Mi vecino el librero

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Esta vez, el Pelón no me dio una segunda oportunidad. Bajaba distraído y la correa se me deslizó como un par de gotas entre los dedos. Él decidió no esperarme, a diferencia de los días en los que está demasiado dormido o come mucho antes de salir. Rebotó contra la puerta del 1º 12, corrió hacia abajo y se presentó sin ningún tipo de timidez en el pasillo largo, con pintura desgastada y macetas algo descuidadas en las que descansan colas de cigarrillos de algún vecino desatento. Como si fuera el rey del edificio. Intenté atraparlo en las escaleras pero él, chico, morrudo y potente, se movió mejor en espacios reducidos. En el pasillo, corrió hacia la puerta de entrada con desesperación mientras volvía a presentarse a lo grande, con el deseo irrefrenable de imponer.

Planta baja 3.

Planta baja 2.

Planta baja 1.

Paso desesperado, las uñas se arrastraban sobre el piso y generaban un ruido que dejaba sensación a velocidad. Gemidos agitados, con la impresión de que hacía un gran esfuerzo físico. Le hacía saber a todos los vecinos que estaba vivo y más o menos feliz, a punto de salir a la calle a coquetear con alguna perrita, pelearse con un grandote o mear en las ruedas de las motos que quedan estacionadas sobre la vereda.

A la derecha del pasillo, a unos diez metros del ingreso principal, la puerta que se comunica con el edificio estaba abierta, como casi todas las mañanas. Entonces, sin frenar la marcha, el Pelón desvió la mirada hacia adentro y soltó el primer ladrido del día. Se escuchó fuerte y retumbó por todos lados. Desde el ambiente salió un grito furioso:

“¡Pero la puta madre que lo parió! ¡La puta que lo parió!”.

Se sintió como si la voz que lanzaba los insultos se quedaba sin aire por el susto que todavía duraba. Corrí hacia la puerta, donde el Pelón apoyaba las patas delanteras y saltaba con las otras que le quedaban en el piso, en su último acto de rebeldía. No me detuve a ver qué era lo que había pasado. Sólo deslicé un tibio “perdón” mientras simulaba un trote. Sólo llegué  a ver un poco de la situación de refilón. El pequeño pasillo es una especie de cocina en la que hay una barra y una piletita. Al parecer, el ladrido llegó justo cuando él se preparaba un café. En el piso estaba la taza, aunque el tipo no parecía mojado por el charco. A mi expeditivo pedido de disculpas llegó una respuesta contundente:

“¡Carajo!”

Fue el final de la relación con mi vecino el librero.

Es bastante pintoresco tener una librería justo al lado de tu casa. Mucho más cuando no se trata de una cadena de libros en la que los empleados bien podrían trabajar en un local de electrodomésticos y los libros se vendieran como si fueran objetos intrascendentes y sin vida. Desde afuera, esta librería parece única. Sobre la entrada hay un pequeño techo de lona de varios colores, al estilo Notting Hill. Una vidriera no del todo grande pero con libros ubicados en todo tipo de posiciones, desesperados, con ganas de ser vistos por la gente -principalmente estudiantes o administrativos apurados- que pasa por la calle. Adentro, libros en todas las paredes, sillones rojos antiguos en el ambiente más grande y una luz firme pero tenue. Una escalera en forma de espiral y un primer piso con libros por todos lados, repletos de polvo.

Me había mudado hacía un par de días. Entré a la librería con confianza, con ganas de encontrar pequeñas grandes joyas. El aire se sentía pesado. Apunté hacia una de las paredes, pero me costó encontrar el foco de la sección. ¿Literatura argentina? ¿Sudamericana? ¿Hispanohablante? Pasaron pocos segundos para que apareciera él. Se levantó con lentitud de su escritorio, en el que apoyó los anteojos con los que miraba la computadora que estaba a su derecha.

De unos 60 o 65 años, usaba pantalones de vestir de color gris y una camisa de manga corta. Llevaba puestos tiradores. Tenía una barba candado blanca, el pelo castaño y abundante, enfilado hacia atrás. ¿Usaba gomina? No era gordo, tampoco flaco. Se lo veía fuerte.

-¿Si? ¿Buscás algo?

Una voz aguda y una forma de hablar pausada, como si la serenidad fuera fingida.

-No…sólo miraba.

Dio media vuelta y volvió a su escritorio. Hice un paneo un poco más amplio a los libros. Es muy difícil que no me atraiga ningún libro de un lugar de ese estilo. Pero, a primera vista, era complicado encontrar algo interesante. Saludé con amabilidad al librero, que me devolvió un saludo desganado.

No volví a entrar por varios meses. Sí le preste mucha atención a su vidriera, que cambiaba de libros casi diariamente. En la noche, cuando el Pelón paseaba sin correa y silencioso, con la ambición de demostrar su ser indomable totalmente extinguida, estudiaba especialmente parte de su material. En general, nada demasiado atractivo. Alguna vez me sedujo una novela de Susan Sontag, de Alfaguara. Una edición que desconocía de Los 7 locos. En busca del tiempo perdido en tapa dura. En unos diez meses, no mucho más.

