Manoseo

subte c

-Dejá de tocarle el culo. Te estoy viendo. No te hagas el pelotudo.

-¿Tocarle el culo? Salí de acá…vos porque estás celosa.

El subte de la línea C se dirige de la estación Avenida de Mayo a Moreno. Son las 14. En el primer vagón, todos los asientos están ocupados y hay algunas personas paradas, aunque sobra lugar.

-¿La clase de hoy la tenemos que pagar?

-No, este mes ya pagamos. Por suerte…

Dos chicas de unos 18 años hablan sin pretensiones de disimular. Están paradas y se sostienen de los manillares. “Uy, ¡casi me voy al carajo!”, dice una mientras se agarra con las dos manos. Parecen sorprendidas por las habituales curvas pronunciadas que toma el subte. Una, rubia y flaca, lleva una mochila. Otra, morocha, sostiene una bolsa grande. Habla español pero con acento. Arrastra algunas letras e inventa otras palabras. Por su tonalidad, parece brasilera. Sus rasgos son finos. Tiene ojos verdes, el pelo largo y los labios levemente levantados. Está vestida de manera discreta. Lleva puestos unos borcegos negros, un pantalón de jean y un sweater gris. No llama la atención.

A la derecha de la chica morocha, hay un hombre de unos 35 años con una enorme mochila de viaje. Casi toda su ropa luce desgastada: las zapatillas blancas, el pantalón azul y la remera de algodón del mismo color. Tiene el pelo y los ojos negros y debe medir un metro con setenta centímetros.

-No te hagas el pelotudo. Estoy cansado de los pajeros como vos.

Una mujer de unos 28 o 30 años está sentada y tiene justo adelante al hombre de la mochila. A su derecha, las dos chicas. Su pose es desafiante: brazos a los costados con las palmas de las manos hacia abajo, cabeza inclinada hacia adelante y los ojos clavados en los del hombre, que no parece sorprendido por la acusación.

-Pero vos calláte, celosa…

Silencio.

-Pará… ¿te tocó?

La chica rubia se pone nerviosa. Le hace la pregunta a su compañera con un tono de voz muy bajo.

-No…

La amiga parece devolverle la tranquilidad. Le da completamente la espalda al hombre. Deja de sostenerse de los manillares. Él hace todo lo contrario: antes, tenía los brazos a los costados. Ahora, los sube y se agarra. La morocha esboza una sonrisa tímida. Las dos chicas empiezan a hablarse al oído.

Silencio.

El subte disminuye la marcha y comienza a frenar mientras se acerca a la estación Independencia. La mujer sentada ahora se para y se dirige a la puerta. Camina con furia. Pisa con fuerza. Estira los hombros hacia los costados y choca a algunos pasajeros. No aparta los ojos en el hombre, que ocupa su lugar en el asiento y acompaña la caminata con la mirada.

-Andá, vos, celosa…

La chica detiene la marcha. Se da vuelta y se pone cara a cara con el hombre.

-No… ¿sabés qué? Estoy cansado de los pajeros como vos. ¡Violador hijo de puta! Te vi cómo le tocaste el culo a la chica. ¡Hijo de puta!

-¡Salí de acá! ¡Vos estás celosa!

-¿Celosa? ¿De que un violador como vos me toque? Imbécil. ¡Pajero! Nunca vas a poder estar con una mina como yo.

-Pero salí, histérica…vos necesitás que te atiendan…

-Sí, sí…¡histérica! ¡Y con pelotas para decirte que sos un violador hijo de puta en la cara! ¡Me tienen podrida los tipos como vos!

El subte llega al andén de la estación Independencia. Las dos chicas que estaban paradas también se acercan a la puerta para bajarse. Están apretadas en el centro del vagón porque varios pasajeros también pretenden descender. “Gracias”, dice la rubia a la mujer, que aguarda que se abra la puerta. No recibe respuesta más que un soplido, denso, largo y pesado. “¡Qué negro de mierda!”, agrega. Habla en voz baja. Sólo la escuchan las personas que están alrededor. La morocha no dice nada. Mira al piso, se arregla el pelo, acomoda la bolsa. Ya no sonríe. Ahora está seria. Las tres bajan del subte. Una vez afuera, la mujer enfurecida, que está unos pasos más adelante, parece darse vuelta para hablar con las otras dos. El hombre, sentado, no las deja de mirar. Arranca la formación.

-¡Qué loca! Loca…y encima celosa.

Nadie responde. Nadie lo mira. Nadie le dice nada.



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