Una vez en la vida

wynton

Hay que cerrar los ojos y recostarse unos minutos en el asiento. Dejar de inclinar el cuerpo hacia adelante y dejar de ver el escenario completo, relajarse. Entonces, los sonidos invaden al cuerpo. Todo se empieza a percibir con mayor claridad. La sensibilidad de Ali Jackson para abrazar todos los recursos que puede tener una batería. La clase de Carlos Henríquez para regalar una muestra de claridad, velocidad y potencia para el contrabajo. El entendimiento de la música de doce vientos empecinados por llevarse puestos al teatro Colón. Y, por último, la maestría de Wynston Marsalis con la trompeta. Desafía al mundo cada vez que toca. Alarga, extiende, mueve el instrumento hacia todos los rincones, como si quisiera que nadie se quedara con las ganas de escuchar más. Desafina con intención para volver a una nota que parecía perdida. El sonido llega demasiado limpio, sin ningún tipo de amplificador. La música se siente pura. Es un momento único.

El teatro Colón rebalsa. Hay público de toda clase, pero especialmente jóvenes y músicos que llegan de algún ensayo con sus instrumentos encima. Parados desde los sectores más altos -y baratos- imitan en el aire los movimientos de los que admiran, hombres que hicieron historia por el jazz y se preocupan por dejar un legado. La gente se mantiene en profundo silencio, la música agradece. Salvo algún momento en el que el piano parece perderse entre la potencia de las trompetas, los saxos y los trombones, el sonido es claro. La fama por la acústica del teatro no es un cuento.

Marsalis da una pequeña clase de historia de la música entre tema y tema. No se olvida de Thelonious Monk ni Duke Ellington, tampoco de su hermano Branford. Habla sobre las leyendas del jazz con cariño y respeto. Le da lugar a sus compañeros. Se produce una especie de competencia por quién recibe más aplausos. Pero es una lucha que se disfruta. Porque, mientras toca otro, los que permanecen sentados y sin acción ríen, chasquean, chocan las palmas de las manos. Quizás no sea una casualidad que Marsalis, el hombre -el nombre- que hizo vender todas las localidades, se siente en el fondo de los músicos, desde donde puede ver a todos. Tampoco parece al azar que se pare y tenga el mismo tiempo de lucimiento que sus compañeros.

La ovación es grande y respetuosa. Obliga a los músicos a regalar algunos minutos más.

Marsalis, inspirado, constata su estatura de leyenda. No sobra la noche, impone condiciones y demuestra estar entre los grandes. Todos de pie. Sin su instrumento encima, Marsalis apoya la mano derecha sobre su corazón. Los aplausos no terminan.

La ciudad de Buenos Aires luce más linda que nunca. El pasto de la plaza frente al teatro parece recién cortado y brilla. No hay basura en las calles ni se escuchan bocinas. La alegría invade de una forma poco habitual. Es la sensación de haber vivido un evento único e irrepetible. Estar en un lugar y en un momento precisos en los que se produce verdadera magia, en un contexto preciso y exacto. Quizás por eso sea tan fácil reconocerlos.

Una vez en la vida.

Nunca antes, nunca después.

(*) Foto @arnaldocolom



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