Guía para aprender a querer a Woody Allen

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“I don’t want to achieve immortality through my work…I want to achieve it through not dying”

El New York Times dio el puntapié inicial. Describió a Blue Jasmine como “el film más satisfactorio” desde Match Point. Como para no variar con su adorada costumbre, la crítica argentina siguió los mismos pasos. Ya se habla de una “reinvención” de Woody Allen. Hace unos quince años que pegarle por sus malos trabajos es una especie de fascinación para muchos. Las sentencias no parecen obstinadas, sino más bien justas: su última etapa como director está lejos de ser la mejor parte de su filmografía.

A él nunca le importó demasiado si la gente iba al cine a ver sus películas. A los críticos jamás les prestó atención (aunque, como todo gran artista, su ego le produce una especie de odio natural y permanente por quienes destruyeron en algún momento su trabajo). Hay una virtud que quedó olvidada en cada una de las críticas negativas, en los apuntes de vicios que había recurrido, en el supuesto aburguesamiento. Ama al cine como nadie.

Tiene ¡80 años! y las ganas de un joven soñador. Woody Allen sólo quiere hacer películas. Escribir un guión más o menos interesante, elegir una locación, dirigir a los actores. Un film por año. Desborda productividad. Es el jugador de casino que nunca termina de apostar. No se cansa de poner en juego su fortuna. Muchos le recomendaron que vaya a su casa y disfrute todo lo que tiene. Pero no. Sus fichas quedan expuestas una y otra vez cada vez que la ruleta comienza a girar. No se retira nunca.

A Woody Allen hay que apreciarlo por lo que hizo, lo que hace y lo que hará. Cuando no esté, probablemente nos hayamos arrepentido de pensar mal de él. Ya no quedan de su raza. Con la llegada de su última película, acá va una guía para aprender a querer al viejo Woody (en orden cronológico, porque no existe una obra por la que empezar a apreciar a un artista).

Robó, huyó y lo pescaron (Take the money and run), 1969.  Woody Allen pretende hacer reír. Y lo hace muy bien. Desde su adolescencia muestra una inusual originalidad para contar chistes. Primero, en las páginas de los diarios (New York Post, Mirror) y después en la televisión. Cuando saltó al cine, no pretendió hacer nada distinto a lo que estaba acostumbrado. En realidad, el formato es bastante similar a las películas de Mel Brooks, uno de los ídolos de Woody. Virgil Starkwell, el peor ladrón del mundo, el incomprendido y poco talentoso, es un personaje extraordinario. La historia se cuenta en formato de documental (un recurso que utilizaría en el futuro) y tiene varias secuencias inolvidables. Aunque algunas resoluciones no terminan de cerrar del todo, quedan en el olvido rápidamente por la frescura de los chistes y la capacidad de generar empatía con el personaje principal. El primer gran paso (antes de este film había hecho ¿Qué pasa, Tiger Lilly?), una pequeña y simpática joya.

take the money and run

Bananas, 1971. La tendencia no cambia. Woody se mantiene en la comedia, aunque en esta película da un pequeño paso más: el costado político, la permanente ironía. Fielding Mellis tiene el corazón partido. Nancy no le presta atención, entonces viaja a un pequeño país de latinoamérica, donde hace la revolución. Cuando vuelve a Estados Unidos, es una especie de Che Guevara o Fidel Castro. Hay una secuencia de Bananas que siempre recuerdo: Fielding está sentado en algún subte de Nueva York con una revista en la mano. Dos hombres jóvenes (uno de ellos, Sylvester Stallone) ingresan al vagón. Lucen mal, parecen ladrones. Ante esta situación, ¿qué hace Fielding? Levanta su revista todo lo que puede y se tapa. Tiene miedo, no quiere meterse en los problemas de otro, escapa. Y lee la revista. Brillante.

