The Office: la belleza de las cosas ordinarias

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“There´s a lot of beauty in ordinary things”, Pam.

Puede resultar simpático ver algún que otro capítulo de The Office en el canal I.Sat. Suelen ser transmitidos al mediodía, a la hora del almuerzo. Pasan cosas divertidas, es entretenido y los capítulos son cortos. Muy expeditivo. El espectador pensará que está frente a una sitcom más. Pero no. Con un estilo único y desafiante, esta serie se reservó un lugar en el panteón de las grandes, ese sitio sagrado donde residen The Wire, Six Feet Under, Los Soprano, Treme, Boardwalk Empire, Mad Men y unas pocas más. No es una exageración. The Office cumple, como casi ninguna, con el “síndrome de la maestría”. Si se la ve de manera prolija y continua, desde el capítulo uno hasta el final, no será nada complicado percibir esa hermosa doble sensación que generan las obras únicas. Primero, la tristeza porque finalizó y ya nada será como antes. Después, el placer de que algo llegó hasta el fondo y no paró hasta remover las cosas que hacen que algo sea bueno: los pensamientos y sentimientos.

Durante nueve temporadas (del 2005 al 2013), The Office sigue la vida de la sucursal de Scranton de Dunder Mifflin, una empresa que vende papel. El formato está basado en la serie homónima británica, aunque los guionistas decidieron distinguirse en algunos aspectos para poder llegar con mayor efectividad al público estadounidense. Las diferencias entre ambas son grandes. Se trata de una especie de documental-ficción. Los personajes saben que un equipo sigue su vida e interactúan constantemente. La cámara, entonces, es un protagonista más. Algunos harán como si no existiera (Stanley, Meredith o Creed). Otros jugarán permanentemente con miradas cómplices, sonrisas y gestos (Jim, Ryan, Dwight). El efecto es perfecto: el espectador sentirá por momentos que es parte de la ficción.

Michael Scott está solo. Él lo sabe y los que lo rodean también. Es el jefe de la sucursal Scranton. En general, es un empleado desastroso. Pero, con el tiempo, el relato también se encarga de marcar que pocos pueden llegar a hacer su trabajo como él: sabe vender porque conoce cómo llegarle a la gente. Entiende a sus clientes, los respeta. Y consigue cosas que otros no. Su prioridad, aunque no parezca ni lo diga abiertamente, es conseguir alguien con quien compartir la vida. Esa mezcla de humor bizarro y falta de seriedad es perfecta: algunos evaden la realidad con alcohol o drogas. Michael, con un comportamiento similar al de un chico de 13 años. Interpretado por Steve Carell (un papel consagratorio), el personaje genera una empatía única e irrepetible.

(#Spoiler

Nada será igual desde su partida, a partir de la mitad de la séptima temporada. El personaje de Will Ferrel es muy flojo y Robert California tampoco logra llenar el vacío. La química de Carell con el resto de los actores fue, evidentemente, única e irrepetible).

No hay nada extraordinario en una empresa que vende papel. Todo es más bien aburrido. La primera lección de The Office: la clave de los trabajos está en las personas con las que hay que compartir todos los días (a veces, hasta una vida entera) y no tanto de la actividad misma. Los personajes de la oficina hacen que, cada tanto, el reloj se acelere, el tedio se esfume y la monotonía desaparezca. Ahí aparecen las locuras de Dwight Schrute, un hombre apasionado, loco, tradicionalista, obsesivo y sin ningún tipo de filtro. O Kevin Malone, un gigante con mente de chico que sólo se preocupa por comer M&M o cupcakes.

Dentro de la oficina pasan muchas cosas, pero nada puede ser más importante que la historia de amor entre Pam y Jim. Ella es una hermosa, talentosa y frustrada artista repleta de estereotipos y falta de decisión. Él es un joven brillante, el tipo al que todos le caen bien, una promesa eterna. Juntos atraviesan todas las estaciones por las que puede pasar una pareja. Desde el primer día se sienten atraídos. A los pocos meses, se enamoran. No mucho tiempo después, saben que quieren pasar el resto de sus vidas juntos. También se pelean. Lloran. Se sienten solos y lejos (este es el punto más alto de la última temporada).

The Office se ríe de los estereotipos con un desparpajo asombroso. Michael Scott es racista, machista y discriminador. Desde esa partida, se tocan todos los puntos que la sociedad suele esquivar o dejar de lado (la burla a los negros e indios, el rechazo intrínseco a los gays, la natural separación a los gordos). De manera sutil, sin exagerar ni abusar del dramatismo, siempre queda una enorme lección.

No es una casualidad que la primera temporada tenga sólo seis capítulos. En los inicios, no enganchó y estuvo al borde de quedar afuera del aire. Pero la serie, que había tenido un muy bajo rating, tuvo un sorpresivo éxito de descargas en iTunes. La otra señal fue cuando Steve Carell ganó el Golden Globe por mejor actuación en comedia. A partir de ahí, fue todo un éxito.

Jim y Pam

Como todas las grandes cosas, es probable que el secreto de esta serie haya sido la formación y el espíritu de equipo que existió entre los escritores y actores. Cuando la gente quiere mucho lo que hace, todo sale mejor. Lo primero que preguntó Jenna Fischer (Pam) cuando le anunciaron que estaría en el programa fue si John Krasinski obtendría el papel de Jim. En las pruebas ante cámara, sentían una electricidad difícil de explicar. Esa energía la trasladaron a la pantalla e hicieron enamorar a muchos con su historia. La actriz confesó más tarde que no veía el programa porque le generaba mucha tristeza entender que todo había terminado.

La risa puede romper las estructuras. The Office logra eso y más. Es posible que haya que ver por lo menos dos temporadas para entender a los personajes. Después de eso, todo es más fácil de disfrutar. La serie deja una lección evidente: no hay que subestimar a la comedia ni achicar los horizontes. Cuando algo es bueno de verdad, los detalles siempre quedan de lado.

En el malhumor de Stanley Hudson, un empleado esquemático que no pretende más que irse desde el momento que llega a la oficina. En los sueños despedazados de Andy Bernard, un frustrado y brillante músico que decide perseguir su sueño demasiado tarde. En la monotonía de Toby, un administrador de recursos humanos que no tiene nada más en la vida que su trabajo. En la sonrisa de Pam cada vez que ve a Jim. En las bromas de Jim a Dwight. En las eternas e inservibles reuniones de Michael. Todo está en la belleza de las cosas ordinarias. Sólo hay que tomarse un segundo para saber apreciarlas.



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