El paso del tiempo en el cine del viejo Woody

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En Annie Hall no tenía vergüenza de filmar una secuencia en la cola de un cine. El lugar, multitudinario, era desprolijo pero también realista, vivo. Tampoco sentía pudor por mostrar Nueva York en todo su esplendor. No en los planos amplios e imponentes sino en los chicos y directos, cuando Annie y Alvie caminaban por las calles. En esas escenas (muchas de ellas preparadas y con extras) aparecía el carrito de los panchos, las mujeres que paseaban a los perros, las bocinas de los autos. Arriesgaba. En Manhattan soñaba con impartir en los diálogos algo de su filosofía existencialista, citaba a sus autores preferidos (Dostoievski, Nietzsche, Tolstoi), daba su lección de vida. No estaba orientado a lo popular. En Crímenes y pecados resaltaba a personajes deprimidos con enormes dilemas morales. Era profundo.

De 1966 a 2014, Woody fue director de 50 películas. Lo que hoy se aprecia en sus últimos films es muy diferente a lo que se percibía en otras épocas. Como todos, cambió en su forma de ver y mostrar las cosas. Quizás valga un repaso para entender un poco más sobre su última película, Magia a la luz de la luna.

Hay cuatro ciclos en la extraordinaria filmografía de Woody. El primero, el tono de la comedia, cuando en un principio no parecía ser más que un humorista que se animaba a extenderse de las historietas de los diarios al cine. Con el tiempo, está claro, demostró tener una mirada diferente, un foco original y una capacidad para hacer reír muy fuerte. Este ciclo -entrañable- va de Robó, huyó y lo pescaron (1969) a La última noche de Boris Grushenko (1975).

Una vez asentado y con recursos, llegó su etapa más brillante. Tenía un poco más de 30 años y atravesaba su momento de mayor lucidez cinematográfica e intelectual. Fue el período de liberación, cuando no hubo ningún tipo de cadenas en cuanto a las historias que contaba. Hasta en la estética hacía diferencia y marcaba un camino. Es imposible olvidar el look de Annie (Diane Keaton) con la camisa blanca, el chaleco negro, la corbata y el sombrero tipo bombín. Única. La etapa inicia con Annie Hall (1977) y concluye con Crímenes y pecados (1989). En el medio de esas dos grandes películas, que tienen por lo menos un lugar en el Top 5 de su filmografía, hubo de todo: dramas impiadosos y sinceros como Otra mujer (1988), comedias frescas e inteligentes como Días de radio (1987) y hasta una brillante manera de burlarse de los críticos que lo defenestraban, en Stardust Memories (1980).

Los siguientes años fueron de transición. En el tercer ciclo, que va de Alice (1990) a Match Point (2005), mantuvo la prolijidad y cerró buenas películas, pero nada inolvidable. Se repitió un poco (Maridos y mujeres, 1992), volvió a hacer reír (Deconstructing Harry, 1997) y concretó alguna película poderosa (Match Point). Fueron tiempos en los que la crítica no le perdonó nada y lo acusó de repetirse (hoy la tendencia con los “especialistas” parece ser distinta. Se tiende a elogiar las virtudes y esconder algunos vicios).

Como el cocinero que, en vez de inventar nuevas recetas, se dedica a mejorar y disfrutar de los platos que ya hizo, el escritor que después de haber hecho tan buenos libros recurre a la misma fórmula o el pintor que consiguió modificar parte del mundo del arte no cambia los colores con los que triunfó, Woody Allen se dedicó a ejercer su oficio como nunca antes. Su cuarta etapa empieza en Scoop (2006) y terminará con su última película.

Tiene 78 años. Está viejo, pese a que se mantiene brutalmente prolífico con la presentación de un film por año. Con Magia a la luz de la luna, su última película, ratifica una teoría de la vida. Los años generan un evidente desgaste. Le gusta tener todo controlado, ya no arriesga como en otras épocas. La decisión de haber dejado Nueva York como lugar de filmación parece el síntoma más grande de su cambio definitivo. En otra época, Diane Keaton y Woody Allen caminaban por una ciudad ardiente, pasional y en la que podía pasar cualquier cosa. En los últimos años, sus personajes deambulan por grandes paraísos. Todo luce perfecto. El pasto, la escenografía que los envuelve, la luz. Da la sensación de que nada puede salir mal.

En Magia a la luz de la luna hay mucho de lo que ya se vio en Vicky Cristina Barcelona (2008), Medianoche en París (2011) y a Roma con amor (2012). La sensación es que, con un guión más bien previsible y vago, nada de la historia puede sorprender demasiado. Entonces, hay que conformarse con el resto -o no-. Woody no perdió la magia en la dirección. Por eso Emma Stone enamora como nunca más lo hará en otra película. Es la razón por la que los créditos iniciales (siempre por orden de aparición en la película) se sienten como una caricia reconfortante. La campiña francesa no se verá tan bella e imponente en otra ocasión. Y muy pocas veces la música tendrá un sentido tan importante y hermoso (con Stravinsky, Ravel y Beethoven con Cole Porter y Rodgers & Hart).

Woody Allen es como Wei Ling Soo, el personaje que interpreta Colin Firth. Se trata de un misántropo británico que se viste de chino para sus funciones de magia, de las más populares y prestigiosas del mundo. Los dos lo saben todo. Ya nadie puede enseñarles nada. Así explicó Woody su rechazo a ser catalogado como ‘artista’: “Me gusta volver a casa a las cinco o seis de la tarde, cenar, ir a la cama y mirar los partidos de béisbol. Las películas no son todo lo que hay en la vida. Trabajo en una película para tener el dinero para poder comprarme la entrada para ver un partido de básquet. ¡Algo está mal aquí! Esto no es el fin, esto es un medio para lograr un fin”.

Wei Ling Soo y Woody tienen la carrera hecha. No les queda nada más que el talento y las ganas de seguir (más allá de la extraordinaria declaración, está claro que Allen ama el cine y filmar como pocos). Con el oficio les alcanza. Con poco y mucho a la vez, hacen que todo luzca -por lo menos- ligeramente encantador.



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