La máquina del miedo

2014-01-14 09.26.28

Camina con decisión. Mueve los brazos hacia adelante y atrás de manera exagerada, como si estuviera enojado. Apunta hacia el frente, la mirada no se desvía. Atraviesa el control y mantiene el paso. No mira a los policías que están a los costados que, salvo a los extranjeros, le piden documentos a todos los que cruzan por el lugar. Rompe la línea por sorpresa y velocidad. Uno de los agentes, vestido con pantalón largo, campera negra, botas hasta las rodillas y un gorro de lana, advierte la situación. Le grita con la supuesta intención de que detenga la marcha. Él no se frena. Entonces, lo sigue. Está a unos diez metros. Desde un poco más atrás camina otro compañero. El efectivo que llega primero lo toma del brazo con fuerza. Mientras lo sostiene, se pone cara a cara. Grita. El otro lo rodea. Camina alrededor con lentitud mientras lo mira desde arriba hacia abajo. El hombre ya no se resiste. Tiene unos 55 años. Está derrotado. Después de algunas palabras, saca el documento que lleva en el bolsillo trasero del pantalón. Los policías le dan una mirada rápida. Le devuelven la libreta y, antes de abrirle el paso, le dicen algunas cosas más. El tono de los comentarios ahora se escucha soberbio. El atrevido que parecía enfurecido hace unos minutos ahora luce resignado. Ya no mueve los brazos con exageración. Tiene la cabeza gacha. Arrastra los pies como si quisiera limpiar parte del piso. Camina como si no tuviera destino.

Es posible que la secuencia llame la atención de muchos, pero nadie la mira. Dura unos minutos. No hay gritos ni movimientos bruscos, pero se entiende: en la histórica plaza Tiananmen, en Beijing, un chino se rebela ante la policía. Es un hecho extraordinario al que todos los que están alrededor prefieren ignorar.

Un joven de unos 25 años mira el tablero electrónico de las partidas de los subtes de la estación Longyang, en Shanghai. Tiene auriculares puestos y lleva un bolso gris que no parece demasiado cargado. Está parado con las manos en los bolsillos mientras una multitud camina apurada adelante de él. Se le acerca un policía. Él se saca los auriculares. La cara se le transforma en un par de segundos. La palidez, símbolo de su serenidad, se reemplaza por un tono rojo, evidencia de los nervios. El efectivo señala el bolso. Él se agacha y se prepara para abrirlo. Muestra predisposición. Se mueve rápido. El agente, entonces, cancela la orden cuando la mano derecha del joven está en el cierre. Le hace algunas preguntas. Recibe respuestas instantáneas y sin titubeos. Anota todo en una libreta celeste mientras asiente con la cabeza. Y se va.

Beijing

La plaza Tiananmen está considerada como la más grande del mundo. Posiblemente también sea una de las más custodiadas. Es el símbolo político de China. Hace 25 años, la última gran revuelta del país, protagonizada por estudiantes, terminó en una masacre. Hasta hoy se desconoce la cifra de muertos. Pese a que a los chinos no les gusta hablar de política o historia con los extranjeros, muchos advierten sobre una situación que se percibe con facilidad: la plaza está repleta de policías de civil, atentos al mínimo detalle, dispuestos a apagar hasta la diminuta llama que puede producir un fósforo.

Pese a que tiene decenas de accesos, es imposible ingresar a Tinananmen sin antes atravesar un control policial. Justo en una de las esquinas, sobre la avenida Chang´an, que divide a la Ciudad Prohibida, histórica casa de los emperadores chinos, con la plaza, hay un fuerte operativo. Un cordón de policías impide el paso de la gente. Hay tres colas de unos 50 metros. Las tres líneas se mantienen prolijas y rectas con una persona atrás de la otra. Son las 9. Hace frío, no menos de 5 grados. No se ve el sol. Está escondido entre el smog que acecha a Beijing hace varios años. Cuatro efectivos cargan una especie de escáner, por donde pasan los documentos de las cientos de personas, la mayoría trabajadores que no pretenden más que continuar con su camino para comenzar el día laboral. Son como esa acumulación de masa que suelen producirse previo a un partido de fútbol o un recital. Pero, en este caso, el cordón no hace más que detener a gente que sólo pretende caminar por la calle. La multitud se acumula. La espera es de unos 25 minutos. Nadie se queja. Parecen acostumbrados.

En la estaciones de subte de Beijing y Shanghai, los bolsos y carteras deben pasar por un detector de metales. Los policías que controlan el lugar se reservan el derecho de cachear y hasta abrir alguno de los elementos que pueden llamarles la atención. Resignados, los chinos levantan las manos para ser registrados. Casi nunca cuestionan nada. La incomodidad y, por qué no, la falta de libertad, parecen haberse convertido hace mucho tiempo en rutinas que no se discuten. La máquina del miedo no se reserva ni cede. No quedan más opciones que callar. Y seguir.



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