Hiroshima mon amour

hiroshima

A Shin Ichi le gusta dar vueltas hasta marearse. Tentado, se ríe con disimulo porque sabe que, en el fondo, hace algo que el cuerpo le recrimina. La cabeza le pide que baje la velocidad y deje de moverse en círculos. Pero él arriesga. En el prolijo y espacioso jardín de su casa, aumenta el ritmo de su triciclo. Y pedalea. Es un día soleado y caluroso. Juega mientras su mamá termina de ordenar la cocina después de comer el desayuno.

Suena lejos, a unas 15 o 20 cuadras. Tiene sólo tres años, pero entiende que pasa algo malo. Unos segundos después, llega el calor. Fue lo último que percibió. Murió por las quemaduras que generaron los rayos emitidos por la bomba lanzada desde el Enola Gay, el avión estadounidense que se abusó de las falencias defensivas de Hiroshima, una ciudad portuaria desprotegida que hasta ese momento nunca había sido atacada y que agrupaba, según se había analizado, las condiciones ideales para matar a la mayor cantidad de personas: reunía a mucha gente en poco espacio. El cuerpo se le pulverizó. Su triciclo también. Su papá, Nobuo, quiso enterrarlo en el patio de su casa, donde Shin Ichi amaba jugar. Odiaba la idea de que su hijo descansara en un cementerio distante y alejado. Hizo un pozo grande. Le puso un casco de metal para taparle la cabeza despedazada. Recién cuarenta años después, Nobuo permitió exhumar el cuerpo de Shin Ichi. Abandonó el patio. 69 años más tarde, el triciclo y el casco quedaron cubiertos de óxido y parecen a punto de desintegrase. Son el perfecto reflejo del paso del tiempo. 

La historia es sólo una de las cientos que se cuentan en el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima. A unos 300 metros de la Cúpula de Genbaku, la estructura del único edificio que permaneció en pie cerca del lugar donde explotó la primera bomba atómica, es un espacio para revisar la historia y entender la vida de otra manera. Dentro del museo, el silencio es profundo. Es una conducta que nace espontáneamente. No hay empleados de seguridad que prohíban los gritos ni carteles que adviertan sobre la conducta. Parece más bien una reacción natural. Cada visitante transita su propio combate contra la devastación. La gente camina con lentitud y se detiene en cada detalle. En la planta baja, hay maquetas que remarcan una bola roja sobre la ciudad. Parece otro sol. La bomba, Little Boy, explotó en el aire, a 600 metros del piso. Se estima que la temperatura se elevó a más de un millón de grados. Murieron aproximadamente unas 120 mil personas al instante. Otras miles perdieron la vida a causa de las quemaduras o futuras enfermedades que generaría la radiación.

Tomiko está desesperada. Su hija de 13 años, Miyoko, no volvió a casa después de la explosión. Corrió a la ciudad. Caminó por arriba de miles de cuerpos. Removió pedazos de edificios y casas. Preguntó a cualquiera que pasara por el lugar. Buscó por todos lados, como pudo. Pasaron las horas, después los días y los meses. El cuerpo de Miyoko no aparecía. Recién en octubre, bajo una botella fundida, descubrió una sandalia de madera que le llamaba la atención. La observó con cuidado. Todavía tenía la impresión de un pie pequeño. La dio vuelta y lo entendió. Era el calzado de su hija. La correa de la ojota, de color dorado y negro, era una parte de un antiguo kimono suyo. Con la tela algo gastada, Tomiko le diseñó a su hija la sandalia. La marca era inconfundible. La búsqueda había terminado.

hiroshima2

Hay todo tipo de textos, que son leídos por la gente con detenimiento, respeto y tristeza. Se exhibe la carta que Albert Einstein le mandó al por aquel entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, el 2 de agosto de 1939: “Algunos recientes trabajos de Enrico Fermi y L. Szilard…[] me llevan a esperar, que en el futuro inmediato, el elemento uranio puede ser convertido en una nueva e importante fuente de energía. Algunos aspectos de la situación que se ha producido parece requerir mucha atención, y si fuera necesario, inmediata acción de parte de la Administración…[] Este nuevo fenómeno podría ser llevado a la construcción de bombas, y es concebible -pienso que inevitable- que puedan ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas”.

El cuerpo estaba carbonizado, irreconocible. Pero Shigeko no tardó en notarlo. Era su hijo, Shígeru Orimen. Caminó por toda la ciudad. Desgastada por el cansancio y el desconsuelo, perdió la esperanza. Al amanecer del tercer día, le llamó la atención el cuerpo de un nene en posición fetal. No lo dudó. Era su hijo, que todavía apretaba junto al estómago una caja de almuerzo con su nombre tallado. Especial de soja y cebada con verduras fritas. El almuerzo de Shigeko había sido preparado con la primera cosecha que su hijo había conseguido en su propio jardín.   

