“No table”

shinjuku

Es sábado a la noche y no resulta fácil encontrar una mesa para comer en alguno de los interminables pero no tan variados restaurantes de Shinjuku, uno de los lugares más populares de Tokio. En este barrio se cumplen algunos de los pensamientos estereotípicos de Japón: enormes rascacielos, carteles luminosos, ruidos que irrumpen desde diferentes direcciones, corrientes inagotables de gente que van para un lado y otro.

Una pareja de jóvenes turistas se acerca a la puerta de un restaurante para ver la carta. El lugar tiene cierta calidad y elegancia pero nada parece extravagante ni demasiado elitista. Los precios son coherentes. El local está repleto. Desde afuera se puede apreciar la cocina, luce limpia y eficiente. El cocinero jefe, vestido con el típico delantal blanco, distribuye las tareas a dos o tres ayudantes mientras tantea que todo esté bien. En un wok plano y grande, mezcla algunas verduras con fideos precocidos, pulpos o calamares. También se encarga de la cocción de algunos trozos de cerdo y pollo que están en un horno. Pero en la comida no está puesta toda su atención. Cada tanto mira hacia el salón, donde hay una barra de unos 10 o 15 metros desde donde se puede comer, además de unas 20 mesas. Es posible que sea el dueño.

Se desocupa una mesa y los jóvenes ingresan al restaurante. El mozo, atento, levanta la mano y confirma con dos dedos hacia arriba que los turistas ocuparán el lugar. La pareja asiente mientras espera que retire los vasos y platos y limpie. De pronto, se escucha en una especie de inglés trabado y ejecutado en fonética: “¡No! ¡No!”. El cocinero, de unos 50 años y algo excedido de peso, abandona sus tareas y camina con paso apurado hacia la entrada del restaurante.  Le pide permiso a uno de sus ayudantes, corre un par de platos para pasar y accede al salón principal. Le grita algo en japonés al mozo, que se paraliza unos segundos y luego continúa con su tarea con la cabeza gacha. Se para frente a los turistas con la intención de que no puedan dar muchos pasos más dentro del lugar. Luego, les dice: “No table. No table”. Lo hace mientras esboza una leve sonrisa. No queda claro si es un intento de mostrarse amable o una forma de soberbia. La pareja mira cómo la mesa ya está preparada para ser ocupada. Pero el cocinero no quiere alimentar ilusiones falsas, y repite: “No table, no table”. Muestra las palmas de las manos y las mueve para un lado y otro en señal de que no hay espacio para ellos. Nadie de los clientes que comen en el restaurante parece prestarle demasiada atención a la situación.

La pareja se retira, camina por la misma calle unos 100 metros y regresa a la puerta del mismo restaurante. La mesa ya está ocupada por unos japoneses. Uno de los turistas, un joven de unos 25 años, se acerca varios pasos hasta casi ingresar al local: observa que adentro no hay nadie que no sea de Japón. Desde esa posición ve al cocinero. Está detrás de unos vidrios enormes que permiten ver cómo se hace la comida. Luce concentrado. Corta una zanahoria y otras verduras con velocidad y precisión. Los turistas están decididos: quieren cruzar miradas con él. No caminan pero tampoco están parados. Es un paso lento, casi en cámara lenta, como si se sintieran obligados a hacerse respetar. Tienen hambre, algo de frío y el orgullo herido. Hasta que el cocinero levanta la vista y los mira. Ya no sonríe. Transmite seguridad y seriedad. Después de unos segundos, vuelve a posar la mirada en las verduras. No parece ser la primera vez que prohibió ingresar a un par de extranjeros a su restaurante. Los turistas caminan unos pasos más. Y pasan de largo. Tienen la confianza lastimada y se preguntan si no sería mejor comer en algún McDonald´s.



There are 4 comments

Add yours

Post a new comment