Me costaba aceptar que, siendo vecino de un librero, no podía entablar una relación. Fantaseaba con la posibilidad de que me esperara todos los días con una sorpresa. “Mirá el título que conseguí”. “Vení a ver la tanda que compré”. “Fijate la edición que me llegó”. Al librero lo veía siempre. Los días de sol, solía cruzar a la vereda de enfrente, donde los rayos le pegaban firmes y sin pausa. En general, su local no tiene demasiada actividad, aunque las personas que entran suelen llevarse algo.

Estaba de vacaciones. Tenía tiempo para bajar el ritmo y darle una segunda oportunidad. No esperé a que me agarrara desprevenido.

-Hola, soy vecino suyo, de acá al lado. Pensé que era mi obligación conocer mejor su librería.

-Ah, ¿si? Bueno, muy bien. Cualquier cosa preguntame si querés ver algo.

-Bueno, gracias. ¿De literatura estadounidense que tiene? ¿Cheever? ¿Updike? ¿Capote?

Fue a la computadora. Tenía uno de Updike no muy conocido y de una edición horrible. Lo separé, le dije que lo iba a llevar. Estaba decidido a comprar por lo menos un libro, como para acercar posiciones.

-¿50 pesos te parece un precio justo?

-Sí, me parece bien.

Me fascinó que me preguntara por la justicia del precio. Le pregunté por literatura japonesa pero no tenía mucho. Le consulté por ediciones en inglés pero las novelas eran más bien de saldo. Nada de Chandler, Bellow o Pynchon. Lo básico de Hemingway, Salinger y Faulkner.

Entramos en confianza. Hicimos un tour por la librería. Me mostró sus joyas más preciadas. Algunas estaban ubicadas justo en el pasillo que conecta la librería con el pasillo del edificio en el que vivo. Primeras ediciones de novelas o autobiografías no del todo reconocidas. Referenciaba a los libros por sus precios. Sabía a cuánto estaban en Amazon. Y, por lo que decía, soñaba con conseguir algún cliente que pagara 20 mil o 25 mil pesos por la primera edición de algún libro sin demasiada trascendencia. Me explicó que buena parte de su material lo conseguía en subastas que se hacían después de la muerte de algún coleccionista importante. Confesó que el negocio no le dejaba mucha plata. Se quejó de las expensas. Habló mal de nuestra portera. Se mostró como un defensor importante de la ciudad, un pulmón de cultura que necesitaba seguir vivo, más allá de las dificultades. Le creí.

Me preguntó por mi trabajo. Le conté que era periodista. Habló mal de la empresa de la que me había ido hacía sólo un par de días: “Menos mal que te fuiste de ahí”.

Me dio la sensación de que se trataba más de un lugar de venta de libros que de literatura. El librero nunca me habló de qué trataban los libros o qué pensaba de esos autores. Parecía sacarle magia al acto de contarle a otro que puede saber menos. Me acompañó hasta la calle. Me señaló enfrente, donde unos adolescentes habían tirado unos colchones justo atrás de los carros enormes de basura. “¡Qué terrible!”, dijo. “¿En qué sentido terrible?”, le pregunté. “En que es muy peligroso para ellos”, respondió. “Sí, claro. Estamos de acuerdo”, devolví.

Estaba seguro que había construido el primer paso de la relación. Salía a pasear al Pelón con el pecho inflado. Lo saludaba con ánimo, a la espera de conversar o que me transmitiera algún tipo de novedad sobre su librería. Los primeros días, su respuesta fue amable. Siempre se mostró risueño. Con el correr de las semanas, la simpatía se esfumó. Un par de meses después, los saludos fueron sólo de ida.

Lo volví a saludar unos días después del ladrido del Pelón y la enorme puteada. Todavía se me cruzaba la secuencia: la taza en el piso, las palmas de sus manos bien abiertas y el cuerpo inclinado hacia atrás, como si no quisiera ensuciarse de la escena del crimen. Me miró con seriedad y levantó las cejas, sin decir nada. Fue la última vez que le dediqué un buen día. Cuando paso y me enfrento con él, suelo mirar hacia otro lado. Sigo los pasos del Pelón y me pierdo en su recorrido. En los momentos en los que llego a la zona de la librería y él empieza a oler las paredes de afuera o la maceta enorme que hay justo enfrente, le pego un empujón. Ahí sí que no se me escapa la correa.

Todavía no leí el libro de Updike. Luce viejo y aparenta tener una traducción malísima.

Todavía miro su vidriera todos los días. Hace un tiempo que pone dos o tres libros en francés. Sigue con la costumbre de mezclar el contenido. Suele haber alguna biografía y tres o cuatro ensayos políticos, rodeados de alguna novela. Me ilusiono con la posibilidad de que exhiba a algún autor de los que me interesan. Entrar y volver a intentarlo. Ilusionarme con que puedo ser amigo -otra vez- de mi vecino el librero.

(foto de Tangocity.com).



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