Las plazas de los ninjas voladores

2014-01-11 11.08.19

Está vestida con un conjunto deportivo Adidas. La parte de arriba es una campera impermeable rosa. La de abajo, un pantalón largo de nylon negro. Tiene el pelo prolijamente atado. No mira a los costados, aunque parece acostumbrada a que curiosos, turistas o admiradores se paren cerca para apreciarla. Sabe que es distinta. Los compañeros que la rodean son buenos, pero sus movimientos tienen algo especial. La pierna izquierda está extendida y en el aire. La derecha desafía las leyes de la física. Se retuerce. Con el cuerpo inclinado hacia adelante, la planta del pie apunta al cielo. La patada es rápida y precisa. Se escucha un pequeño grito, como si fuera una especie de desahogo. Destila elegancia.

La secuencia no forma parte de una típica película china de ninjas, aunque es posible que muchos de los films de Ang Lee o Zhang Yimou se hayan inspirado en los jugadores de “volante”, un deporte que nació hace más de 2.200 años bajo el período de la dinastía Han. Aunque en un principio se trató de un juego más bien elitista, con el tiempo se popularizó. Hoy, no hay ninguna plaza de Beijing que no tenga a por lo menos dos personas que patean al volante para un lado y otro.

El volante toma el lugar de protagonista que la pelota tiene en cualquier deporte occidental. Está hecho de cuatro plumas de animal sostenidas por la misma cantidad de chapitas circulares y un plástico en el fondo para amortiguar las patadas. Es muy similar al elemento que se usa en el bádminton. Pesa muy poco. El exceso de viento alcanzará para impedir el juego.

Una de las principales preocupaciones del pueblo chino parece tener que ver con la salud y el entretenimiento. Desde la mañana hasta el anochecer, las plazas explotan de gente que hace todo tipo de actividades recreativas. Especialmente los jubilados. Se reúnen para bailar disfrazados mientras ensayan coreografías o practican gimnasia.

El volante es la estrella de los deportes al aire libre. No importa la edad, tampoco el sexo (de hecho, las mujeres parecen mucho más finas que los hombres para realizarlo). En círculos que van de tres a siete jugadores, los chinos pasan varias horas, transpiran, hacen ejercicio y, principalmente, ríen. Es como si en este lugar, con este juego, se sacaran la máscara que usan para el resto de las actividades, cuando predomina la seriedad y la sociedad tiende a ser más bien individualista.

Sobre el pie del Templo del Cielo, un majestuoso monumento hecho para que los Emperadores pidieran a Buda por un año con buenas cosechas a través de una meticulosa ceremonia, hay un parque donde, además de un grupo de baile, donde unas 50 personas juegan al volante. El deporte se hace en equipo y no existe la competencia con el otro. El objetivo es que las plumas de colores y brillantes estén en el aire todo el tiempo posible. Para eso, se puede impactar al volante de diferentes maneras: con el borde interno, con el externo, con el empeine o la planta del pie. Cada tanto, también parece valer tirar un manotazo o cabezazo para salvar una jugada que vale la pena.

Mientras dos jóvenes turistas miran con asombro la flexibilidad y precisión de hombres y mujeres de todas las edades, una de las jugadoras se acerca. Se comunica con señas. Saca un volante del bolsillo y comienza a jugar con el hombre de la pareja. Uno, dos, tres. Uno, dos. Uno. El juego que parecía tan fácil y encantador ahora resulta inexacto e impreciso. Después de un rato, ella parece cansada. “Buy?”, pregunta. “Yes…give me five, please”, le responde el turista. Salen tres yuanes cada uno, algo así como 20 centavos de dólar. Ella no entiende el idioma, tampoco las señas (los números que se ejecutan con los dedos en occidente son distintos en China, que tiene sus propios símbolos). La mujer, vestida con ropa deportiva, corta definitivamente el juego, se acerca a un bolso y toma tres volantes más. Se los ofrece al turista, que le pide uno más. Pero no se entienden. Rendido por las barreras idiomáticas, compra sólo cuatro, no más. La pareja se pone a jugar con uno de los volantes que compraron. Nunca llegan a cinco o seis pases consecutivos.

El grupo de turistas que frena a mirar se agranda. Pese a que está a unos 200 metros de una de las atracciones más importantes e impactantes de Beijing, nadie se apura en llegar. Hay un espectáculo, gratuito, libre y aleccionador de un pueblo que establece al cuidado físico como una propiedad. En los grupos de juegos, hay ancianos que corren y se estiran tanto que parecen a punto de romperse. Pero no les pasa nada. Ninguno de los que practica el deporte es gordo. Todos se muestran atléticos y habilidosos.

Por supuesto, ella es la que todavía más llama la atención. Da la sensación de que cuando salta permanece en el aire unos segundos. Flota. Parece sostenida por algún hilo invisible, como si fuera una marioneta. Luce como una verdadera ninja, incapaz de ser tocada, libre y desafiante. Como ella hay muchas más. Están en cada una de las plazas de Beijing, donde los ciudadanos chinos se olvidan de las ambigüedades de un país con brechas demasiado grandes. Simplemente se divierten.



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