El hospital espera otro gol de Messi

20140625_130827

Messi encabeza la fila. Luce serio. No mira para atrás, tampoco arenga. Masca chicle. No parece nervioso. Espera, algo impaciente, para que le den la orden de ingresar al campo de juego. Juega con la cinta de capitán. Se la acomoda una vez más en el brazo izquierdo.

Buffering. Los equipos están a punto de salir a la cancha pero la imagen de la Televisión Pública se ve congelada. Una barra con cuatro pequeños guiones no termina de completarse nunca. El monitor de la guardia del hospital Italiano, que suele transmitir diferentes spots del lugar, en los que se muestra, por ejemplo, la importancia de lavarse las manos dentro del edificio, exhibe un streaming que no da ningún tipo de garantías.

El estadio Beira Rio luce repleto. El campo de juego se muestra ideal. Los tonos del pasto delimitan franjas horizontales perfectas. Las tribunas están cubiertas de banderas celestes y blancas. Cuando la cámara poncha a los argentinos que están en la cancha, se descontrolan. Se tiran unos arriba de otros, abren la boca, sacan la lengua, mueven los brazos, gritan. Como si quisieran ratificar que están ahí, donde está a punto de jugarse otro partido del Mundial.

En la sala de guardia, casi nadie se inquieta por la falla. Hay poca gente, sobran varios asientos y no se aprecia ningún caso de urgencia. Una pareja de jóvenes comenta que por primera vez van a ver un partido de la Selección en este Mundial. Él tiene puesto un suero en el brazo derecho. No parecen muy preocupados. Se ríen. En dos asientos frente al monitor, que cuelga arriba del pasillo de los boxes de guardia, se acomoda otra pareja. Todo indica que no perciben que la imagen es la misma hace varios minutos. Miran como si estuviera a punto de pasar algo importante. A la izquierda, una mujer levanta la antena de su celular. Pretende ver el partido pero, como el monitor, las barras no terminan de cargar nunca. Un administrativo del lugar, casi escondido sobre una oficina de unos tres metros por tres, advierte la situación. Mueve el mouse de su computadora y vuelve a refrescar la página de la Televisión Pública. “Ahora sí, ahora sí”, repite. En los pasillos, los médicos y enfermeros caminan para un lado y otro. Están apurados. Algunos cargan bolsas con gaseosas, papas fritas, palitos y otros snacks. Mantienen la mirada baja y disimulada.

Por la izquierda, Di María es imparable. El partido recién arranca pero, a diferencia del último con Irán, los espacios sobran. Nigeria se la juega mano a mano. Argentina aprovecha. El volante remata, el arquero alcanza a tapar y la pelota pega en el palo. El rebote cae al medio del área. Llega Messi. Zurdazo preciso, contundente. 1 a 0.

“¡Gol!”. El grito se escucha como un pitido agudo, casi como una respuesta a un dolor por un pinchazo. En el monitor, la pelota la tiene Romero. Más de dos minutos después, se ve el primer gol de Messi. El retraso entre la imagen de la TV y la señal por streaming es demasiado grande. “¡Messi! ¡El mejor del mundo! ¡El mejor del mundo! ¡Y decían que Nigeria era difícil! ¡Mirá! ¡Cuatro minutos y ya le ganamos! ¡Mirá qué difícil!”. Un joven de unos 30 años no puede contener la emoción. No grita, pero habla en voz alta y sin pausa. A su lado, sentado en uno de los asientos de la sala de espera de guardia, un hombre de unos 45 le dice: “Estamos como dos minutos atrasados con este televisor. Me había parecido haber escuchado gol”. Y le responde: “Este equipo no está atrasado. Tiene a Messi”. No se miran a la cara. Los ojos están arriba, en el monitor.

La Selección argentina es el boxeador guapo que no teme ir al golpe por golpe. Confía en su pegada tanto que prefiere mirar para otro lado a la hora de analizar los riesgos. Su potencia, su fuerza, su forma de pegar es lo más importante. El equipo de Sabella, entonces, recibe una buena mano. El gol de Nigeria es la síntesis perfecta de lo que genera daño en el cuerpo del boxeador que arriesga de más: impactos rápidos, sorpresivos y contundentes.

“¡Te lo dije! ¿Te lo dije o no te lo dije?”. Un enfermero ingresa a la sala de espera mientras conduce una silla de ruedas en la que está sentado un señor de unos 70 años. Lo deja de espaldas al televisor mientras mira la repetición del gol. Y repite: “Lo dije, lo sabía. Lo dije”. Luego, le pregunta al paciente si quiere que lo dé vuelta para ver el partido. “¿Ya empezó?”, pregunta. “Sí, va 1 a 1”, le responde. “A la pelota”, le tira. Y lo da vuelta. Se pone justo adelante de los asientos que están sobre la pared que enfrenta al televisor. Forma una doble fila. Una mujer que aparenta la misma edad y que está en silla de ruedas, le dice: “¿Usted no se marea con el fútbol, señor? Yo sí. Me mareo mucho. Ni lo miro. Sé que está ese Messi…pero bueno”. Y luego grita: “¡Enfermera! ¡El goteo, enfermera!”. También tiene inyectado un suero.

Messi acomoda con paciencia. Se preocupa en que el gajo donde está el pico de la pelota apunte hacia su lado. Mira al arquero. Elige el lugar donde va a patear. Proyecta el remate. El pie derecho lo acomoda bien pegado a la pelota. El izquierdo sólo la acaricia. La terminación del movimiento es hacia adelante. El cuerpo se inclina para abajo para que el disparo no se vaya arriba.

La sala de enfermeras está repleta. “¡Al fin le hacemos un gol a ese canguro!”, grita una. Todas ríen. Los pacientes escuchan los comentarios. “Uy, se lesionó el negrito lindo de Agüero…”, dice otra. Hay dos médicos jóvenes, de no más de 30 años, que no dejan de trabajar. Visitan a los pacientes, dejan indicaciones. Ignoran por completo el partido. Un hombre de unos 70 años merodea por los pasillos de la guardia. Camina lento, ayudado por un bastón. Mira a la cara a los médicos, enfermeras y administrativos del hospital que pasan a su lado. Pero nadie le presta atención. Entonces, entra a la sala donde unas cinco personas miran el partido. Tiene gesto serio:

-Disculpe, señorita, ¿en qué zona estamos?

-En la guardia, señor…

-Ah, muy bien. Yo quisiera saber dónde está mi mujer. Porque se la llevaron para hacerle unos estudios y no volvió. Necesito que alguien me diga si está bien o mal, si nos podemos ir a casa.

-Bueno, dígame el apellido de su mujer. ¿En qué horario ingresó?

-No sé, ya ni me acuerdo, pero al mediodía…

-Bien, su mujer no está acá, señor. La tiene que ir a ver al primer piso porque todavía le deben estar haciendo estudios.

-Bueno…el tema es que acá no hay médicos, están todos viendo el partido. La pelota es lo más importante…

El stream no volvió a cortarse. El hospital sólo espera otro gol de Messi.



There are no comments

Add yours