Trilogía de los colores: almas vacías

blue-cube

Un pedazo de un terrón de azúcar que se sumerge en el café y tarda cinco segundos en volverse marrón. Igualdad. Música que suena de fondo y se convierte de manera sutil en un personaje de la historia. Libertad. Una anciana que camina con lentitud y pretende tirar en un tacho de basura una botella de vidrio. Rojo. Sexo infiel, desapasionado y egoísta. Fraternidad. Personajes solitarios que parecen vivir en mundos paralelos y silenciosos. Azul.

No es fácil de mirar la Trilogía de los colores, del polaco Krzysztof Kieslowski. Hay detrás de cada una de las películas un tono de densidad complicado de tolerar. Se produce una sensación de hastío. Resulta sencillo percibir una mirada pesimista de la forma en la que los individuos tienen que vivir en este mundo.

Tres valores, tres colores, tres ciudades. París, donde se rompieron los paradigmas del mundo antiguo y se dio la bienvenida a casi todos los valores que hoy se consideran modernos.  En 1789, impuso los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. Varsovia, la ciudad de Kieslowski, ese lugar que parece acomodarse de a poco mientras deja de lado el comunismo. Ginebra. Donde nació Rousseau, el papá de la Revolución Francesa.

Debe haber pocas creaciones con un desarrollo de pensamiento tan grande. Con una dedicación abrumadora. Cada plano de la trilogía tiene una explicación larga y precisa (acá, una entrevista en la que el director describe parte del proceso de filmación de las películas). Lo mismo ocurre con los diálogos, profundos y lentos.

Kieslowski lucha contra las construcciones sociales. Presenta una especie de estudio psicológico con un personaje que se repite en las tres películas de la trilogía: una vieja que camina con mucha dificultad hacia un tacho de basura en el que pretende tirar una botella de vidrio en un agujero que está demasiado alto para ella. En Azul, Julie no la nota (mostrada con maestría por un narrador que lo ve todo). En Blanco, Karol sí la observa pero no se decide y prefiere no interceder. En Rojo, Valentine acude en su ayuda. Justo ella, la hermosa e inalcanzable modelo, rompe con el paradigma.

Azul (1993). Julie Vignon quiere olvidar, desaparecer. El color azul deambula por todos lados. En las luces del departamento de la protagonista o en la pileta a la que recurre para abstraerse del mundo. La muerte en un accidente de auto de su marido, un famoso compositor de música, y su hijo la obligaron a plantearse si valía la pena vivir. Su forma de luchar con la tragedia es una extraña manera de sentir la libertad. La protagonista busca romper cualquier tipo de vínculo con el pasado. Percibe que todo lo que le ofrece la sociedad no hace más que dañarla. Entonces, se va de su casa, pierde el contacto con sus amigos y familiares. Empieza de nuevo. Representa a la idea de libertad como la ausencia de ataduras. Pero, de a poco, Julie entenderá que es imposible vivir de esa manera. Y vuelve a conectarse. La música de Van Der Budenmayer se impone de manera brusca, como si fuera la única heramienta efectiva para presentar los diferentes momentos por los que atraviesa el personaje. La actuación de Juliette Binoche es magistral. La película se toma tiempo para todo pero no resulta para nada aburrida aunque sí perturbadora.

azul2

Blanco (1994). Karol y Dominique están casados. Él, polaco, representa al este. Ella, parisina, al oeste. La historia comienza con algunas secuencias crueles. Dominique (gran papel de Julie Delpy) quiere separarse principalmente por la impotencia sexual de su marido. La intención-despiadada- no implica sólo distanciarse sino arruinarle la vida. Karol, un pobre inmigrante que no habla en francés, se queda sin recursos ni oportunidades ante una sociedad cruel que le da la espalda. En el subte parisino y a la espera de morir de frío o ser arrestado por la policía, un compatriota le da una posibilidad. Vuelve a su país y se convierte en un empresario poderoso gracias al corrupto sistema capitalista que funciona hace demasiado poco en Polonia, según la mirada de Kieslowski. Habrá un plan de venganza y una idea de reconstrucción personal. El sentido de igualdad, en este caso, no es más que un concepto trunco y acabado. En el final, un giro demasiado brusco y no del todo claro. Un film algo inestable que no termina de asentarse.

blanc

Rojo (1995). Un juez retirado (Jean-Louis Trintignant, gigante) y demasiado golpeado por experiencias frustrantes del pasado, vive aislado y no hace más que espiar a sus vecinos. Una joven modelo (Irène Jacob, hermosa), sensible y solidaria, ve en peligro la relación con su novio. Entre ellos se establecerá una relación imprevista a partir, quizás, de lo que representan como polos antagónicos. Su unión será una manera de revitalizar su existencia. La relación que tienen está sumida en clave de fraternidad, con referencias continuas a la dificultad que existe para comunicarse y entenderse. Los dos perdieron (o pierden) algo y quieren unirse para salir adelante. A la vez, la película muestra la historia de otro juez y su novia, que trabaja en una especie de servicio meteorológico personalizado. Los personajes se cruzarán en diferentes ámbitos, aunque no tendrán relación entre sí. El final será algo abrupto y unirá al resto de los personajes de las otras dos películas. El mensaje es esperanzador: todavía hay tiempo para revertir la historia.
red


There are no comments

Add yours