Que el globo no deje de volar nunca

globo rojo

Pascal todavía está dormido. Camina lento y sin ganas, arrastra los pies. Hace un rato lo despertó su abuela con poco cariño y lo mandó a la escuela. Las calles de París todavía no se levantaron. Casi no hay gente. Baja las escaleras con la cabeza gacha. Sobre uno de los faroles negros y altos, ve un globo rojo. Brilla, es gordo y tiene una cuerda blanca y larga. Trepa. La maniobra es peligrosa pero no le importa. Lo desata y lo toma con los dientes. El globo es suyo.

Pascal está solo. Por eso el globo es tan importante. Es su nuevo amigo, su compañía. En su casa, su abuela tiene muchos problemas para prestarle atención. En la escuela, no encuentra empatía con ningún chico. Los profesores, serios y amargados, no se preocupan por él. En París, poco después de la Segunda Guerra Mundial, la vida pasa por atravesarla como se pueda. Los chicos corren para un lado y otro. Gritan. Se hacen notar. Pero casi nadie los escucha. En el barrio de Montmartre, gris, algo oscuro y melancólico, abundan los problemas y escasean las soluciones.

El globo rojo, de Albert Lamorisse (¿por qué este nombre no está a la altura de otros como Bresson, Godard, Melville o Reisnais?), es una película tan simple, corta y sencilla como abrumadora. Fue la gran obra maestra de este director. Treinta y cuatro minutos le bastaron para dejar una huella profunda en la historia del cine. La Nouvelle vague tomará a este film como uno de los grandes referentes (Les mistons y Los 400 golpes, de Francois Truffaut, tienen muchas similitudes). Lamorisse, que parece bastante influenciado por Charles Chaplin, especialmente por la extraordinaria El chico, impone un estilo efectivo y encantador.

Se impone la seguridad de que lo que se necesita para hacer algo bueno no precisamente tiene que ser la tecnología, el 3D, los efectos especiales, el impacto, lo masivo. No se precisa de diálogos. Está todo en las miradas, las expresiones, los sonidos y silencios. El talento toma vida en cada uno de los planos de Lamorisse. La personalidad se siente en cada secuencia.

No hay que hacer demasiado más que disfrutar. Entonces, sí, Pascal soy yo. Ese globo ahora es mío, es mi infancia. Recupero esa magia que parecía perdida. Camino con él despreocupado. Ese globo es mi libertad. Otros chicos lo quieren tomar. Algunos mayores pretenden agarrarlo. Pero el globo tiene vida propia. Esquiva a todos. Vuelta alto, desciende, acelera el paso. Y lo espera a Pascal. A Pascal y a mí. Ahora, los dos somos ingenuos. El globo rojo es todo lo que no tiene Pascal y todo lo que no tengo de adulto. Es la alegría imposible de volver a ser un nene. Es el juego y la inocencia. Por eso quiero que el globo no deje de volar nunca. Que esté siempre ahí. Que en cualquier momento pueda aparecer atado a algún farol. Que aparezca Pascal en alguna callecita. Y yo lo siga. Juntos, caminamos con nuestro globo rojo.

 



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