El kiosquero que le ganó a Sofovich

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Gustavo le habla a Guido Kaczka pero no recibe respuesta. El conductor sostiene un micrófono con la mano derecha y lo mira fijo mientras mantiene la boca abierta, como si estuviera a punto de decir algo. Parece un truco para dejar que hable el invitado: “Te imaginaba más alto, perdón. Pero, bueno, estamos igual. Sí. No. Nada. Perdón, eh”. Traje marrón claro. Camisa blanca. Corbata azul. Se mueve para un lado y otro. Verborrágico. No deja de sonreír.

Le gusta fumar. Espera que no haya clientes, se levanta del asiento que está justo atrás del mostrador y camina hacia la puerta del kiosco. Apoya el hombro derecho sobre una de las paredes y ve pasar a la gente mientras inhala en silencio, pensativo. En Lima, casi en la esquina de la avenida San Juan, en Constitución, el flujo de personas que va y viene no afloja. En general, parece desinteresado del movimiento. No le presta atención a la basura que hay en la calle ni a los ruidos de los autos y colectivos que rebalsan una esquina con obras y refacciones constantes. Tiene la mirada perdida, ausente. Pero ese día no. Luce reluciente, distinto.

Primera pregunta. “¿Qué tipo de rayos se utilizan para tomar las radiografías?”. “Rayos X”, contesta Gustavo. Gerardo Sofovich responde lo mismo. Gustavo avanza un escalón antes de que el conductor anuncie si la respuesta es correcta. Kaczka lo mira como un profesor de secundario a un alumno que sabe que hizo algo mal. “¡Perdón! ¡El apuro! Perdón”, dice Gustavo. Nunca deja de reír.

Siempre tiene un libro apoyado en el mostrador. A veces atiende a los clientes sin abandonar la lectura. Levanta sólo unos segundos la mirada e indica el precio: “Bueno. Entonces tenemos 5+ 12+3.50= serían 20.50”. Recibe la plata con una sonrisa y entrega los productos con el mismo gesto para volver con rapidez a la lectura. Lee ediciones gastadas, viejas. Historia argentina del siglo XIX, principalmente. Segunda Guerra Mundial. También ficción. John Dos Passos. Juan Rulfo. Mario Vargas Llosa. Nunca tiene una novedad. Anagrama y Tusquets, dos de las editoriales más nuevas y a la vanguardia en literatura contemporánea, no existen en su panorama. Cada cuatro o cinco días se lo ve con un libro distinto.

“Vamos a jugar con Teté. Para inaugurarla. ¡Perdón! Es una manera de jugar con los dos”, dice Gustavo. Está parado pero parece en movimiento. Flexiona las rodillas. Sube y baja.

Gustavo cuenta su historia con pasión. Relata con detalles. Mete pausas. Incluye alguna mirada pícara. Impone los tonos. Sabe cómo hacer interesar a los que lo escuchan. Comenta que un productor del programa de Canal 13 Los 8 escalones que lo veía leer tanto lo había invitado unos meses atrás. Él no quiso participar. Había que mandar un video por Internet, además de completar varios datos. No le interesaba: “Me daba un poco de vergüenza no saber alguna cosa. Si me preguntaban sobre Pikachu, ¿qué hacía?”. El productor insistió. Un día, lo llamó: “Gustavo, te voy a hacer unas preguntas. Si te va bien, venís al programa sin tener que mandar el video”. Se equivocó en una: ¿quién de los personajes de Madagascar es Marty? “Uno tiende a pensar que es el león. Pero no, es la cebra”, comenta con un resquicio de bronca. No le gusta perder.

Tiene ganas de hablar. Le preguntan en qué equipo jugaba Maradona cuando salió campeón en México 86. Lo sabe: “El inolvidable Napoli. Creo que en el 85 gana el Scudetto. O en el 87, no me acuerdo”. Lo interrumpe Kaczka. “No conviene dar datos, no conviene dar datos”, dice. “Ah, perdón. Perdón”, responde. Pero, en realidad, no le importa. Está ahí para contestar bien, pero también para demostrar su conocimiento. No le interesa si les da una oportunidad de ganarle a Sofovich o Teté Coustarot. Es su momento de lucirse.

Acepta que sus clientes le remarquen las dos preguntas que contestó de manera incorrecta (¿Con qué nombre comercial es conocido el poliestireno expandido? y ¿qué región argentina atraviesa la Ruta azul?). Lo toma con alegría. Escucha. “Yo creía que el telgopor era un acrónimo. Tela, gomosa, porosa, algo así”, dice. Tiene 44 años y trabaja en un kiosco desde 1994 (antes de mudarse a Constitución en el 2004 estuvo en un local en Lomas de Zamora). No está casado ni tiene hijos (“Y bueno…son cosas de la vida”). Vive solo en la parte de atrás del negocio mientras se construye una casa en Banfield, donde duerme los fines de semana. Su gran acompañante es un gato gris con manchas negras que suele acostarse sobre el mostrador mientras recibe alguna que otra caricia. A veces deambula por el local. Esquiva clientes, los observa. Permanece en la puerta pero nunca sale.

