La fantasía de la deshinibición

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El pelo rubio, largo hasta la cintura, lacio e intencionadamente desprolijo. Los ojos celestes bien abiertos. La cara estilizada. Las tetas bien grandes, apretadas por un corpiño diminuto. La cintura pequeña, ilógica. La mirada siempre hacia adelante, como si observara a cada una de las personas que la aprecian. No es una chica real. Simplemente se trata de un dibujo, una invención. Está en los enormes carteles de neón, en los pósters colgados en las paredes, en los mangas o en DVD´s. Es una adolescente que atrae a cientos de chicos de su edad pero también a adultos que salen de sus oficinas y, antes de ir a sus casas, compran y esconden alguna revista dentro de su portafolio. Puede cambiar el color de pelo o de ojos, da igual.

Como ella hay decenas en el barrio Akihabara, una zona comercial de Tokio atestada de negocios que venden tecnología, casas especializadas en manga pornográfico y otakus, adolescentes que parecen esconderse de la vida real mientras se visten de personajes de cómics, videojuegos o animé. Es el barrio de la deshinibición.

Akihabara, o Akiba, es un lugar consentido. Todas las barreras de la sociedad japonesa parecen desmoronarse en Chūōdōri, la calle principal que alberga enormes edificios con juegos electrónicos SEGA, salones de Pachinko (un verdadero vicio japonés, una mezcla entre el pinball y la típica máquina tragamonedas de los casinos) y casas especializadas de manga, que venden todo tipo de muñecos, películas o revistas. El manga es, básicamente, una historieta que abarca todo tipo de géneros, desde la pornografía hasta la historia, la política o los deportes. Las temáticas están segmentadas para todas las partes de la sociedad. A partir de estas creaciones nacen otras con enorme popularidad, como el animé (dibujos animados), películas, videojuegos o novelas. Entre el desesperado consumo interno y la demanda en el exterior, la industria representa una porción cada vez más importante de la economía japonesa.

Sobre las puertas de las casas de tecnología hay una especie de tubos gigante con papelitos adentro que vuelan descontrolados. Hay una cola enorme que mira cómo los papeles rebotan en las paredes de la estructura de vidrio. Un empleado del lugar le saca la tapa y grita. El primer hombre que está en la cola mete la mano y saca un papel. Lo mira, sonríe e ingresa en el local. Acaba de ganar algún tipo de descuento y regalo de la tienda, preocupada porque en sus pasillos nunca deje de haber movimiento. Todos los edificios tienen por lo menos cinco pisos con todo tipo de productos. Lo más caro está casi siempre en la planta baja. Mientras más se sube, más cosas especializadas se encuentran.

La mayoría de los negocios tienen una pantalla gigante en la entrada. Muestran una película de algún grupo pop de mujeres adolescentes vestidas como colegialas. Uno de cada cuatro hombres se frenan en algún momento a apreciar la presentación. Compran los mangas porno como si estuvieran en un supermercado o una librería. Caminan serios y tranquilos entre filas enormes de revistas que muestran a chicas con rasgos occidentales y semidesnudas.

Akihabara

Entre los negocios, en calles atestadas de gente, limpias, ruidosas y enceguecedoras por los carteles de neón que irrumpen desde todas las direcciones, hay chicas que visten como las que aparecen en las pantallas gigantes. Una pollera blanca que exhibe buena parte de las piernas, una camisa de algodón fina que también libera espacio para los pechos y zapatos con tacos altos que permiten disimular la baja estatura. Son empleadas de los maid cafés, tiendas de servicio en las que los clientes son atendidos casi como si fueran amos de las meseras. Afuera, entregan folletos con las ofertas del lugar. Lucen provocativas e inocentes. Prácticamente ninguna permite que le saquen una foto. Casi siempre están de a dos. Mientras un remolino de gente pasa por al lado, se dicen cosas al oído mientras sonríen exageradamente. Es posible hasta recibir un masaje en los pies mientras se consume un té con algún dulce. Se muestran en las puertas de los locales para seducir a los que caminan para un lado y otro de las tiendas de manga, hombres obsesionados por una figura o escena sexual que en la vida real nunca conseguirán.

La zona parece libre de pecado. Pese a eso, aunque todo luce sin regular o librado al azar, hay un control. Cada una o dos cuadras, hay salones para fumar. Como en los aeropuertos o las grandes estaciones trenes, pero en la calle. Cuartos de un ambiente donde entre diez y quince personas expulsan e inspiran el humo que generan. Desde afuera sólo se ve una nube gris que flota constantemente sobre las cabezas de las personas. En las paredes hay televisores que transmiten clips musicales. Es un lugar de paso que nunca está vacío, el refugio de los consumidores que tienen prohibido prender un cigarrillo en la calle.

Nadie mira lo que hace el otro. En los locales no se puede caminar con soltura. Casi siempre hay que esquivar a una o dos personas para avanzar. El consumo es excesivo y constante. Los empleados de los negocios de manga se mueven para un lado y otro mientras se gritan entre sí, como si se cantaran las ventas que hacen o la búsqueda de un título especial que realizan para algún cliente. Entre los enormes estantes de revistas hay máquinas en las que se puede introducir una moneda para obtener el llavero o pin de alguno de los personajes. También exquisitos muñecos artesanales, láminas, pósters, biromes. No hay límite para la imaginación de todo tipo de artículos.

Hay que correr una pesada y colorida lona que cuelga desde el techo hasta la mitad de la pared para ingresar a un local de un ambiente. Las paredes están tapadas por pequeños pósters de mujeres con diferentes fotos. Posan con poca ropa -pero no desnudas- de todas las maneras posibles mientras muestran diferentes partes del cuerpo. Alrededor de las imágenes figura un número de teléfono. En el local hay un hombre que espera respetuosamente que el cliente se decida. Entonces, llama y lo introduce con la chica. A partir de ese momento empieza la relación entre ambos. Muchas adolescentes acompañan a hombres a bares o a un restaurante. Los hacen reír, les crean una fantasía en las que se sienten populares o admirados por gente de su misma edad. Para las mujeres, es una buena forma de esquivar la cuestión ilegal. El gobierno japonés tiene prohibida la prostitución, pero la actividad es considerada efectiva sólo cuando hay sexo con cruce de genitales. También hay hombres que esperan pacientes en diferentes esquinas. Se muestran arreglados como si fueran a salir a un lugar extremadamente lujoso. Su estrategia es similar. Salen con mujeres pero sólo les hablan, les recitan poemas y las seducen con una historia de amor imposible.

Así funciona parte de la prostitución en Kabukicho, una zona roja cercana a Shinjuku, uno de los lugares más populares de Tokio. Es otro espacio donde los estereotipos del ser japonés quedan destruidos. En estas zonas de la ciudad se establecen paradigmas diferentes, las normas de un conjunto ordenado, rígido y estructurado quedan de lado, por lo menos desde que cae el sol hasta el amanecer. Aunque hay reglas y un marco legal, se trata de barrios donde desaparecen las barreras, en una sociedad que tiende cada vez más a aislarse, desinteresarse por el sexo y convencerse que formar una familia y tener hijos no siempre es el camino de la felicidad. Es como si quisieran sentirse parte de un alocado manga. Caminan por esas calles sin mostrarse nerviosos ni apurados. No se sonrojan. Es su historia de capítulos limitados, páginas establecidas y finales cantados. Reconocen que el regreso a la realidad queda a sólo un par de cuadras. Y deciden quedarse ahí, el único lugar donde la fantasía se mantiene viva.



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