bananas

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo* pero nunca se atrevió a preguntar (Everything You Always Wanted to Know About Sex * But Were Afraid to Ask”), 1972. A Woody Allen le gusta hablar sobre sexo. Con la religión y la música, probablemente sea la temática que más explora a lo largo de su carrera. En esta película, utiliza varias historias, de unos quince minutos cada una, para retratar las perversiones, obsesiones y locuras que se generan con el sexo. Algunos relatos son malos (el de la época medieval en el que él es una especie de bufón, el de las relaciones en lugares públicos) y otros buenos. Pero no hay dudas sobre cuál es el mejor: el último, que interpreta cómo funciona el cuerpo de un hombre mientras tiene sexo. Desde los espermatozoides que se despiden, hasta la cabina de erección. Inteligente y original. La película en su totalidad es demasiado irregular.

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo pero nunca se atrevió a preguntar

-La última noche de Boris Grushenko (Love and Death), 1975.  El formato de la comedia no deja de aparecer. Esta película es muy divertida. Su sello de distinción está en la intelectualidad de su director. Boris Grushenko es un homenaje de Woody a la literatura rusa. Probablemente, la razón por la que las formas de reír de Allen tienen consistencia tiene que ver con sus constantes referencias culturales. Deja la sensación de que, aunque todo parece sin sentido, siempre hay algo para entender o vincular. El personaje que parece tonto no es más que un títere manejado a la perfección por un alguien que sabe y mucho. En esta película, en la que el errático Boris pretende armar un plan para matar a Napoleón, hay parodias sobre La Guerra y la Paz y Ana Karenina, de Tolstoi, o Los hermanos Karamazov, de Dostoievski.

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Annie Hall (1977). Hay gente que todavía hoy se enoja con este tipo de obras porque se sentían más satisfechos con las comedias de Woody. Una verdadera locura. La primera parte del director estadounidense es divertida, prometedora e inteligente. Pero si nunca hubiera llegado una película como Annie Hall, todo lo demás hubiera quedado en la nada. Es el gran paso de Allen. Ya no sólo pretende provocar alguna risa (no una carcajada pero sí una leve sonrisa), ahora quiere pensar. Aparecen otros elementos en las historias. Su cabeza ya no se guarda nada, casi no hay filtros. Ver a Diane Keaton vestida con sombrero y corbata es una delicia. Enamora sólo con la imagen. Después, llegan las conversaciones. Y la película no deja de atrapar nunca. Un dato clave: Woody se junta con Gordon Willis, el director de fotografía de El padrino I y II. Entonces, Nueva York se vuelve más hermosa que nunca.

Annie Hall

Interiores (1978). La película más densa y dramática. Woody cambia completamente de página y crea una historia asfixiante, intensa y profunda. Es un muy buen film. Una familia formada por tres hermanas se ve en el proceso de separación de sus padres.  Quizás sea el homenaje más grande que le haya hecho a Ingmar Bergman, su gran ídolo. Muchas de las secuencias traen a la memoria algunas películas del maestro sueco, como Persona. Y el final. Tan confuso como excepcional.

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Manhattan (1979). Probablemente una de las películas con más magia de la historia. El primer acierto fue filmarla en blanco y negro: derrocha mística. El comienzo, con las secuencias de Nueva York y la música de Gershwin, es perfecto. La cabeza de Woody termina de explotar y salen todos los temas a la vez: la infidelidad, el sexo, el amor, la amistad, religión, literatura y música. Y, por supuesto, su ciudad favorita. La madura y desafiante Diane Keaton. La intrépida e ingenua Mariel Hemingway. Excelente reparto. Una película perfecta. Quizás, su gran obra maestra.

