Japón, el rompecabezas gigante que no se desarma

sam_1579

La ciudad de Kioto se prepara para dormir en una típica fría noche de invierno. Es domingo, en la calle no se ve mucha gente. El tranquilo barrio Nakagyo-ku está en silencio. Es una zona residencial, no muy lujosa pero sí  elegante y con estilo. Tiene varios cafés, mercados que se mantienen abiertos todo el día y algún que otro pintoresco hotel. Los peatones aceleran el paso en silencio. Las bicicletas circulan por la vereda con velocidad. Una mujer de unos 30 años sale de un Starbucks sobre la avenida Karasuma dori y camina unos 20 metros hasta llegar a la esquina. Ahí, se detiene. Bien vestida, lleva botas que le llegan hasta la rodilla, una pollera larga y un saco gris. Está levemente maquillada. De su lado de la calle hay un ciclista y una mujer de unos 40 años con una nena que parece tener 4 o 5. Van agarradas de la mano. Cuando expulsan el aire de las bocas, largan una nube de vapor larga y densa. El cielo está nublado, parece a punto de llover o nevar. No se advierten autos. La calle luce solitaria, no se percibe ninguna luz ni ruido que pueda hacer suponer la llegada de un vehículo. Pero nadie cruza. El semáforo que indica el paso de los peatones señala el color rojo.

El ciclista apoya la punta del pie derecho y mantiene el izquierdo en el pedal, como si estuviera a punto de empezar una carrera. La chica del café está sumergida en su teléfono celular. No parece hablar con nadie por mensajes porque prácticamente no toca la pantalla. La mamá y la nena miran hacia adelante sin hablar. Pacientes, esperan la luz verde. Luego, sí, caminan y continúan su camino. Ningún auto pasará por esa calle en unos diez minutos.

Las piezas del rompecabezas son respetuosas. No tienen intención de adelantar su turno para insertarse. La próxima cuadra, cuando tengan que cruzar con la luz verde y un auto quiera doblar, el conductor esperará todo lo que deba, hasta que no quede nadie por pasar.

Cada 2 de enero, el emperador japonés, Akihito, brinda un discurso al pueblo desde el Palacio Imperial, justo en el centro de Tokio, a unos 400 metros de la estación central. En esa fecha y en su cumpleaños, el 24 de diciembre, es el único momento en el que se muestra ante su gente y abre las puertas de sus hermosos jardines, un pulmón de naturaleza que rompe con los enormes edificios, los paisajes de cemento y los carteles luminosos. La gente llega de diferentes accesos e inunda las calles, como si fuera algún partido de fútbol multitudinario. El desfile seguirá hasta la noche.

Para que no haya amontonamientos, la policía levanta sogas y distribuye a la multitud en carriles. Las colas son enormes, interminables. Pero se mueven. Akihito habla más de una vez para que nadie se quede sin escuchar su mensaje de paz y prosperidad. Los japoneses reciben pequeñas banderas de su país con alegría mientras se acercan al Palacio. Adentro, hay un patio enorme rodeado de árboles que da a una especie de balcón protegido por un vidrio. La masa se sumerge en el patio. Los que llegan primero buscan estar cerca de la posición en la que aparecerá el emperador, que se presentará con su familia bajo una ceremonia perfecta, sobria y corta. Debe haber entre cinco y ocho mil personas. Después de las palabras de Akihito (“Deseo un año lleno de paz y alegría para el pueblo de Japón”) , el patio se vacía en un par de minutos. Afuera, la cola para ingresar al Palacio Imperial tiene la misma longitud que antes. Es el turno de otro grupo, el rompecabezas todavía no está armado.

SAM_1578

Usar barbijos es casi tan común como llevar paraguas un día de lluvia o lucir guantes en una jornada de nieve. Tiene que ver con la higiene y el cuidado. Si un japonés está resfriado o tiene algún tipo de enfermedad, usará barbijo para no contagiar al otro. Si no tiene nada, se pondrá uno por las dudas, para no contraer ningún germen. En los subtes, trenes o colectivos, servicios públicos en los que se recomienda no hablar por teléfono para no molestar al que está al lado, cada tanto se ve a alguien que estornuda y no usa barbijo. Antes de largar el escupitajo, se tapa la boca con todo lo que tiene a mano o mete la cabeza dentro de su propio abrigo. Luego, baja la mirada y se sonroja. Las piezas del rompecabezas no se conocen ni se hablan. Pero, de todas maneras, se cuidan entre sí.

