Cómo esquivar el cliché Maradona y reflexión sobre el consumo del cine

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Se agarra con las dos manos al alambrado de una de las canchas auxiliares de River. Tiene la cara pegada al metal, como si pretendiera traspasarlo. “La pelota se frena mucho en los pases y no pica tanto. Fijate cómo el traslado de la pelota se frena. El pase que podés llegar a dar, se frena mucho. Tranqui, la vas a romper…”, le dice a un pibe sanjuanino que él eligió hace unos meses para que se pruebe en los clubes grandes de Buenos Aires. Mira el partido. Los ojos se le mueven hacia los costados con demasiada velocidad, como si se tratara de un partido de tenis. Goyo Carrizo vuelve a vivir.

“Francis, hay un pibe en el barrio que juega mejor que yo”. Esa frase es la historia de Goyo Carrizo que se conocía hasta ahora, la del amigo de Maradona que lo acercó a jugar a las inferiores de Argentinos, la mítica categoría 60´que luego conformaría Los Cebollitas. El otro Maradona, ópera prima dirigida por Ezequiel Luka y Gabriel Amiel, tiene la virtud de despreciar la figura más popular de la historia del fútbol. En este documental, de una hora y cuarto, Diego figura sólo como un fantasma que alegró la infancia de Goyo tanto como logró perturbar su vida como adulto. Porque Goyo se pregunta por qué no le tocó a él. Aunque probablemente nunca encuentre una respuesta, el film se centra en el intento de reconstrucción de un ex jugador de fútbol frustrado que estuvo depresivo y al borde del suicidio.

El camino de reconstrucción de Goyo es a través de lo único que conoce de verdad: el fútbol. Con su amigo William viaja a diferentes provincias del país en busca de diferentes talentos. La película se toma tiempos y, pese a que es de corta duración, tiene paciencia. Muestra costados de la vida de los pueblos del interior. Capta costumbres. Relata sueños que giran alrededor de Goyo pero que probablemente ni siquiera llegue a reconocerlos.

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El documental toma distancia del personaje. Muestra su día a día a unos metros, pero nunca demasiado cerca como para que la cámara forme parte del relato. Los planos son amplios y juegan con el mundo en el que vive el protagonista. El perro tirado entre botellas de cerveza y mugre. Los pibes que practican chilenas en un descampado inundado. El póster de Maradona con la camiseta del Barcelona abajo de una silla despedazada. El fulbito en el patio diminuto. La pelota amasada, pisada y pegada al pie para que no se escape entre los fierros oxidados. Las imágenes son claras, la fotografía se alía de la luz. Se percibe el calor de Villa Fiorito.

El relato tiene ritmo, sensibilidad y honestidad. El guión no protege a Goyo, que en algunas secuencias no queda del todo bien parado, especialmente con el manejo poco cuidado con algunos jugadores menores. Carrizo pide porcentajes, hace firmar contratos y aconseja con más sabiduría futbolera que verdadero conocimiento y preparación. Sus reacciones, gritos y emociones se devoran la película. El cliché del amigo del mejor jugador del mundo que no llegó a cumplir su sueño queda destruido (¿el título será algo injusto con el relato?). Su historia es la de la reinvención. El espectador juzgará después si el personaje es un perdedor o ganador. Lo claro es que todavía quedan historias por contar de Pelusa. Son las de las personas que estuvieron alrededor de él en los comienzos, cuando Maradona no era más que Dieguito.

Consumos del cine

Después de una charla con Goyo, pude hablar un rato con los directores sobre cómo es el proceso de desarrollo, creación y difusión de este tipo de películas. Ezequiel Luka y Gabriel Amiel tienen 36 y 38 años, respectivamente. Debutan como directores en este film, por el que no pusieron un peso. Según cuentan, tuvieron la “suerte” de trabajar con una productora importante, Habitación 1520, que los alejó de los problemas económicos y hasta los ayudó, a partir del cumplimiento de ciertas condiciones, a conseguir el presupuesto de subsidio más alto que ofrece el INCAA para documentales argentinos.

No perdieron plata. ¿Y ganaron? Es posible, aunque nada que les permita cortar con su vida diaria o los ayude a relajarse por un tiempo. La película sólo se puede ver en el cine Gaumont y en algunos otros espacios INCAA (una entrada de ocho pesos). Aunque ellos explican que la fecha de estreno es buena, resulta que otros seis films argentinos también tuvieron su salida al público (¡qué locura!), con el agregado de la aparición de El hombre araña 2, con 300 copias que pueden llegar a 400 salas, cuando en el país hay menos de 900 pantallas.

