Pixar ya no es lo que era

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Cambiaron las prioridades. Hace no demasiado tiempo, la ilusión era crear algo distinto. La ambición era grande y las ideas soberbias: Pixar se levantaba cada día con la intención de hacer un mundo mejor. Y lo logró. Algunas de sus películas hicieron feliz a mucha gente. Dejaron un legado especial, una enseñanza. En los últimos años, el objetivo parece enfocarse hacia otro lado: vender. Pixar ya no es lo que era.

La sensación que dejó Monster University en el 2013, y varias más que le siguieron años después, es que desapareció la magia. Mike y Sulley aún son personajes divertidos pero sus participaciones suenan más bien repetidas y ausentes de ideas. Es verdad que la vara quedó demasiado alta después de obras maestras como Buscando a Nemo, Ratatouille, Up o Wall-E. Pero películas como Cars 2, Valiente y Monster University salpicaron el prestigio de una fábrica de películas perfectas. Parece definitivo: Pixar perdió la virtud de emocionar y el talento para contar cosas grandes en historias chicas.

John Lasseter  es el hombre que cambió la historia del cine de animación. Pixar nació como el sector de efectos especiales de Lucas Film, de George Lucas. En un principio, la empresa se generó para vender software. El sector de animación se creó sólo como complemento para demostrar todo lo que se podía hacer. De hecho, en épocas de vacas flacas, Steve Jobs, uno de los fundadores, decidió dar de baja el área por falta de presupuesto (y eso que había ganado un Oscar por el corto Luxor Jr). A principios de los 90, Disney, que siempre estuvo relacionada, le pide a Pixar que haga una película de animación. Nació Toy Story. El crédito total de esta creación es de Lasseter, el único que (casi) nunca pensó en términos económicos.

Después de Toy Story, Pixar se convirtió en una verdadera revolución. Generó cuatro o cinco joyas que merecen quedar grabadas en las páginas más gloriosas de la historia del cine. Pero, en los últimos años, algo cambió. La explicación parece bastante sencilla. En 2006, Disney compró Pixar en 7.4 billones de dólares. Las decisiones de qué películas hacer ya no se tomaron en California sino en Wall Street. Disney, al fin y al cabo, no es magia, tampoco diversión. Más bien luce como un monopolio que compra todo lo que ve como amenaza para sus negocios. Lo hizo con las películas del Studio Ghibli y ahora con Pixar. En los dos casos, trajo un efecto negativo.


-Toy Story (1995), John Lasseter. Una revolución. Hay varias facetas deslumbrantes de la primera película de la historia de Pixar. El guión es uno de los factores que marcó la diferencia. El mundo del cine levantó las orejas tras ver este film. ¿A qué gran genio se le puede ocurrir que los juguetes toman vida cuando nadie los ve? Es posible que alguien piense en Pinocho, pero sería justo argumentar que el vuelo de la historia y los personajes es completamente distinto. El otro aspecto revolucionario tiene que ver con la forma en que fue creada: se trató de la primera película de la historia con efectos de animación digitales (adiós al lápiz y papel al estilo de Miyazaki y hola a las computadoras). La imagen se percibe limpia y clara. Simplemente diferente. Aire fresco para el cine de animación. La historia de Woody, el vaquero que resulta olvidado por su dueño Andy tras la llegada de Buzz Lightyear, un guardián del espacio repleto de botones, luces y voces, resulta simplemente conmovedora. Otra cosa: la música. Canciones como Yo soy tu amigo fiel Cambios extraños que hay en mí quedan grabadas a fuego. Alucinante.

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-Bichos, una aventura en miniatura (1998), John Lasseter y Andrew Stanton. Un paso atrás. Una idea más o menos original (con la mala suerte que ese mismo año apareció Antzque no logra emocionar ni trascender. La historia, de un grupo de hormigas que intentar subsistir contra el hostigamiento de una especie superior, es demasiado infantil y simple. Hay algunos recursos interesantes (impresiona la cantidad de personajes y los planos a las cientos de hormigas) y escenas de acción entretenidas, pero no demasiado más. Flik, el personaje principal, siempre en problemas e incomprendido, es un gran estereotipo. Resulta simpático, pero no mucho más.

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-Toy Story 2 (1999), John Lasseter y Ash Brannon. La continuación de algo bueno. El desarrollo de los personajes no se estanca y la historia fluye, aunque es evidente que le falta algo más de naturalidad y originalidad con respecto a la primera. En Toy Story se ponen siempre en juego los valores de la vida: la amistad y la lealtad son dos que están muy presentes en esta película. El planteo de Woody, que tiene la posibilidad de quedar en la inmortalidad en un museo de Japón y no morir en un cajón sucio y abandonado, es cautivador.  La secuencia en la que el viejito arregla a Woody es un poema a la creatividad. Agradable y divertida.

