Side by side: el cine (no) ha muerto

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“It´s gonna be more what you want each place”, David Lynch

Todavía queda una resistencia pero la tendencia hace tiempo que se convirtió en una realidad: el cine (el mundo) cambió para siempre. Algunos, la mayoría, bracearon como pudieron y se subieron a la ola. Otros, no tan convencidos de cuánto mejor podía ser el empujón, todavía flotan y se mantienen con lo que conocen.

El documental Side by side, de Christopher  Kenneally, tiene la gran virtud de posar la mirada, parar la pelota y observar. ¿Qué es lo que pasa alrededor? ¿Cómo y por qué cambian las cosas en el mundo del cine? En permanente revolución, se necesitaba una recopilación de testimonios como la de este film. Martin Scorsese, George Lucas, David Lynch, David Fincher, Christopher Nolan y varios otros directores, camarógrafos, editores y directores de fotografía exponen sobre un arte que ya no es igual.

La vanguardia no estuvo en Estados Unidos ni tampoco en ningún país europeo con larga tradición (Francia, Italia o Inglaterra). La pequeña revolución nació en Dinamarca, se llamó Dogma y nació en 1995. Se trataba de un grupo de directores, entre los que se encontraba Lars Von Trier, que buscaban plantear una nueva forma de filmar. El primer gran cambio tuvo que ver con las cámaras. En esa época, la tecnología ya permitía hacer una película con una pequeña Sony de mano. Adiós al celuloide y al cambio de rollo para las cámaras cada diez minutos, costos más baratos, rapidez para ver qué es lo que se filmó y qué se debe mejorar o corregir. De este movimiento surgió La celebración (“Festen”), extraordinaria película de Thomas Vinterberg que demostró que los cambios no sólo tenían que ver con una parte técnica sino también estética. La cámara, mucho más chica y fácil de maniobrar, accedía a lugares y mostraba a los actores con una amplitud mayor.

Muchos directores estadounidenses se desesperaron por tomar esas formas. George Lucas fue uno de los grandes impulsores. El ataque de los clones, de 2002, fue una película filmada por completo de manera digital (en un nivel presupuestario muy superior a Dogma, por supuesto). Fue el puntapié inicial para una revolución que cambió la forma de hacer películas. Y que todavía no terminó.

Keanu Reeves es el entrevistador. Enfrenta a sus colegas desde una posición abierta, especializada y dinámica. Su rol es atractivo porque entiende como pocos cómo funciona la cuestión. “No voy a cambiar mis pinturas al óleo por un juego de crayones”, dice Nolan con respecto a la posibilidad de dejar de filmar en celuloide. “Darle la espalda a la posibilidad de pensar un mundo de determinada manera y conseguirlo exactamente no sería lógico”, remarca James Cameron.

Toda la estructura del cine se partió. Los editores también están divididos. Los digitales aprietan uno o dos botones y hacen desaparecer un árbol o agregan un auto. Ante esto, los directores de fotografía se reparten: unos se sienten marginados porque su trabajo (pensar en los colores de la película, las luces, los brillos, las oscuridades) toma una dimensión menor. Otros utilizan la herramienta para ser mejores, con la certeza de que, con la filmación digital, su protagonismo no puede ser igual. Los de la vieja escuela siguen apegados al rollo de celuloide y la tijera. El trabajo manual, dicen, genera un toque de calidad inherente a la actividad. Cuando se corta, no hay vuelta atrás. Pegar las partes cuesta trabajo, no se trata de un simple click.  Todo se piensa más y mejor. Anne Coates, veterana editora de varias obras maestras, recuerda y detalla cómo hizo reaparecer una secuencia de Lawrence de Arabia que no figuraba en el guión (la famosa escena en la que Lawrence apaga el encendedor de un soplido). Y no parece que haya mucho más para discutir sobre este punto.

Otra cuestión interesante de Side by side tiene que ver con la importancia que se le da al proceso del cine que no se ve. Muchos directores recuerdan como una tortura la tarea de revisar lo que filmaron un día después (es el tiempo que demora la cinta en poder reproducirse, tras los trabajos de revelado). Otros, como una cuestión romántica y necesaria para que el trabajo salga bien. “Es como pintar un cuadro en una habitación oscura”, cuenta el alemán Michael Baullhaus. Con las cámaras digitales no hay que hacer más que darle play a la grabación un segundo después que se deja de filmar. “Pero la pantalla en la que se ve no es igual a la del cine. Todo cambia”, remarca Nolan.

El papel de celuloide se gasta y no sirve en el tiempo. Mucho de lo que se filmó no se cuidó y ya no puede volver a ser como antes, se quejan algunos. En 1999 había cuatro proyectores digitales, dos en Nueva York y dos en San Francisco. En 2002, 150. Para 2015, se calcula que habrá unas 100 mil, dice James Cameron.

En 2009, Slumdog Millonaire se convirtió en la primera película en ganar el Oscar a mejor fotografía con cámaras digitales. Danny Boyle, director del film, es uno de los que no sólo prefiere el formato digital sino que argumenta que sus ideas no podrían realizarse de otra manera. “Sin City no hubiera existido filmada con celuloide”, agrega el director Robert Rodríguez.

Aunque todavía se hacen películas con celuloide (Moneyball, El árbol de la vida, El caballero de la noche y muchas más), lo cierto es que las maneras de crear cine cambiaron. “Nunca desaparecerán esas formas. Creo que siempre debe permanecer el celuloide como una opción más”, dice Scorsese. También se modificó el consumo: la gente mira películas a través de su celular en un subte o mientras come hamburguesas en un McDonalds.

Dentro de la radiografía que se presenta sobre la industria, hay una evidencia. Muchos de los que hacen cine dejaron de lado algunos principios básicos. “La gente ama las grandes historias. Ama meterse en un mundo y tener una experiencia. Cómo llegan a eso es algo que no importa del todo”, dice Lynch. La frase es clara, pero casi nadie la piensa correctamente. La imagen acompaña al guión. Pero lo que hace enamorar y emocionar está en las palabras, en lo que se escribe, en el guión. En las ideas bien elaboradas.

Pienso en Gravity, de Alfonso Cuarón, un estreno del 2013 aclamado por la crítica. Se habló de “experiencia única”, “cinematografía perfecta” y varios elogios más. Pero lo que hoy impresiona en Gravity quedará viejo y obsoleto con el correr de los años. Hay tantas fallas en lo que se cuenta que cuesta resaltar las cuestiones técnicas (en la función a la que asistí, la gran mayoría de los espectadores se rieron durante la secuencia final. ¿Qué puede haber de bueno en eso?) Le pasó a Avatar, una supuesta revolución que hoy ni siquiera llama la atención. Cameron, tan preocupado por la imagen, debería prestar atención a qué es lo que quiere decir más que lo que quiere mostrar. Avatar, al fin y al cabo, no es más que una versión con algunas variaciones de Pocahontas. Scorsese, uno de los más grandes directores que pretende aggiornarse, también se deja llevar por el placer momentáneo. Pero una secuencia de Calles salvajes, su extraordinario film de 1973, vale más que todo lo que dura Hugo.

El cine pretende correr con la tecnología pero tiene otro ritmo, otro paso. La carrera, en realidad, está perdida. No hay que dejarse llevar por lo pasajero. La sorpresa de hoy será aburrimiento mañana.



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