Luck: la obra maestra que no fue

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La gatera se cierra y el ritmo de la respiración de los caballos se acelera. Impacientes, empiezan a moverse para un lado y otro. Chocan levemente contra las vallas. El valor de los jockeys se mide desde ese momento. Los más experimentados se mantienen inalterables. Los jóvenes miran para los costados y le piden tranquilidad a la yegua. De pronto, el pitido. Las puertas se abren. La arena empieza a volar por todos lados. La cámara enfoca el detalle. Los músculos de los caballos se estiran y parecen a punto de romperse. Gritos. Susurros. Miradas en la platea que esquivan la acción. Tomas aéreas. Primeros planos. Ruidos de fuertes patadas que golpean el piso para impulsarse con más fuerza y rapidez. Termina la carrera. Hay sólo un ganador. La emoción del espectador se mantiene porque la forma de llegar fue demasiado bien construida. No deben existir muchas otras cosas filmadas con el mismo nivel.

La secuencia pertenece a Luck, una extraordinaria serie de HBO que prácticamente no llegó a ver nadie. Pensada y escrita por David Milch, que ya había hecho Deadwood, y dirigida principalmente por Michael Mann, exquisito responsable de Fuego contra fuego, relata a la vida del turf desde sus diferentes protagonistas: dueños de los caballos, entrenadores, jockeys, representantes, veterinarios, cuidadores y apostadores. Cualquiera que haya ido alguna vez al hipódromo podría sentenciar que se trata de uno de los mundos más fascinantes. Pero la gran virtud de este guión es contar ese ambiente como una unidad a partir de una enorme cantidad de historias y personajes.

No fue una apuesta más de HBO. Esta serie se pensó para ocupar el lugar que dejaron productos como Six Feet Under o Los Soprano. Que fuera vista por millones de personas pero que tuviera una calidad superior al resto. No se escatimó ni en la inversión ni en las ideas. La ambición se extendió hasta el infinito. Se trató del primer y, por ahora, último papel de Dustin Hoffman en la televisión. No es el único nombre fuerte del elenco. También figuran Nick Nolte y Dennis Farina, entre otros. El guión juega con el mundo del turf y todo lo que genera alrededor: la adicción, la acumulación de poder, las jerarquías establecidas, la valoración de la experiencia.

El mundo no habla de Luck porque HBO decidió cancelarla después de transmitir los nueve capítulos de la primera temporada. Pese a que el final de esta parte, en la que no se resolvió casi nada, la vieron poco más de 300 mil personas (un número extremadamente bajo y prácticamente imposible de remontar) la empresa suspendió a la serie por la muerte de tres caballos durante la filmación. La presión de los grupos protectores de animales fue demasiado fuerte, según comunicaron. Muchos pusieron en duda la decisión y adjudicaron que la empresa usó como excusa esa situación para sacarse de encima un fracaso comercial. Pero, con el contexto de The Wire, un programa que tenía muy pocos espectadores pero fue bancada hasta el final para que años más tarde tuviera una consagración absoluta, resulta difícil pensar que la decisión pasó por una cuestión de audiencia.

Los caballos murieron por la obsesión de Michael Mann. Su pretensión de mostrar sólo lo perfecto puso en situaciones de riesgo a los animales, que no aguantaron el nivel de exigencia (se filtró que algunas de las carreras fueron filmadas en 50 oportunidades en un día). La afirmación no tiene una intención de repudio. Todo lo contrario: probablemente si existiera gente tan meticulosa y apasionada como él el mundo sería un poco mejor.

Pero la gran virtud de Luck, además de tener una belleza intrínseca en cada una de las imágenes, está en los personajes. La serie no cuenta una historia sino muchas. El espectador podrá sentirse más o menos identificado pero, al final, terminará atrapado por la lírica obsesión que mantiene unido a los protagonistas. Los caballos son como seres sagrados.

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Chester Bernstein (Dustin Hoffman, lúcido y sólido) sale de la cárcel luego de tres años. En la puerta de la prisión lo espera su histórico ladero, Gus (Dennis Farena). Chester, o Ace, se sube al auto y piensa cómo será su reinserción. Ya tiene todo planeado. No pretende saludar a algún familiar ni pasar algún tiempo de distracción. Sólo imagina cómo hará para recuperar el poder que tenía como empresario de casinos con relaciones cercanas a la mafia. Llegó a prisión por cuidar a sus socios y, principalmente, al negocio. Ahora quiero una retribución. Pero el problema es que sus antiguos “amigos” cambiaron la página y ya no lo necesitan en el juego. Su idea de agregarle un casino al hipódromo de Santa Bárbara (cualquier realidad con la ficción es pura casualidad) será el puntapié inicial para volver a lo grande. Su historia parece contada al estilo Hemingway. Es el relato del iceberg: sólo se cuenta lo que se ve, la superficie, y en los diálogos, los gestos y las reacciones se intuye qué puede haber abajo del mar, en el hielo. Ese misterio, esos datos que no se dan, generan una especie de expectativa y fascinación extraordinarias.