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-Monsters Inc. (2001), Pete Docter y David Silverman. ¿Por qué los chicos gritan en el medio de la noche? Porque los monstruos los visitan. ¿Por qué los padres nunca los ven? Porque los monstruos son demasiado rápidos y efectivos. ¿Para qué lo hacen? Para mantener vivo al mundo de los monstruos, que vive de la energía que producen los gritos de los chicos. Cuando parecía que la idea de Toy Story no podía ser superada en cuanto a originalidad y sorpresa, apareció esta gran obra maestra. Sulley, el cariñoso y enorme monstruo azul, y Mike Wazowski, el simpático enano verde, son dos personajes entrañables en un relato repleto de buenos momentos.

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-Buscando a Nemo (2003), Andrew Stanton y Lee Unkirch. Posiblemente la historia más fascinante que alguna vez se haya hecho del océano. Cada una de las secuencias regala una espontaneidad, colores y brillos únicos. Todo en esta película es bueno. Marlin, el papá de Nemo, es el símbolo de la superación y el amor que puede sentir un padre. Un film abrumador que marca a fuego a Pixar. Deja en claro que no sólo se trata de escenarios chicos. La ambición de Buscando a Nemo es enorme. Pese a eso, la historia cierra por todos lados, no deja ningún tipo de dudas. Una película que debe calificar de manera obligatoria entre una de las aventuras más extraordinarias de la historia del cine.

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-Los increíbles (2004), Brad Bird. Una interesante vuelta de tuerca a la historia de los superhéroes. Una especie de humanización de los Superman, Batman o Spiderman. Bob Parr, o Mr. Increíble, es un oficinista. Hellen Parr, o la Chica elástica, es una ama de casa. Todo se trata del rompimiento de los clichés. Divertida pero demasiado infantil y de mucho menor vuelo que otras películas.

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-Cars (2006), John Lasseter y Joe Ranft. El primer paso en falso. No es más que una historia para chicos demasiado simplona y con un guión no muy brillante. Tiene momentos divertidos, pero deja siempre la sensación de que no habrá muchos sobresaltos para los personajes principales. Un final cantado.

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-Ratatouille (2008), Brad Bird y Jan Pinkava. Una película particularmente encantadora y atractiva. Ratatouille es una pequeña rata que vive en París. Rompe con las tradiciones familiares, de vivir en las alcantarillas y robar comida, para soñar con lo que más le gusta: cocinar. La secuencia en la que el crítico de comida prueba un postre que lo remite a la infancia es simplemente brillante. Pixar parece dejar siempre una marca especial, una secuencia para recordar por siempre.

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-Wall-E (2008), Andrew Stanton. La gran obra maestra. Una película que va un poco más allá en todos los niveles. Aunque la historia envuelve a un entrañable personaje como Wall-E, un pequeño robot que permanece en el mundo devastado y sin habitantes, la cuestión de fondo es mucho más trascendente: el panorama, sombrío y sin esperanzas, es uno al que los hombres podrían llegar en un futuro no muy lejano. Éste es un film hecho especialmente para el público adulto, aunque los chicos pueden apreciarla de igual manera. Deja una lección cada diez minutos. Estéticamente, toca puntos demasiado altos, sólo comparables con Buscando a Nemo. Walle-E debería entrar entre las mejores películas de la historia de la ciencia ficción. ¡Qué obra de arte!

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-Up (2009), Pete Docter y Bob Peterson. Los primeros 12 minutos de esta película habría que cortarlos y ponerlos en algún museo llamado “Perfección absoluta”. No es una exageración. La historia de Carl y Ellie, desde que son unos chiquitos aventureros y soñadores, hasta que son dos tiernos viejitos, es de una brillantez incalculable. No hay diálogos, sólo una música pegadiza que acompaña las imágenes. Hay una alcancía en la casa. Está reservada para viajar a las cataratas del Niágara. La alcancía se llena tantas veces como se destruye, cada vez que se rompe el auto, la casa o surge algún otro problema. Esa alcancía es el símbolo de los sueños frustrados de millones de personas. La diferencia en este film es que Carl y Ellie superan todo a base de amor. Hasta que uno de los dos abandona el camino. Es la hora de que Carl cumpla el viaje que nunca pudo hacer. A partir de ahí comienza una historia mucho más infantil y simple…¡pero qué primeros minutos!

