America-Mura, donde mandan Justin Bieber y Los Simpson

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Uno tiene el pelo negro, es alto, muy flaco y con la piel demasiado blanca. El otro, colorado, tiene ojos claros y la nariz torcida. Ninguno de los dos llamaría la atención por su belleza en casi ninguna parte del mundo. Pero las reglas en America-Mura, un pequeño barrio de Osaka, la tercera ciudad más importante de Japón después de Tokio y Kioto, son completamente distintas. Ellos lo saben. Y se aprovechan. Hablan entre sí en voz alta en un inglés nativo. Se hacen escuchar. Esperan por un grupo de chicas que puedan llegar a sentirse interesadas en ellos. Entonces, se acercan con confianza pero sin excederse. No pretenden ser invasivos. “Hello, girls, can you tell us your names?”, arranca uno. La historia parece sentenciada.

El grupo de japonesas adolescentes, de no más de 16 años, luce monótono y uniforme. Son cuatro. Salvo una, todas tienen el pelo teñido de rubio y usan lentes de contacto de color celeste o verde. Llevan shorts o polleras diminutas, medias largas, camperas y gorros de invierno. Usan zapatos con enormes plataformas que les agregan varios centímetros de altura. Están bronceadas, pese a que el invierno está en su esplendor. Parecen pretender ser como las mujeres que se muestran en los mangas y animés. Se alejan todo lo que pueden de su fisonomía real. Los dos jóvenes, estadounidenses, no dicen nada sorprendente ni lúcido. Simplemente se presentan, comentan de dónde son y retrucan el diálogo con las mismas preguntas. Las cuatro chicas, en un gesto de inocencia imposible de ocultar, miran al piso, se tapan la boca con una mano y se ríen con fuerza. No termina de quedar claro si alguna de las chicas se siente atraída por los más bien torpes estadounidenses, pero una cosa parece evidente: la enorme curiosidad de ellas por ellos no se puede disimular.

En realidad, el gran secreto del éxito de los turistas estadounidenses es la ubicación en la que buscan enamorar a diferentes grupos de japonesas. En America-Mura, un barrio chico, de no más de cinco o seis cuadras a lo largo y ancho, todos pretenden adoptar una esencia que no llevan en la sangre. Es como un baile de disfraces que dura todos los días. Después de la hora del colegio, entre el final de la tarde y el comienzo de la noche, una horda de adolescentes sale a mostrarse en estas calles como si fueran una especie de embajadores de Estados Unidos.

Los varones usan el look de Justin Bieber. El pelo rubio, algún que otro arito, pantalones holgados y zapatillas deportivas inmensas. Un buzo deportivo y una gorra de algún equipo de la NBA. Es como caminar por algunas zonas del Bronx o Brooklyn de Nueva York pero, en vez de negros y algún que otro latino, hay japoneses con un porte difícil de asociar a la forma de vestirse. La mayoría son bajos y extremadamente flacos.

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Casi todos los negocios son de ropa y están atendidos por negros que vienen de Estados Unidos específicamente a trabajar en esta zona. En ninguno de los locales falta algún tipo de prenda de Los Simpson. Buzos de Homero, remeras de Bart, zapatillas con el dibujo de la familia amarilla. También hay muchas imágenes de Mickey Mouse, una figura que, en este lugar, tiene espacio entre adolescentes y jóvenes, gente mucho más grande de la que podría consumir al gran símbolo de Disney en otra parte del mundo. Además, hay negocios que sólo venden gorras. Son grandes y tienen una visera ancha pero no larga. Casi todos son de equipos de la NBA, aunque también hay de alguna banda de hip hop o de béisbol.

A pocas cuadras de America-Mura se encuentra el teatro Nacional de Bunraku, lugar que alberga un histórico espectáculo que combina tres artes escénicas: las marionetas (ningyō), la recitación (jōruri) y la música del shamisen, milenario instrumento de cuerdas construido de piel de gato o perro que produce un sonido extremadamente agudo. A la función de un miércoles a la noche asiste una buena cantidad de gente, la mayoría adultos que llegan vestidos de manera tradicional. Muchas mujeres y hombres se muestran con kimonos. Impregnan de cultura a la ceremonia del teatro. La poca distancia entre una forma de vida y otra es una fotografía de lo que parece ocurrir en el Japón actual. Un país contradictorio con corrientes que, hasta ahora, van hacia lados opuestos.

America-Mura quiere decir “Pueblo de América” y refiere a la época de la Segunda Guerra Mundial, cuando los negocios estadounidenses se instalaron en esa zona para vender los clásicos encendedores Zippo o camisetas de algodón. Casi 70 años después, el lugar se siente demasiado artificial. Hay un Mc Donald´s y un Burger King. En los bares, los televisores están sintonizados con algún deporte o un canal de música que muestra a raperos que bailan con mujeres exuberantes entre autos de lujo. También un Starbucks, donde los adolescentes, obsesionados por la tecnología y la permanente exhibición en las redes sociales, se muestran con sus iPhone 5 como principal trofeo para exhibir. Le sacan fotos al local, a los amigos con los que ocupan la mesa y a la comida que pidieron. Cuando se disponen a tomar el café, ya lo tienen frío. No parece importarles demasiado. Lo dejan a medias o no lo toman. Sacan una selfie más. Y se van contentos.



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