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-Recuerdos (Stardust memories), 1980. Fue una de las injusticias más grandes que esta película haya sido maltratada por la crítica. Tras dar dos pasos enormes con Annie Hall y Manhattan, probablemente el mundo del cine esperaba algo similar. Pero Woody ya estaba para otra cosa. En uno de sus films más autobiográficos, saca a pasear a todos aquellos que alguna vez lo criticaron. Su sentencia: poco le va importar lo que digan otros. No sólo se burla del resto sino que también de él mismo. Evidente homenaje (y hasta copia en algunas secuencias, por qué no) a Federico Fellini. ¿Una parte de la película para destacar? La conferencia de prensa en el hotel, en la que el director contesta las preguntas de sus fanáticos. Inteligente, profunda y divertida. ¿Qué más se puede pedir? Ah, en esta película, Charlotte Rampling tiene una belleza supraterrenal.

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Zelig (1983). Como en Take the money and run, recurre al inventado formato de documental para contar una historia tan loca como divertida. La personalidad de Zelig está tan distorsionada que tiene la capacidad de mimetizarse según con quién está rodeado. Si está con Hitler, le crece un bigotito. Si se junta con negros, su piel cambia. Quizás, su película más divertida. Más allá de los elementos argumentativos, hay un gran trabajo en la cuestión técnica. Robert Zemeckis usaría parte de sus técnicas en Forrest Gump.

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-Broadway Danny Rose (1984). Por el resto de nuestras vidas, será imposible olvidar a Danny Rose, el perdedor pero fiel representante de artistas fracasados de Nueva York. Woody Allen está suelto. Se ríe y sabe hacer reír. Le da vida a un personaje (otra vez) muy fácil de amar. Se divierte en una época en la que rebalsaba de buenas ideas, originalidad y calidad. Mia Farrow compone un papel extraño que no termina de cerrar del todo: una mujer traicionera, no del todo carismática, a la que nunca se la muestra la cara sin el pelo atravesado o unos grandes anteojos. Simple pero efectiva. Querible (dato de color: el periodista Howard Cosell, histórico ladero de Muhammad Ali, tiene una aparición fugaz. También aparece en Bananas y Sleeper).

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La rosa púrpura de El Cairo (1985). ¿Es posible que un personaje de una película aparezca en la vida real? Sí. Y de qué manera. No hay dudas de que el pico de mayor lucidez estuvo entre 1975 a 1987. La historia es un verdadero homenaje al cine, el lugar al que la gente puede escapar cuando su vida es mala. Es lo que le pasa a Cecilia (Mia Farrow), quien se enamora de un personaje salido de la pantalla grande. Planteada en plena Gran Depresión, en Nueva Jersey, es una gran parábola sobre la imposibilidad de alcanzar los sueños.

la rosa purpura de el cairo

Hannah y sus hermanas (1987). El gran ensayo de Woody Allen sobre infidelidad. Las relaciones suelen ser complicadas. Mucho más cuando los que reinan son los celos, secretos y represiones. Hay una estética terriblemente ochentosa que todavía atrae en esta película. Las tres hermanas (Mia Farrow, Carrie Fisher y Barbara Hershey) son geniales.

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Días de radio (1987). Extraordinaria película. Woody Allen recrea parte de su limitada pero divertida infancia en Brooklyn. En la familia, disfuncional pero unida y sacrificada, la radio era casi un integrante más. Se trata de un film melancólico que obedece al lema de “todo tiempo pasado fue mejor”. La secuencia de la pareja que escucha en el auto el relato de la invasión de extraterrestres de Orson Welles… desopilante. Días de radio es el film con más frescura de la carrera de Allen. Desborda naturalidad y espontaneidad.  Contagia alegría y deja sabor a mucho. Como nunca antes, Woody realiza una sentida declaración de amor al jazz. Otra película que recibió críticas negativas. Inexplicable. Es imposible no enamorarse de estos personajes. Esos días de radio cuando la familia se juntaba a la mesa. Y las mujeres soñaban que Sinatra les cantaba al oído y los hombres fantaseaban con conocer al presidente de Estados Unidos.

radio daysOtra mujer (1988). Como con Interiores, Woody se pone realmente serio y, otra vez, consigue un resultado más que positivo. ¿Por qué no apuntó mucho más a este tipo de películas? Una escritora decide alquilar un departamento para escribir un libro y conseguir tranquilidad. Pero justo al lado vive una psicóloga. Ella escucha cada una de las sesiones de terapia y se obsesiona con el caso de una joven embarazada que no está enamorada de su marido ni quiso tener un hijo. Eso genera una especie de introspección en la escritora, que comienza a examinar su propia vida. Es una muy buena película. Exasperante, mantiene la tensión y genera un clima extraordinario.

