Memorias de un ex jugador del ascenso (parte II)

lucasbn

Para leer la primera parte, click acá.

Habíamos perdido un partido clave en Rosario. La derrota derivó en la renuncia del técnico, muy querido y con peso en los hinchas. Al otro día, hubo una reunión entre los dirigentes, los jugadores y el nuevo cuerpo técnico, una dupla interina de las divisiones inferiores. Parte de la barra ya estaba en el club.

Entró al vestuario un hombre de unos 30 años. Eran las 8.30. Por su aspecto, parecía que no había dormido. Tenía los ojos prácticamente cerrados. El paso tambaleante. La voz quebrada. Llevaba puesta una camiseta nueva que habíamos estrenado hacía dos partidos, un jogging y unas zapatillas. Fue a buscar directamente a uno de mis compañeros. Era un volante zurdo con bastante experiencia pero no un referente del plantel. Tenía un enorme potencial que nunca terminaba de plasmar. Era tímido y nunca asumía roles de liderazgo. Se pusieron cara a cara. El jugador, sentado en una silla de plástico, lo miró con seriedad. Tenía los brazos cruzados. Movía los pies para un lado y otro. Parecía nervioso. “¡Lo que te gritemos, agachás la cabeza! ¿Está claro? ¿Quién sos vos para darte vuelta si te puteo? ¡Después no se quejen si caemos con los fierros, eh! ¡Hicieron que se fuera Nahuel! ¡Después no se quejen, eh!”, gritó el barra. Miramos la secuencia sin intervenir. Después nos enteramos mejor de la situación: tras perder, al zurdo lo insultaron y él reaccionó con una mirada a la popular, como si quisiera identificar quién había sido el autor de los gritos en su contra.

Sabíamos que el barra, bastante joven y desequilibrado, no estaba entre los líderes. Era como una especie de empleado del club. Solía regar la cancha, cortar el pasto y marcar las líneas. Hacía trabajos de albañilería y pintura. Como él había dos o tres más. No tenía ningún tipo de filtro. No le importaba nada. Era lo que lo hacía peligroso. Cuando ganábamos, algunos jugadores se animaban a hacerle alguna broma durante los entrenamientos de la semana. Le gritaban algo y después agachaban la cabeza mientras trotaban entre un grupo grande. O le daban un golpecito en la nuca y escondían la mano. Cuando perdíamos, todo cambiaba. No había sonrisas ni intercambios. Las miradas lo decían todo. Los jugadores quedábamos completamente desprotegidos. No había que esperar una posible llegada de la barra. La barra ya estaba en el club. Y no había ningún tipo de seguridad.

Tenía continuidad. Jugaba de titular o era el primer cambio. Mechaba partidos muy buenos, desequilibrante y desfachatado, con otros en los que no podía agarrar la pelota, ausente. Muy irregular. Con 18 años, era el pibe mimado de las inferiores y más querido por el DT que se acababa de ir. Estaba convencido que gozaba de algún tipo de protección con respecto a mis compañeros. Hasta que la charla de presentación de uno de los nuevos entrenadores me hizo dudar: “Muchachos, acá no se salva nadie. Si nos van a pegar, le van a dar a Bertellotti, Pérez o García. No importa si tienen diez o cien partidos, eh”. Entendía que la idea del discurso era generar un grupo más o menos unido que se moviera a partir de una motivación en común. Pero no sentía empatía con la intención de producir un ambiente casi de guerra. Yo no quería ganar o morir. Quería jugar.

La temporada terminó con una campaña mala pero, en el último partido, ganamos de local y cerramos el año con un festejo. Ese día, en el vestuario, le reclamamos a los dirigentes que, además del premio por la victoria (a veces, 100 pesos, pero también podían ser 50 o 20), nos dejaran llevar la camiseta y el pantalón. Accedieron. El primer día de la pretemporada, veinte días después, llegó el jefe de la barra a visitarnos. “Muchachos, tenemos la lista con los jugadores y las camisetas del último partido. Tienen una semana para devolverlas”, dijo. En el medio nos hizo saber que no teníamos derecho a nada después de la campaña que habíamos hecho. Era alto, flaco y usaba una camiseta del club con un pantalón negro corto y ojotas. Hablaba con tranquilidad, con las manos atrás, como si intentara no intimidar del todo. Le dije a mi entrenador (la dupla interina no estaba más) que ya no tenía la camiseta. Se la había regalado a mi viejo y él se la había llevado a la costa. Era mentira. La camiseta estaba en Capital, pero no tenía ninguna intención de devolverla.