“¡Rashaimase! ¡Rashaimase! ¡Rashaimase! (bienvenidos)”. El grito, con un tono cantado y amigable, se repite cada vez que algún cliente ingresa a un restaurante o comercio. Si es un lugar para comer, los que dan la bienvenida no son sólo los meseros. Los cocineros, cajeros o limpiadores dejan todas sus actividades para saludar con una sentida reverencia. “¡Arigato gozai-mashita! ¡Arigato gozai-mashita! ¡Arigato gozai-mashita! (muchas gracias)”, es el último canto, cuando los clientes dejan el lugar y la relación llega al final.

El cruce de Shibuya es un mar de gente, pero la corriente no va para el mismo lado. Un grupo de gente cruza de manera vertical, otros horizontal y hasta en diagonal. En el medio, un gran remolino. Justo en la salida de la estación de uno de los barrios más populosos de Tokio, se unen seis esquinas iluminadas por pantallas gigantes con diferentes publicidades que cuelgan de varios rascacielos. Cuando la luz se pone verde y les da paso a los peatones, cientos de personas saltan a la calle. Atraviesan el pavimento en silencio, sin chocarse. De fondo se escucha el ruido ensordecedor de las pantallas gigantes. Salvo una o dos personas que deciden apurar la marcha, el paso es tranquilo.

En estaciones de subte como las de Shinjuku o Shibuya, en Tokio, la multitud marea. Los espacios se aclaran a medida que se avanza. Sólo hay que caminar para que la pared de gente se desvanezca a medida que los ladrillos -las personas- se bifurcan en diferentes líneas. La postal se repite todos los días durante la mañana y el atardecer, cuando los trabajadores vuelven a sus casas. Un grupo de ejecutivos se saluda justo antes de la línea de máquinas donde hay que pasar la tarjeta para ingresar a la zona de conexiones. Nunca son más de cuatro o cinco. Para despedirse, realizan una profunda reverencia. Una y otra vez. Es como un partido de tenis. Los que se saludan sólo parecen preocupados porque la pelota no quede de su lado. Las reverencias no parecen terminar nunca. Los oficinistas caminan en direcciones opuestas pero no dejan de mirarse.

Para entrar al subte no hay molinetes ni barreras. Sólo se necesita apoyar una tarjeta en el lector y caminar. Nadie pasa sin pagar. Durante las horas pico, los japoneses se aprietan en cada uno de los vagones. Hacen el esfuerzo de moverse hacia los lugares donde haya espacios para que los que todavía están en el andén puedan subir. Nadie se habla entre sí. La mayoría mira las pantallas de sus celulares. Otros leen algún libro. Pero no hay mucho lugar para moverse.

SAM_1609

Un turista le comenta a un empleado japonés de una aerolínea estadounidense que su valija se rompió durante el viaje. “Lo siento mucho”, dice. Unos minutos después, tras darle al pasajero un equipaje nuevo, sonríe. Se afloja después de unos minutos en los que se mostró serio y exageradamente preocupado por solucionar el problema. Cuando se va, hace una profunda y sensible reverencia. Se inclina tanto que está a punto de tocar el piso con la frente. Lo mismo pasa con dos chicas de no más de 30 años que solucionan un problema con el boarding pass de un pasaje de avión. Tras resolver la situación, sonríen. Aplauden con las palmas de la mano cerradas y apuntando hacia arriba, con velocidad. Las piezas pretenden que sus compañeras se sientan felices.

Cada vez que un japonés recibe plata de algún cliente, pone a disposición una pequeña bandeja donde hay que depositar el dinero. “Arigato gosai mashita”, dice el empleado mientras la toma con las dos manos y baja la cabeza. Tras buscar el cambio, devuelve con el mismo gesto, la bandeja bien agarrada y una reverencia que acompaña.

El rompecabezas es gigante. Está armado por una serie de conductas, gestos o formas de ser. Casi nadie parece preguntarse por qué, aunque todos perciben la función. Las piezas entienden, como en ningún otro lugar, que solas no son nada. Incluso si se juntaran 50 millones no lograrían formar un paisaje más o menos coherente. El rompecabezas es uno y sólo tiene sentido cuando está completo. Luce irrompible.

(#) En la primera foto, una multitud se agolpa en el patio imperial. En la segunda, un policía ordena a la gente antes de ingresar. En la última, una paciente y enorme cola para rezar en el templo Yasukuni. El video muestra el famoso cruce de Shibuya. Las imágenes pertenecen a Crónicas de calle.



There are 3 comments

Add yours

Post a new comment