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-Toy Story 3 (2010), Lee Unkirch. El cierre perfecto de una historia inolvidable. El cuadro termina de armarse cuando Andy, dueño de Woody y Buzz, ya es un adulto. El temor de los juguetes, de ser olvidados por sus dueños y morir en una caja llena de polvo, se hace más grande que nunca. Pero este relato habla de ciclos que se repiten una y otra vez. De la vida que continúa y de las etapas que se dejan atrás. Es posible que esta parte de la saga haya sido aún mejor que las primeras dos. Otra vez, Toy Story lo tiene todo.

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-Cars 2 (2011), John Lasseter y Brad Lewis. El primer paso de la caída de Pixar. ¿Qué sentido tiene hacer una segunda parte de una película que nunca terminó de cerrar del todo? La explicación es sencilla: es más fácil vender un producto que ya está instalado. Aunque comercialmente no fracasó, el film es uno de los más vagos y vacíos. Rayo McQueen simplemente no tiene más nada para ofrecer. Todo suena demasiado forzado y poco pensado. Sólo se rescatan algunas secuencias de persecución.

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-Valiente (2012), Mark Andrews y Brenda Chapman. Una película que destila el sello de Disney y que deja pisoteada la estirpe de Pixar. Merida es una joven que pretende escapar de las tradiciones de su familia medieval. Intenta hacerlo a través de un pacto con una bruja (cualquier repetición con otros filmes es pura casualidad) que sólo complica más las cosas. Es un personaje que no contagia y que, en realidad, no da mucha señales de verdadera valentía. Políticamente correcta y algo feminista. Muy fácil de olvidar.

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-Monster University (2013), Dan Scanlon. Un hilo argumental que rememoró muchas películas de universidad (las similitudes con Harry Potter, por ejemplo son escandalosas). Mike y Sully todavía son personajes divertidos, pero están inmersos en una historia muy chata y con poco para agregar. No sorprende en ningún momento y mucho menos emociona. Es evidente que, en los últimos años, Pixar elevó su técnica de filmación casi tanto como empeoró sus ideas. La película entretiene y tiene algunos que otros momentos divertidos, pero el saldo final está destinado a la intrascendencia.

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Intensamente (2015), Pete Docter y Ronaldo del Carmen. Intensamente es un huracán de aire fresco. Pixar volvió a ser universal. Como lo había hecho con Up, Pete Docter, el director del film, deja de lado la coyuntura y posa la mirada en la estructura. La historia es grande: empieza cuando Riley nace, recorre su infancia y llega hasta la adolescencia. Es más difícil y el relato debe ser mucho más cuidadoso, pero cuánto más fácil es sentir empatía cuando el recorrido del personaje es largo y desarrollado. La película, una aventura fantástica y divertida, también es universal porque incluye a todos: chicos, grandes, viejos. Pixar usa como protagonistas a robots, peces o ratas, pero siempre bajo la misma esencia: la de contar una historia que tiene un paralelismo en los ámbitos de la vida. La familia, la amistad, el amor, los valores. La película remite al valor de la tristeza como esencial para llegar a un cierto grado de felicidad. Una obra maestra. Crítica completa, acá.

intensamente-Un gran dinosaurio (2015), Peter Sohn. Una propuesta que se acerca mucho más a la de Valiente, con un tono Disney demasiado marcado. Tan evidente que es imposible ver la película sin pensar dos o tres veces en El Rey León. La historia no tiene intenciones de romperle la cabeza a nadie, como quizás sí era la idea en Intensamente, mucho más ambiciosa y grande. Esa decisión no es un problema, todo lo contrario. Desde la sencillez, el relato se hace agradable y gentil, con un desarrollo técnico que verdaderamente impresiona (la forma en la que está mostrada el agua, por ejemplo, es un sello único y perfecto). La película es una road movie en la que el protagonista, Arlo, es un joven dinosaurio que no parece con la fuerza necesaria para sobrevivir. Estaba todo dado para que dejara de existir y una especie con el cuello más largo tomara su lugar, pero aparece Spot, un pequeño niño salvaje acostumbrado a hacerse en el mundo. Juntos (el humano como mascota, el dinosaurio como amo) salen a luchar contra las dificultades que impone esa realidad. Para leer la crítica completa, click acá.

