Deadwood: HBO también sabe tirar los cuerpos a los cerdos

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“Pain or damage don’t end the world. Or despair or fucking beatings. The world ends when you’re dead. Until then, you got more punishment in store. Stand it like a man… and give some back”, Al Swearengen.

El barro nunca deja de ser barro. Los charcos no se secan. El piso es blando, jamás se endurece. Parece difícil caminar, sentir estabilidad. Las ruedas de los carros suelen dar más vueltas de lo normal para avanzar. Los caballos no pueden afirmarse. La sangre queda impregnada en los ásperos pisos de madera. Los zapatos desarrollan capas de tierra en las suelas, se hacen más grandes. Los vestidos largos de las prostitutas pierden el blanco en poco tiempo, pese a los intentos de mantener levantadas las partes bajas. 1870. En plena fiebre del oro, donde los borrachos sueñan con el milagro que nunca llega y los ricos se aseguran de dominar la escena, la suciedad es un invitado de honor. Y Deadwood es el pueblo más sucio.

A principios de los 2000, David Milch era el guionista que querían todos los canales de televisión. Alcohólico, drogadicto, imprevisible, inestable. Pero distinto. Había creado Policías de Nueva York y el medio estaba abierto a sus ideas. Él estaba convencido de lo que quería hacer: una trama compleja y densa sobre la Roma imperial. En HBO, la idea gustó. Pero pretendían cambiar el contexto. El tema “Roma” ya estaba ocupado para la serie que iba a venir en 2005. Entonces, Milch se animó con un western. Sólo de casualidad podía resurgir un género que estaba muerto hace mucho tiempo. Revivió, con la inesperada velocidad con la que desenfundan los grandes tiradores, lo mejor de Clint Eastwood, John Ford o Sam Peckinpah.

Deadwood es un pueblo de Dakota del Sur que no tiene ningún tipo de legislación. Los “Estados” todavía están lejos de ser “Unidos”. Por eso, en este lugar no hay reglas, gobernador ni sheriff. Lo único que tiene es una migración constante de busca sueños que pretenden empezar una vida nueva. Y prostitutas. Chicas que esperan en las tabernas para entregarse ante hombres que, tras largas jornadas de viajes, polvo y mugre, no pretenden más que sentir placer. Deadwood no tiene gobierno pero sí líderes. Hay un jefe al que pocos se animan a desafiar. No es del montón. Se trata de uno de los personajes más extraordinarios de la historia de las series: Al Swearengen, el dueño de “La Gema”, un sucio bar y prostíbulo que maneja con una perfecta mezcla de sabiduría y crueldad.

La suciedad en Deadwood, brillante serie de HBO de tres temporadas de doce capítulos cada una (2004-2006), no es un detalle menor. El barro, el polvo y la sangre son como manchas que los personajes no pueden borrar. En realidad, representan a los recuerdos, el pasado y los sueños. No hay integrantes de esta historia sin remordimientos ni penas. Todos arrastran un pasado de arrepentimiento y dolor. Tampoco existe la carencia de whisky. Una botella siempre al alcance para olvidar los tiempos malos. La historia es tan simple como las reglas de juego en el pueblo: un relato coral que retrata las formas de vida de una comunidad que recién se establece.

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Al Swearengen (Ian McShane, que el dios de las series lo tenga en la gloria) no pretende más que ganar plata. Usa el poder y la capacidad de liderazgo para generar ingresos. Estafa a ricos inocentes con minas de oro que no existen, manda a matar a algún canalla que pretende adelantarse a un negocio que ya tiene en cabeza. No tiene límites. Es crudo y bruto, pero también culto y pensante. Tiene la mezcla perfecta de virtudes y vicios: es apasionante amarlo y odiarlo a la vez. Está enamorado pero nunca lo va a decir. Se siente mal pero nunca lo va a decir. Tiene miedo pero nunca lo va a decir. Swearengen es de los guapos de verdad. Todos los que están atrás de él (el fiel y guerrero Dan o la agresiva y arisca Trixie, la prostituta más guarra y valiente del pueblo) reconocen que todos pueden tener momentos de debilidad. Menos él.