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“Te peleaste algunas veces a las piñas”, tira Kaczka. “Algunas veces, sí. En el sentido de que a veces uno no tiene un buen día y a veces te encontrás con otro que no tiene un buen día. En el 2003, los cigarrillos valían baratos y la persona ésta me quiso comprar cigarrillos con 100 pesos. Me trata mal, lo pide de mala manera. Le pido cambio. Y como no estaba satisfecho con mi respuesta, se quedó parado adelante mío por diez minutos. Y, bueno, le dije una grosería y la persona ésta me escupió. Y, bueno, nos fuimos a las piñas. No sé si es algo muy alegre para contar. Pero bueno…”, dice. “Sos muy simpático, Gustavo”, lanza Teté después de felicitarlo porque habían pasado ocho años desde la última vez que se peleó con un cliente.

Es profesor de historia recibido. En el 2000, cuando terminó la carrera, tuvo que tomar una decisión fuerte. Sus padres, viejos y enfermos, le pedían que tomara definitivamente la posta del kiosco, donde ya trabajaba. Era una opción segura. La tranquilidad de un negocio propio, la estabilidad. Lo pensó mucho. Al final, decidió abandonar su sueño por algo más de comodidad. Fue profesor sólo durante un año. “Me llevaba muy bien con los chicos. Hasta me eligieron para que me fuera de viaje de egresados con ellos”, dice mientras esboza otra sonrisa. Parece su mecanismo de defensa para tapar la frustración.

-¿En qué mes del año se produjo el llamado “desembarco de Normandía”? Las opciones: abril, mayo, junio o julio.

-Es la opción C. El 6 de junio de 1944, si no me equivoco. Es muy famoso sobre todo por la película de Tom Hanks, que volvió a poner en boga todo esto.

No trabaja los fines de semana, tampoco los feriados. Abre no muy temprano, a las 9.30, y cierra a las 20. Nadie le mueve los horarios. Cada tanto escucha algún disco (Fito Páez, Charly García, Soda Stereo) mientras lee y fuma. El local es grande. Tiene cuatro heladeras con diferentes gaseosas, varios estantes en las paredes con galletitas y snacks y tres cabinas telefónicas que todavía funcionan como en las viejas épocas, cuando no existían los celulares ni Internet. Es quizás un reflejo de Constitución, uno de los barrios más pobres de la ciudad de Buenos Aires. Gente que no tiene teléfono de línea en sus casas ni plata para sumarle crédito a los móviles. Suelen hacer llamadas cortas, de no más de cinco o diez pesos. A veces hasta pagan con monedas.

Contestó más de 20 preguntas bien. Ya está en la final. Juega por 100 mil pesos. Compite mano a mano con Sofovich. Pregunta: ¿qué sitio arqueológico no pertenece a la civilización maya? Opciones: Tical, Palenque, Pisac, Copán. Elige la opción C. Sofovich, que se queja por “este tipo de preguntas que hace la producción”, la A. Y gana. Suena una música de triunfo que busca emocionar. Gustavo mira para todos lados. Asiente. Sonríe. Mira a Kaczka. Tiene las manos atrás de la espalda. “Guido, también ganó el concurso a mejor malambo. Porque malambeó desde que empezó hasta que terminó”, dice Coustarot. Vuelve a reír. Esta vez, mira hacia arriba y abre la boca, algo más relajado. Le da la mano al conductor. Después, lo palmea en el hombro izquierdo. Nunca deja de reír, aunque tiene la mirada algo desconcertada. Los ojos le rebotan hacia todos lados sin encontrar un punto fijo al que mirar. Relojea una cámara a la izquierda. Levanta la cabeza para escuchar unas palabras de Sofovich, que lo felicita con algo de frialdad. Observa a Kaczka como si quisiera que le dé una orden. No parece aguantar mantenerse en el lugar mientras la música de la victoria suena y las cámaras se acercan y alejan. Advierte a una secretaria rubia y reluciente con un vestido negro y corto que pretende acompañarlo a bajar los 8 escalones. Él pasa el brazo izquierdo por la espalda de ella. Después de unos segundos, lo saca. Al final, se relaja. Baja la escalera con tranquilidad. Corte.

Va a usar los 100 mil pesos para comprar algunos materiales para su casa en Banfield. “La plata sirve pero no es mucha. Ya llevo gastados como 800 mil pesos”, dice. Una mujer que ingresa con paso apurado y selecciona algunas barritas de cereales ahora mira a los productos sin ninguna pretensión de comprar nada. Luce interesada en escuchar el relato. Después que se va, ingresa un hombre vestido de traje que toma un alfajor y mira fijamente a Gustavo con la intención de pagar e irse. Pero él lo ignora. Habla con otro cliente. “La verdad que me hubiera gustado hablar con Sofovich y Teté después del programa, pero no los vi”, comenta. Recién cuando hace una breve pausa, levanta la cabeza sin ningún apuro. Y, ahora sí, atiende con respeto y vuelven a notarse sus ganas de mostrarse servicial.

El día de gloria todavía no terminó. Los 100 mil pesos, al final, quedaron en segundo plano. Gustavo lee, escucha música y mima a su gato. Cada tanto, está dispuesto a contar sobre el día que le ganó a Sofovich. Todo lo demás puede esperar.



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