El museo es autocrítico y respetuoso con la historia. En varios textos y videos, reconoce a Japón como un país imperialista, además de mencionar que muchas de las víctimas de Hiroshima fueron chinos y coreanos que trabajaban como conscriptos. La información se incorpora ante un brutal sentimiento de angustia. Los textos se mezclan con imágenes impiadosas: una ciudad devastada, un nene que llora, un hombre completamente quemado, edificios, casas y todo tipo de estructuras completamente destruidas. Hay un reloj de la época parado en las 8.15, momento en el que el tiempo se frenó. Están las cartas de repudio del intendente de la ciudad a líderes de otros países que realizan pruebas nucleares. La lista, que empieza en 1946, termina en octubre de 2013 y tiene como destinatario a Barack Obama. Entre las últimas advertencias, se distinguen los mensajes a China y Corea del Norte.

Hiroshima era una ciudad que no estaba preparada para recibir ningún tipo de ataque. Una de las pocas previsiones con las que contaba era la de haber generado diferentes “sendas de fuego” en caso de sufrir alguna ofensiva aérea convencional. El proyecto consistía en derribar algunos edificios de la ciudad con la intención de contener un posible bombardeo. Un grupo encargado de colaborar en la tarea era de estudiantes de entre 12 y 13 años. El trabajo comenzaba muy temprano, era sacrificado. De los 8.400 alumnos movilizados ese día, murieron unos 6.300. La mayoría se esfumó, desapareció en el momento. Muchos familiares tuvieron que conformarse con pedazos de uniformes que quedaron revueltos en la zona. 

Un joven japonés de unos 26 años se acerca en bicicleta a la Llama de la Paz, un monumento muy cercano al museo. Se baja y toma del canasto delantero un ramo de flores blancas. Las deja en el suelo y se arrodilla. Cierra los ojos. Junta las manos y agacha la cabeza. Después de unos minutos de silencio, se va. No parece más que una rutina. La secuencia se repite varias veces con otras personas. El pueblo de Hiroshima parece haber desarrollado la capacidad única de no olvidar el pasado, de aprender de la historia y de construir un futuro distinto a partir del terror, una sensación imposible de borrar. Se siente paz.

Corría y jugaba con algunos amigos. Se reía, disfrutaba, se agitaba. Pero tuvo que parar. Sintió un dolor en el pecho. Cayó al piso. Se preocupó. A Sadako Sasaki le diagnosticaron leucemia nueve años después del estallido de la bomba. “Enfermedad de la bomba A”, llamaron al caso, que se repitió en otras personas demasiadas veces. Ya estaba en el hospital, sin fuerzas, débil. Su mejor amiga, Chizuko, le habló sobre una vieja tradición japonesa: según la leyenda, el armado de mil grullas de origami permite pedir un deseo sobre la recuperación de una enfermedad o una vida larga. Sadako creyó que no sería justo pensar sólo en ella. Soñó con que su esfuerzo fuera recompensado a todos los enfermos. Se ilusionó con que hubiera paz. Llegó a hacer 644 grullas. Pero no aguantó más. Murió el 25 de octubre de 1955, a los doce años, después de estar catorce meses en el hospital. Sus compañeros del colegio decidieron no abandonarla. Entre todos, completaron las grullas y llegaron a mil. 

hiroshima3

En el Parque de la Paz hay una estatua de Sadako. Tiene los brazos levantados y las palmas que apuntan hacia el cielo, como si esperara por una respuesta. “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”, dice en la base. Cada 6 de agosto, cuando se cumple un nuevo aniversario de la bomba, miles de chicos de Japón viajan a Hiroshima a dejar sus mil grullas de origami. Hay alrededor de la estatua gigantes bloques de vidrio que funcionan como depósito de los trabajos del pueblo japonés en honor a Sadako. Su historia se convirtió en un gran símbolo de paz.

¿Es la actitud de paz de Hiroshima una forma de actuar que se extiende en todo Japón? ¿Por qué el primer ministro, Shinzo Abe, visitó en diciembre del 2013 un polémico templo en Tokio donde reposan varios criminales de guerra de la Segunda Guerra Mundial? ¿Por qué irritar a viejos enemigos y faltar el respeto de tantas víctimas? ¿Es probable que el orgullo nacionalista todavía sea más fuerte que el bienestar general, como cuando, en 1945 y con un país completamente vapuleado, el emperador Hirohito se negó a declarar la derrota cuando ya no había más que hacer? Revolotea la sensación de que el tiempo no ayudó. Afuera del museo, en lo que forma parte del Parque Memorial de la Paz, la llama se mantiene prendida en todo momento. Sólo se apagará cuando la amenaza de aniquilación nuclear desaparezca. Da la sensación de que nunca dejará de arder. El sentimiento de angustia vuelve a invadir porque, para muchos, las enseñanzas fueron incomprendidas. Las lecciones nunca se aprendieron. Hiroshima estará siempre ahí para no olvidar otro gran fracaso.



There are no comments

Add yours