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Crímenes y pecados (1989). La culminación de un extraordinario período dramático que comenzó con Annie Hall. Después de esto, todo se sentirá poco.  La historia se divide en dos personajes: Cillf (Woody) y Judah (Martin Landau). Con el primero se despliega toda la parte intelectual y racional. Con el segundo, la pasión, la culpa y el asesinato. La moralidad se pone en la mesa. La resolución termina siendo brillante. Judah le da la espalda a la moral. Extraordinaria tragicomedia. El final perfecto.

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Maridos y mujeres (1992). Simpática crónica sobre las relaciones, la infidelidad y el sexo, entre otras cosas. En este caso, es posible que varias de las situaciones resulten algo repetidas. Es quizás la primera vez que se detecta esta situación en la filmografía de Woody. No sería la última. Otra vez: se usa al formato de documental en algunas secuencias como para salir de la historia típicamente teatral. Una película atractiva, pero no mucho más. Todo suena demasiado recurrente. A esta altura, Mia Farrow parece perder algo de belleza. Está con el pelo corto, demasiado flaca y ojerosa.

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Deconstructing Harry (1997). Otro homenaje (y, por qué no, copia) a Ingmar Bergman. Esta película es la versión de Allen de Fresas salvajes. Rodeado de una gran cantidad de estrellas, es el propio Woody el que más se luce. La película es vulgar, algo bizarra y, por supuesto, triste. Habla sobre un escritor que no puede vivir en la realidad por la imposibilidad de relacionarse de manera correcta. Es un hombre incapaz de ser feliz. Las apariciones de Billy Crystal (¡el olor a azufre!) y Robin Williams (¡el actor desenfocado!) son espectaculares.

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-Dulce y melancólico (Sweet and Lowdown), 1999. ¿Por qué se habla tan poco de esta gran película? Dentro de la filmografía de Allen, es una de esas joyas incuestionables. Emmet Ray, un guitarrista de jazz que sueña y teme conocer a a Django Reinhardt, es un personaje inolvidable. ¿Es esta la mejor actuación de Sean Penn? Es probable. Lo único cierto es que Emmet destila melancolía y genera una empatía arrolladora. El homenaje al jazz es evidente, placentero y agradable. Es un retrato perfecto de la naturaleza de un artista. Lo único que sabe hacer Ray es tocar la guitarra. Nada más. ¿A quién le importa qué es lo que hace cuando no está en el escenario? Imperdible.

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Todo lo demás (Anything else), 2003. Una de las películas más criticadas de Woody. Es repetitiva, tiene un guión un poco flojo y se nota que se trató de un film de paso y no mucho más. Pero yo no puedo olvidar la secuencia en la que el personaje de Woody se baja de su auto con un bate de beisbol y destruye a otro luego de que el conductor le robara el lugar para estacionar. La historia de amor del actor de American Pie es fácil de olvidar.

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Match Point (2005). Una película atípica. Después de tantos dramas y comedias, Allen hace su primer policial. Y lo realiza muy bien. El guión es sólido y la historia atrapante. Woody ratifica que es un buen director de cine: filma a Scarlet Johansson como ningún otro. Uno de los pocos films en los que no aparece ni tiene un alter ego. Elegante y prolijo. Fue la primera prueba de salir de Estados Unidos. En Londres, la cosa funcionó bien. Luego vendrán con peores resultados Barcelona, París y Roma.

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