Las primeras dos temporadas, la historia no cuenta más que la vida del pueblo (en muchos casos, basado en situaciones reales y personajes que realmente existieron). La lucha entre los que se disputan el poder (Swearengen y Cy Tolliver, el otro dueño de un cabaret), el instinto de supervivencia en un ambiente hostil (Alma Garret, la heredera de una riqueza que defenderá como nadie, Jane, la sufrida pérdida de su ser más admirado, o Joanie Stubbs, en la carrera de abandonar fantasmas que la persiguen hace mucho tiempo), el surgimiento de nuevos líderes (el feroz sheriff que no quiere ser, Seth Bullock), el amor. Todo se cuenta desde una óptica atractiva pero cruda. Deadwood no le tiene miedo a nada: hay sexo, muertes, sangres, escenas violentas e insultos. Muchos insultos. Se anima hasta de borrar de un plumazo en los primeros capítulos a uno de los personajes más fuertes y atractivos.

En la tercera temporada llegará el punto alto (en algunos momentos de la segunda parte, la historia se vuelve monótona y algo densa). La llegada de un enemigo en común (John Hearst) genera un vínculo en los personajes que parecían imposibles de acercarse. La fórmula es perfecta. El punto ideal de suspenso, drama y entretenimiento (el capítulo 11 de la última temporada entrará en el top 10 de los mejores de la historia).

HBO sabe hacer las cosas bien. Para filmar Deadwood, recreó un pueblo de 1870 con precisión y calidad. Brilló en la escenografía, sacó diferencia en el maquillaje, el vestuario y las actuaciones. Es imposible desconfiar del armado. Cada caminata en el pueblo tiene vida propia, con decenas de personajes extra y el cuidado en cada uno de los detalles. Todo se filmó con maestría, como para lucir el sacrificio. La música al final de cada capítulo es una caricia al buen gusto. La crítica se rindió a los pies de esta producción, que ganó ocho Emmys y un Globo de Oro. El público, aunque nunca fue masivo, le reconoció el mérito. Pero la serie era demasiado costosa. Y tuvieron que abandonar el pueblo. Después de la tercera temporada, HBO le dio la posibilidad a Milch de cerrar la historia con sólo seis capítulos. Él no aceptó. Luego se acordó en la posibilidad de generar dos películas. Pero el proyecto se cayó. La historia, entonces, tiene un final injusto que no termina de cerrar del todo. Aunque no por eso hace que el camino deje de ser casi perfecto, sí es una pena no conocer resoluciones que merecían ser contadas (se supone que en la edición de DVD se cierran varias cuestiones).

Wu es otro de los personajes clave de Deadwood. Es un chino que pisa fuerte en la comunidad. Maneja a los extranjeros del pueblo y tiene una empatía inexplicable con Swearengen. En su casa tiene un repugnante espacio para cerdos. No los alimenta nunca. Los deja hambrientos, desesperados. Les otorga un espacio chico, a la vista de todos. Huelen mal. Los cerdos sólo se preocupan por el próximo bocado, que llega según las rachas. Cuando en el pueblo hay acción, saben que recibirán algún premio. Esperan un cuerpo cuando en Deadwood se escuchan gritos, disparos o el simple afilamiento de cuchillos. Y, cuando les llega el turno, no hacen más que devorar. No queda nada. Ni los huesos. Todos en el pueblo lo saben: deshacerse de un cuerpo es fácil gracias a los cerdos de Wu.

Como ocurrió con Carnivale o Luck, aunque por diferentes motivos, HBO no tuvo miedo de tirar a Deadwood a los cerdos cuando la historia todavía daba para más. Es el canal más prestigioso. Cambió las reglas de juego. Modificó el paradigma. Se hizo popular con el éxito de Los Soprano. Logró aprobación unánime con Six Feet Under. Enamoró al público de culto con The Wire, una serie con mucho menor rating que la de Milch. Pero, en 2006, no pudo bancar la cuestión económica. No hizo el esfuerzo por un producto imprescindible. Se equivocó, se apuró. Resignó su sello, el de priorizar la calidad sobre cualquier otra cosa.

Deadwood está en el panteón. Este año, cuando se cumplieron 10 años de su debut, certificó que envejeció como los buenos vinos. Se trata de una cosecha especial a la que le dieron la espalda. Los cerdos deberían atragantarse. Es imposible no hacerlo ante tanta calidad.

 



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