Sueño de invierno: el cine en el que pasa todo y nada

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¿Y qué importa si no pasa nada? ¿Y qué trascendente es que el espectador pueda contar de qué se trata la película? ¿Y qué tan fundamental es que exista un principio, un nudo y un final? Al cine no hay que encadenarlo. Es necesario que sea un arte suelto, capaz de explorar, escaparse y desconcertar. Sueño de invierno, del director turco Nuri Ceylan, es una película libre.

No hay que rendirse a los pies de la Palma de Oro en Cannes. La mayoría de los críticos se arrodillarán ante cualquier obra que sea elegida como ganadora. Pero la historia, el prestigio del premio, tienen que quedar afuera para valorar a una película. Lo que dice el establishment también. El ejemplo más cercano es el de El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (2010), del director tailandés Apichatpong Weerasethakul. No hay película en esta película. No es una cuestión de “soltarse y quitarse los prejuicios de la narrativa”, como reclamaron algunos. Un film que entrega secuencias sueltas, sin sentido y alejadas de cualquier tipo de clima carecen de valor.

El secreto está en saber llegar. Generar sensaciones, hacer sentir. Sueño de invierno es una película que se aleja de los parámetros normales. Su característica más extraordinaria es que dura 3 horas y 20 minutos. ¿Cómo sostener un film tan largo? Sin ataduras, como lo hace Ceylan. El relato tiene secuencias que producen una huella imborrable en la cabeza del espectador. Residen en algún lugar, en el fondo de los sentidos, y reaparecerán en cualquier momento.

Aydin es un hombre viejo, rico y culto. Tiene un pequeño hotel en algún exótico pueblo de Turquía, entre piedras que parecen montañas, nieve y frío. La historia lo sigue a él y a su entorno: una mujer mucho más joven y linda que lo ignora. Una hermana que no hace más que ojear alguna que otra revista mientras corre algunos secretos, rumores y malas opiniones. Algunos servidores de Aydin. Huéspedes del hotel.

La película no es una obra maestra como lo fue, por ejemplo, La vida de Adele, ganadora de la Palma de Oro el año pasado. Pero tiene algunas secuencias inolvidables: una, cuando Aydin recibe un piedrazo a su 4×4 mientras viajaba en el asiento del copiloto. El momento en el que junto a uno de sus empleados llevan al chico que tiró la piedra a su casa, que resulta que es de él mismo y es alquilada por una familia que hace tiempo no paga la renta. La tensión social.

Otra, el extenso y teatral diálogo con su hermana, cuando se desgarran con las espinas que les quedaron de la vida. Él, sentado frente a una computadora mientras intenta escribir una de sus columnas semanales para un diario ignoto. Ella, acostada en un sillón, aburrida de tanto ocio. En un pequeño cuarto sacan a relucir sus grandes frustraciones y miserias. Otra, cuando la mujer de Aydin pretende llevarle dinero a los inquilinos de su marido, a quienes busca ayudar. La última, la del caballo atado por sogas, a punto de ahogarse en un arroyo cuyo nivel del agua no lo supera en altura. La angustia de la falta de libertad en la lucha de un animal enorme y frágil. Impactante.

KEY winter-sleep-086454 © nuri bilge ceylan-0-2000-0-1125-crop

Una película que genera tanto es una película libre. Está claro que el director no esquiva algunos vicios. Al film le falta un toque más fino de edición para que esos momentos brillantes sean aún más efectivos y no se pierdan en la longitud de la historia. Pero lo importante, lo que queda claro, es que se trata de un relato que destila una idea tras otra. Habla de la lucha de clases (en la extraordinaria y asfixiante relación entre Aydin y sus inquilinos), toca el tema de la religión -especialmente del islamismo, en los soliloquios del protagonista-, del rol de la mujer en diferentes contextos, del paso del tiempo y lo que conlleva no cerrar algunos caminos, dejar abiertas algunas heridas (“La verdad que en nuestra familia pensamos que ibas a llegar a mucho más. Fue nuestro error”, le plantea Necla a su hermano) y del aburrimiento. ¡Y qué bien que está retratado al invierno! El frío que llega a los huesos y satura, el que no deja respirar e impide una vida normal.

El film está sostenido por una actuación suprema (lo de Haluk Bilginer, en el papel del protagonista, es excelente) y una dirección sensible. Es de esas películas que, de alguna u otra manera, vuelven. Como el año pasado con La vida de Adele (una película de una clase superior, inclusive) y a diferencia de otras ediciones (El hombre que recordaba sus vidas pasadas, claro, pero también El piano o Bailar entre la oscuridad), Cannes acertó y dio a conocer una apreciable joya. Es el cine en el que parece que no pasa nada. En realidad, pasa todo.



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