Mar: la virtud de la sencillez

MAR-Sotomayor

Tirado en el pasto y con la cara tapada por una remera, toca algunos acordes con la guitarra. Se sumerge en la pileta bien al fondo, donde los ruidos desaparecen, las voces no se escuchan. Lucha contra las olas del mar, que lo aplastan, lo reconfortan. Quiere escapar. Mientras su novia le habla de tener hijos o casarse, quiere escapar. En el momento en el que ella baila con demasiado fervor con otro hombre justo frente a él, quiere escapar. Cuando su mamá se emborracha con furia adelante de sus amigos, quiere escapar. Pero escapar del todo no parece estar dentro de las opciones de Martín, un hombre de unos 32 años que parece condenado a la indiferencia.

Mar, película de la chilena Dominga Sotomayor que se presentó en el Bafici 2015, muestra unas vacaciones en Villa Gesell de una pareja que hace tiempo perdió el fuego. Y, aunque el argumento parece escaparse por el lado de la relación rota de estos treintañeros frustrados, todo está puesto desde el punto de vista de Martín. Un barbudo insulso que se tira al mar con demasiada poca gracia. Un hombre perdido.

El film, explicó la directora después de la proyección, tiene todo de espontaneidad y nada de preparación. Mucho de inspiración, poco de análisis. Bastante improvisación, inexistente trazado. Filmó la película en sólo ocho días en Villa Gesell con un grupo demasiado reducido de actores, productores y colaboradores. Ni siquiera pudo responder a la típica pregunta del público en este tipo de festivales: “¿Cómo fue el armado del guión?”. Sincera, dejó en claro que nunca hubo un libro. Fue todo instinto.

Sobran momentos espontáneos, tiernos y profundos, especialmente cuando se suma a la historia la mamá de Martín, una mujer llena de bronca, divertida y exagerada, repleta de heridas. Ella funciona como un contrapunto: él parece sentirse aún más lejos de su novia cuando su mamá está cerca, percibe que los lazos que tiene con su vieja son mucho más profundos y sinceros que los que tendrá con cualquier otra mujer.

Salvo en algunos momentos confusos -especialmente con el intento de robo al auto en la hostería en la que se alojan- la historia fluye con pinceladas convincentes de espontaneidad (la mejor secuencia de la película: “Estoy triste porque mi novia me dejó”, le dice Martín en la playa a un nene de no más de seis años).

El film funciona porque está atado a la sencillez. Desde las ideas que transmite la película (la falta de pasión, el desenamoramiento, las frustraciones, la relación madre-hijo), hasta la forma en la que está dirigida (de hecho, los peores momentos son cuando Sotomayor mueve la cámara y ensucia la imagen como si quisiera transmitir realismo, en una de las pocas tomas pretenciosas del relato). Más allá de algunos detalles, todo funciona lejos de la ostentación. Esa manera de filmar y pensar la película resultó una garantía. Mar es como una buena sudestada: aire fresco, fuerte y convincente.

(#) Mar, de Dominga Sotomayor, todavía se puede ver el sábado 18 de abril (15.15, Village Recoleta) y el lunes 20 (15.40, Village Caballito).



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