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 Buscando a Dory (2016), Andrew Stanton. Buscando a Dory funciona bien (y aún mucho mejor si se ve y escucha en inglés). Cuenta un relato que atrapa, la mejor aventura del mundo, que no suelta nunca al espectador. Acompaña con una calidad en la imagen que parece imposible de superarse. Suma personajes -Hank- tan entrañables como los que ya se conocían. Tiene una enseñanza (el amor de los padres, las raíces de la educación y la fortaleza de la familia), más o menos simple, aunque mucho menos elaborada que otras. Enamora, hace reír, regala un buen momento. Quizás la experiencia se disfruta un poco menos porque no hay sorpresa y cuesta despabilar a la capacidad de asombro: eso fue trabajo de Nemo, en el 2003. Más allá de esa cuestión, que tiene más que ver con una política de Pixar-Disney, se trata de otra verdadera joya.

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Cars 3 (2017), Brian Fee. Siguen los tiempos duros para Disney Pixar. La fábrica de sueños, fantasías y -principalmente- ideas trabaja a media máquina hace un tiempo. Con la tercera parte de esta divertida pero chata saga no hace más que confirmarlo. Más allá de que la intención parece obvia y se inclina mucho más a lo comercial que a lo artístico (vender autos con una franquicia millonaria vs. apostar a algo nuevo y arriesgado que puede no caer del todo bien al público grande), lo claro es que, por ahora, el objetivo no pasa por hacer la diferencia, marcar terreno. En Cars 3, Pixar se conforma con entretener. La realidad es que la saga nunca dio mucho más que para eso. Rayo McQueen está cansado y viejo. Las nuevas generaciones lo pasan por arriba, y necesita la fórmula para volver a ser. Su entrenamiento será una especie de homenaje a Rocky o Karate KidLa película está llena de calidad. Tiene detalles por todos lados y un ritmo intenso. Con el concepto de que el conocimiento se puede transmitir entre generaciones, el film de Brian Fee se gradúa en entretenimiento, pero ni siquiera apuesta a aprobar materias por el lado de la trascendencia.

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Coco (2018), Lee Unkrich, Adrian Molina. Hay algún grado de sensibilidad dentro de la fábrica Pixar que termina resultando casi infalible. Sensaciones. Formas de contar. Colores. Desde afuera es difícil encontrar cuál es esa fórmula. Pero lo cierto es que casi siempre noquea. Coco, su última película, no es una excepción.

Miguel es un chico que sueña: con tocar la guitarra, con hacer música. Pero la tradición de su familia, por alguna razón, no se lo termina de permitir. El relato va pasando por diferentes etapas: primero, una introducción clásica, más bien infantil. Luego, un desarrollo bastante fascinante que ataca desde una animación que apabulla. Por último, lo mejor: un desenlace casi inesperado que hace que todo lo anterior tenga más sentido que nunca. A todas esas facetas de la historia se le agrega un sentido del gusto bastante elevado, una música que eriza la piel y una exhibición de una cultura -mexicana, pero especialmente latina- que le regala al mundo una linda lección alrededor de la familia. 

El relato no recurre a golpes bajos, construye su emoción desde la empatía construida con recursos. Hay algunos vicios, como incluir algún tipo de monstruo con una idea de aportar espectacularidad, que no tienen mucho sentido.

Y hay un concepto mucho menos ambicioso y más simple que otras obras maestras pero Coco tiene credenciales para pararse alrededor del resto y no envidiarle nada. Miguel, ese chico repleto de energía, talento y bondad, quedará en el recuerdo de esos personajes llenos de vida.

Toy Story 4 (2019), Josh Cooley. ¿Y si se queda sin profundidad? ¿Y si no es más que una aventura divertida? ¿Y si carece de emoción?

Eran todas preguntas más que válidas en la previa de Toy Story 4. Porque todos los personajes en algún momento se desgastan. Todas las historias son finitas. Todo puede derivar en un capricho más para vender entradas.

Pero no.

Toy Story carga con un combo que lo diferencia de todo. La película -la cuarta parte, como las otras tres- va enamorando con diferentes condimentos que lo vuelven irresistible. Lo primero: el cariñoso guiño a los personajes. Los personajes ya son parte. Con un par de gestos ya se percibe qué le pasa a Woody. Con algunos diálogos se entiende en qué anda Buzz. Lo segundo: lo divertido. Quizás esta última entrega sea la más graciosa de todas. El guion está totalmente liberado a todo. Es una fiesta. Lo tercero: el golpe al corazón. Nunca recurre al golpe bajo. Va cociendo de a poco el retumbar en las fibras íntimas. Recurre a las palabras justas. En la cuarta parte no se llega a los niveles de la tercera porque el camino solo se centra en los juguetes. Pero la conclusión también es que los juguetes pueden ser mucho más. Woody, Buzz y compañía son mucho más.

Son una generación. Un recorrido. Una idea de antes que ahora se ve de otra manera. Una brisa de infancia. Una caricia de la adolescencia. Una mirada de la adultez.



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