Después de hacer algunos trabajos físicos en un parque cercano, volvimos al club. Me esperaba el barra. Iba con algunos compañeros hacia el vestuario y él me pidió que me acercara para hablar. Caminé con tranquilidad. “Mirá, la camiseta se la regalé a mi viejo. Yo soy un pibe del club. Jugué algunos partidos en Primera y le quise agradecer por los años en los que me acompañó”, le dije. Ya tenía el discurso preparado. Él fumaba un porro mientras le hablaba. Nunca me miró a la cara. Relojeaba los movimientos del resto de mis compañeros que se dirigían a las duchas. Estaba claro que no me conocía ni sabía de qué jugaba. Pero cedió. “La camiseta es tuya. No le digas a nadie”, me dijo. “Bueno, gracias”, le devolví.

Al principio, yo los saludaba con una leve sonrisa y la intención de caerles bien. Con el tiempo, evitaba cruzar la mirada y no se me ocurría contestar a un “hola”. Es probable que ni siquiera lo hayan notado. Pero era mi forma de defensa. Mi pequeña revolución.

Pasaron algunos meses. El equipo no levantaba. Ya no era más el preferido. El club había traído a cuatro jugadores de mi posición, enganche. Entrenaba con pocas ganas, cansado. En los partidos de local, iba a acompañar al plantel. Me presentaba en el vestuario para mostrar una especie de apoyo. La sensación es ambigua porque el jugador no convocado sabe que una victoria de su equipo lo alejará todavía más de tener una oportunidad. Pero era una forma más o menos liviana de mostrar compromiso.

Otra derrota. Decidí irme rápido de la cancha desde la platea, sin pasar por el vestuario. A la tarde me escribió un mensaje de texto un dirigente. El entrenamiento del día siguiente iba a ser bastante lejos del club, en unas canchas alquiladas de césped sintético. Después de perder, el mismo barra que amenazó al zurdo se cruzó con otro compañero que no se aguantó los insultos y se paró a pelear. Era un defensor morrudo, más bien bajo. Pero, en un par de segundos, descargó tres o cuatro golpes fuertes y casi no recibió. Fue a pocos metros del vestuario y ante la vista de todos: periodistas partidarios, hinchas y dirigentes. No pasó mucho tiempo para que otros barras intervinieran. Lo quisieron encerrar. Empezaron a volar patadas y piñas. Mi compañero tuvo que empezar a correr. Pudo escapar. Huyó hasta la esquina y se subió a su auto. En el medio, otro compañero volvió al club a buscarlo. Se cruzó con los barras, que querían venganza. Le dieron una piña en la cabeza. Cayó al piso. Perdía mucha sangre. Intervino un policía con mucho miedo encima y desgano. Pero, en realidad, su función estaba de más. No recibió más golpes. Se habían apiadado. El episodio prácticamente no tuvo repercusión en los medios. Sólo habían escrito algo dos o tres páginas del ascenso y Olé.

El jugador al que golpearon rescindió contrato con el club. Nunca más lo vimos. Entrenamos una semana en las canchas de césped sintético, lejos del estadio. Se suponía que todo tenía que hacerse en secreto. Estábamos resignados porque no había escapatoria. En algún momento había que volver a la cancha.

El equipo consiguió una racha positiva. Ganó varios partidos y escaló posiciones. Pero ya no había bromas ni cargadas. Las diferencias quedaron establecidas. La relación se quebró. Recién ahí lo terminaron de entender todos: entrenábamos todos los días con el enemigo al lado. Daba la sensación de que los jugadores no teníamos apoyo. Entendí que la barra era la fuerza de choque de los dirigentes. Era normal que después de alguna apretada el presidente avisara que todavía no estaba la plata para pagar los suelos. El ambiente, otra vez, era denso. El fútbol, salvo algunos ratos, no solía quedar en primer plano. El juego no era nunca lo más importante.



There are 4 comments

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  1. Agustin Sanchez Souto

    Cómo andás Lucas! Cuánta verdad en todo lo que describís… historia de todos los días en el ascenso argentino.. con mayor o menor grado de violencia. Pero siempre con clubes llenos de estos personajes.
    Abrazo grande. Que andes bien.

    • Lucas Bertellotti

      El querido Gucha, otro jugador del ascenso. Está claro que se trata de un fútbol mucho más desprotegido y peligroso. Todos los contactos con lo peor que tiene el deporte son más directos y frontales, sin filtro.
      Muchas gracias por el comentario, gran saludo.
      Lucas


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