Alrededor de Ace giran varias otras historias interesantes. La más divertida es la de Marcus, Lonnie, Jerry y Renzo, cuatro viejos apostadores que se unen para llegar al sueño de comprar un caballo. Obsesionados por las carreras y pendientes de la plata que poseen como equipo, viven en habitaciones contiguas de un motel fácil de olvidar. Este relato toca un costado más que interesante sobre el turf como deporte: aunque los que tienen dinero son los que mandan, el conocimiento tiene mucho más valor que la billetera. El que sabe es el que tiene el poder. Jerry, uno de los cuatro buscadores del sueño, tiene un talento innato. Conoce, como si tuviera un disco rígido insertado en la cabeza, las posibilidades de cada uno de los caballos como nadie. Nació para eso y podría vivir de eso fácilmente si no usara las ganancias para jugar al póker. Algo parecido pasa con Walter Smith (Nick Nolte, la actuación que más brilla, sin dudas), criador, entrenador y propietario de una yegua con un potencial único. Él le habla y, tras recibir un suspiro o un golpe al piso, entiende el ánimo del caballo. Una mirada le alcanza para percibir su historia. Son como almas gemelas.

El relato es lento, el ritmo pausado y por momentos puede llegar a generarse la sensación de que no pasa nada. Pero hay que tener paciencia. Con sorpresa y maestría, el guión abre caminos y genera un interés genuino. La historia avanza con suspenso y emoción. Dan ganas de saber más. Esa sensación, al final, termina en impotencia porque Luck es un libro que cuenta con los primeros cinco o seis capítulos pero le arrancaron los otros diez. No hay ganadores ni perdedores. Hay demasiadas cosas por definir que quedan en el aire. El saldo es de bronca por la ausencia de resoluciones. Pero queda la certeza de que, pese a no tener un final, el camino es muy fácil de disfrutar. Sólo HBO podía levantar la cabeza y diferenciar que el mundo del hipódromo necesitaba un relato justo. Luck lo tiene todo, menos el cierre. La obra maestra que no fue merece salir del ostracismo, aunque parezca que a esta altura ya es demasiado tarde.



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  1. martinlotero1970@gmail.com

    Estas muy quemado!!! Como es eso de que los animales son sagrados por la belleza de la filmaciones pero por otro lado se mueren durante la filmacion! No puedo creer lo que estas diciendo! Estas defendiendo lo indefendible! Sos un caballo desbocado, colonizado y americanizado!!! Francamente lamentable!!! Deja de esconder la mierda de los norteamericanos debajo de la alfombra!!! Despertate flaco!!! Saludos!
    Enviado desde mi BlackBerry de Movistar (http://www.movistar.com.ar)

    • Lucas Bertellotti

      ¿Me habré expresado mal o lo habrás entendido de otra manera? Lo de “los caballos sagrados” refiere sólo a los personajes de la historia. Yo no defiendo ni justifico que hayan muerto caballos durante la filmación. Lo que me parece increíble es que a un tipo como Mann sólo le interese cómo quedan sus planos. Esa situación me parece fascinante de por sí, aunque no quiere decir que la apoye o que haría lo mismo. Saludos.

  2. martin lotero

    Los caballos murieron por la obsesión de Michael Mann. Su pretensión de mostrar sólo lo perfecto puso en situaciones de riesgo a los animales, que no aguantaron el nivel de exigencia (se filtró que algunas de las carreras fueron filmadas en 50 oportunidades en un día). La afirmación no tiene una intención de repudio. Todo lo contrario: probablemente si existiera gente tan meticulosa y apasionada como él el mundo sería un poco mejor. esto que es entonces?

    • Lucas Bertellotti

      Quizás está mal escrito. No repudio ni celebro la muerte de los caballos (a esta altura, con la serie cancelada y la protesta de las asociaciones de animales bien clara, no tiene sentido). De todas maneras, no deja de sorprenderme la locura de Mann.

  3. Bárbara Vitantonio

    Confieso que hace tiempo no me detengo en alguno de tus relatos! Me gusto este! Lindo leerte 😉 Trabaje durante poco tiempo en el turf pero llegue a conocer ese fascinante mundo que vos decís. Un deporte complejo por donde de lo mire con varias patas importantes.

    Espero que estés bien! Bar

    Enviado desde mi iPhone

    • Lucas Bertellotti

      Bar: Me alegra que te hayas tomado un tiempito para leer el blog, muchas gracias. Coincidimos en que el mundo del hipódromo tiene personajes, colores y situaciones completamente atractivos. Felicitaciones por el laburo que estás haciendo. ¡Un beso!


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