Entonces, ¿quién ve una película como El otro Maradona? Casi nadie. Gabriel cuenta que en caso de llenar todas las funciones del Gaumont durante una semana, el número ascenderá a seis mil personas y les permitirá, según las reglas, permanecer siete días más en cartelera. De lo contrario, el proyecto de más de cinco años se esfumará en unas 168 horas. El film, por supuesto, tiene otras posibilidades. Se  mostrará en varias provincias del país y ya tiene un lugar asegurado en alguna que otra sala de París.

Pero los directores no parecen del todo conformes con el trato que recibe su película. “Las grandes cadenas de cines tienen arreglos con las productoras de Hollywood. A ellos no les interesa tener películas argentinas salvo las de Darín o Campanella. Y, sí, la gente quiere ver Spiderman, no algo como lo nuestro”, comentan.

El problema parece claro. El INCAA genera la posibilidad de hacer un producto pero no estableció canales para que ese trabajo pueda llegar a la gente (los espacios INCAA son pocos y, por alguna u otra razón, demasiado impopulares). De ahí surge esa especie de bronca de los directores. Por otro lado, ¿qué pasa con los estándares de calidad? Es evidente que hay películas argentinas (la minoría) que llegan a ser exhibidas y no hacen más que destruir la reputación del cine del país, que ya está bastante bastardeada.

Cuentan los directores que hay otra posibilidad pero mucho más arriesgada. Hacer la película sin el apoyo del INCAA y luego salir a venderla a espacios específicos, como el Malba, que se dedica a proyectar películas argentinas que permanecen en cartel durante un buen rato, con la posibilidad de fomentar el boca a boca y darle una verdadera oportunidad al film. El ejemplo más resonante podría ser El estudiante, la película de Santiago Mitre que llegó a ser vista, ninguneada por el INCAA, por 35 mil espectadores. Pero desde el círculo interno de esa producción también quedó sabor a poco por creer que fue subexplotada, que estaba para más.

El INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Visuales), por su parte, cobra un arancel a las películas extranjeras como una de las formas para mantenerse. Las que se estrenan con hasta 40 copias pagan un equivalente al valor de 300 entradas promedio. El tope es de 12 mil entradas (lo que pagará la productora de El hombre araña 2, por ejemplo). La intención, se supone, es hacer que el mercado se agrande a partir de una “multa” que ni siquiera estorba. Pero, en realidad, todo indica que el efecto es el contrario. Las productoras no tienen problemas en pagar el valor determinado y los cines pretenden ir a lo seguro. La gente, por su parte, no se inquieta. A comer pochoclos y a ver volar al superhéroe de turno.



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  1. cinefiloaburrido

    Sobre lo ultimo, es un tema dificil y que se viene hablando desde hace rato eso de la cuota de pantalla y los espacios, osea el fondo de fomento del incaa se nutre bastante de esos tanques que salen con 300 copias y gracias a eso puede subsidiar peliculas como “El Otro Maradona” o el 95% del cine nacional.
    Ademas los tanques son tanques en todo el mundo, incluso en paises donde la produccion nacional funciona a la perfeccion (sacando las tipicas excepciones historicas) no creo que el tema pase por ahi.

    Hay cosas insolitas como por ejemplo el tema de la difusion. Que el incaa no te asegure un espacio de difusion ni en tv publica, ni en aire, ni en futbol, me parece una boludes o un desinteres por tratar de arreglar la situacion, cuando tenes los medios y la solucion a la vuelta de la esquina.
    Ahorrate 1 institucional de 4 minutos sobre las obras de las instalaciones termo-hidraulico-nucleares de santiago del estero y pasame 4 trailers de cine nacional, alcanza y sobra.

    • Lucas Bertellotti

      Yo creo que en el texto no planteo que hay que sabotear o darles menos importancia a los tanques para que funcionen las otras películas. Pero, de todas maneras, me parece que todo está mal planteado. Estoy completamente de acuerdo con respecto al tema de la difusión. El INCAA tiene serios problemas y un sistema deteriorado y fútil. Pero si en otro tipo de políticas sociales se muestran escenarios aún peores, qué se puede esperar…muchas gracias por el comentario.


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