre lo dice todo. Guarda la cámara en el bolso.

El gesto es siempre el mismo y llama la atención. En la Argentina, cualquiera diría que se trata de algún tipo de militante peronista. Pero no. Cada vez que los japoneses, especialmente los jóvenes, se sacan una foto, levantan el brazo y con sus dedos marcan una V. Es una tradición contemporánea que nació en los Juegos Olímpicos de invierno de 1972, en Sapporo. La skater estadounidense Janet Lynn tuvo una dura caída durante la competencia. Mientras estaba en el piso, sonrió. Se levantó e hizo más amplio su entusiasmo por mostrar que no había pasado nada. Mientras el público la ovacionaba, Lynn, una confesa pacifista y defensora de los derechos humanos, hizo el gesto de la V. Al poco tiempo, la deportista se convirtió en una verdadera celebridad. El símbolo de la V se impregnó en todo el país como  algo que representaba felicidad. Y así, en cada esquina de Europa habrá una V. A los nuevos dueños del mundo les gusta sacar fotos. Muchas.



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