El nene y el mar

playa

Parece distraído. Camina pausado mientras toma de la mano a su papá. No le llega ni a las rodillas. Mira hacia abajo: juega con la arena. Se mueve como si no le interesara avanzar. Entierra el pie izquierdo y patea con la derecha, como si los finos granos de arena fueran pelotitas. Hace ruidos: “¡Pam! ¡Pim! ¡Pam! ¡Pim!”. Se acerca a la orilla y, por primera vez, levanta la cabeza. Aprecia el mar, que luce calmado y sin grandes olas. Entonces, se suelta de su papá y corre desesperado hacia el agua, como si a la distancia hubiera visto a alguien al que quiere mucho y no ve hace demasiado tiempo. Lleva una malla tipo short de color marrón claro. Su cuerpo luce algo desequilibrado: brazos y piernas muy flacas pero una pancita evidente. Trigueño, tiene el pelo castaño repleto de rulos.

Su papá, que en el brazo derecho carga una pequeña tabla de surf, no le dice nada, sólo mira y continúa su recorrido hacia el agua, como si la secuencia le resultara natural. Las olas de la orilla, donde las señoras grandes se vuelcan a descansar y los nenes juntan agua para sus baldes, lucen enormes al lado de él. Pero no le importa. Lucha como si quisiera ganarle a la corriente. Con el mar en la cintura, corre. Cuando las olas parecen a punto de aplastarlo, se sumerge. Se tira con los brazos hacia adelante contra las olas. Espera uno o dos segundos a que la fuerza del agua se apague y vuelve a salir. Avanza tanto que, después de recorrer algunos metros, sólo le queda nadar. No hace más pie. Flota con movimientos rápidos, desprolijos y levemente desesperados. Mueve los brazos y las piernas hacia todas las direcciones. Cualquiera que lo viera de lejos diría que está en problemas. Pero, en realidad, no se muestra nada preocupado. Mientras salpica para todos lados con su técnica torpe, no para de reírse. No es una leve sonrisa, son carcajadas. Por reírse tanto con la boca abierta, traga agua. Da gritos de felicidad, como si pretendiera que toda la playa lo escuchara: “¡Ehhhhhh! ¡Ahhhhh!”. Recién después, cuando ya parece algo cansado, se da vuelta y mira hacia la orilla. Su papá entra al agua.

La arena, blanca y fina, ya no quema. La sombra empieza a ocupar algunos sectores de la playa y la marea está baja. La orilla, amplia, funciona ahora como cancha de fútbol, tenis y pista de atletismo. Algunos turistas que ocupan la primera línea de reposeras y hace un rato terminaron sus camarones y ya están por pedir alguna caipirinha o un asaí helado lo miran con disimulo. Llama la atención, intriga. Muchos nenes de su edad, de no más de seis o siete años, ni siquiera se animarían a hacer castillos de arena cerca del mar por miedo a que las olas aplasten su trabajo. A sus costados, chicos de diez o doce años combaten las olas con algún profesor de surf. Caen aplastados por la fuerza de la corriente, no pueden recuperar la línea de la primera rompiente, se desaniman, abandonan con la excusa de que tienen algún dolor. Pero él se tira en el océano como si fuera su propia cama. Abraza al mar como si en los brazos tuviera a su peluche más querido.

El papá, de unos 40 años, le acerca la diminuta tabla de surf. Tiene el fondo blanco y el diseño de Spiderman en el frente. Él se zambulle sin demasiado esfuerzo. Relajado, apoya la panza y bracea en dirección contraria a la orilla. Mueve los brazos con una coordinación perfecta. La derecha se mete bien profundo mientras la izquierda descansa y se prepara para penetrar en el agua. Cada vez está más hondo. Parece querer alejarse de la corriente para descansar un poco. El papá le controla todos los movimientos. Él no para de cantar. “¡Ehhhh! ¡Ohhhhh! ¡Ohhhhh!”.

Al fin, se pone serio. Está acostado boca abajo. Todavía bracea, aunque no parece notar que el principal impulso no lo genera él. El papá toma a la tabla desde atrás y la conduce hacia la zona donde se forman las olas. Están listos para la primera. Paciente, el papá espera el momento perfecto y, cuando percibe que una ola no demasiado grande se forma, lanza la tabla hacia adelante para darle impulso. Lo empuja con demasiada fuerza, da señales de que pretende derribar a su hijo. Pero él no se cae. Toma la ola. Se para rápido y separa las piernas. Saca la lengua y la acomoda justo abajo de la nariz mientras el agua y la tabla lo hacen flotar. Luce concentrado. Se mantiene erguido y extiende los brazos para no perder el equilibrio. La ola explota y él cae al agua, despatarrado. La tabla se arrastra unos metros pero no se escapa, está atada al pie de él. Los turistas ya no disimulan. Sorprendidos y felices, algunos se animan a sacar las cámaras y le toman unas fotos.

Sin apurarse, el papá se acerca a buscarlo. Lo hace parar sobre la tabla, en sentido opuesto a una ola que se empieza a formar. Cuando está en el pico más alto, empuja a la tabla contra la ola. Otra vez deja la misma sensación: es como si tuviera la intención de que su hijo se lastimara. O, quizás, su pretensión es que pierda cualquier tipo de miedo al mar, exponerlo a situaciones complicadas que terminan sin riesgo. El nene surfea por un momento la ola pero luego la tabla queda en el aire y él cae de espaldas. Tarda un suspiro en salir a respirar. Ríe más fuerte que nunca, feliz de reventarse contra el mar.

Un hombre de una edad parecida al papá se dirige desde una parte mucho más honda del océano a la zona en la que está el chico. Se traslada con una tabla de surf enorme y un remo. Se conocen. El nene le empieza a gritar desde lejos. Mientras se acerca, se saca la tobillera de su tabla. Sin preguntarle a su papá, se lanza sobre la otra tabla y deja la suya flotando. Se para sobre la tabla enorme y hace equilibrio. Baila. Levanta las manos y mueve las palmas hacia adelante y atrás. Se deja caer. Tarda en volver a la superficie. Vuelve a subir. Se acomoda en la punta de la tabla enorme con la cola apoyada y los pies cruzados. Mira al horizonte, cada tanto deja caer la mano derecha y roza el agua. Se dirigen a lo profundo. No demasiado lejos, algunos delfines persiguen peces y se dejan ver entre botes y tablas. Él los observa a la distancia, pero no les presta demasiado intención, indiferente como el que vio una película demasiadas veces o se conoce de memoria las páginas de un libro.

La sombra cae sobre la playa definitivamente, el sol ya no pega. Los vendedores ambulantes comienzan a subir la mercancía por las interminables escaleras que recorren el acantilado. Los mozos de las reposeras se sacan las remeras y, en cuero, como si así estuvieran más cerca de la felicidad, limpian las últimas mesas. Ya queda poca gente en el agua. Después de pasear por las profundidades, el nene vuelve con su tabla de Spiderman. Como si el tiempo no hubiera pasado, su energía parece igual que cuando se desesperó por entrar, hace ya un par de horas. Todavía se ríe mientras su papá lo sacude contra las olas. Es como si el mar y él fueran lo mismo. Imposible de separarse, imposible de romperse.



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