The Kindergarten Teacher: historia de una obsesión maníaca

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Nira lo ve dar vueltas en el patio del jardín de infantes, a unos metros del arenero y las hamacas, y se siente completamente abrumada. Fija la mirada y se concentra. No parece entender qué es lo que pasa. Yoav, uno de los nenes que conforma la sala en la que ella es maestra, camina para un lado y otro mientras recita una poesía bella, madura y precisa. Tiene cinco años. Es un prodigio. Por lo menos según la mirada de ella.

Sus hijos se fueron hace un tiempo, tienen sus planes de vida. Lo único que le queda en la casa a Nira es un marido gordo, pelado y sin ningún tipo de atractivo. Será por eso -quizás- que pasa buena parte de sus horas libres en un curso de poesía. Y hasta podría ser la razón de su excesivo interés por Yoav. Las ganas de ella por explotar el talento del chico se convierten en una obsesión maníaca.

The Kindergarten Teacher, de Nadav Lavid, película israelí que pudo verse en el Bafici 2015, tiene muchos más vicios que virtudes. La historia cuenta la relación entre esta profesora frustrada de jardín y este chico bastante particular que parece tener algunos problemas para relacionarse a partir de una complicada situación en su casa y familia. Ella, entonces, será su protectora.

El punto de vista de la película es siempre desde Nira. El reconocimiento de Yoav parece abrirle las puertas a otra vida, ya no tiene resquemores. Es infiel, sale a bailar, parece apuntarle a cualquier hombre que parezca interesado en ella. Pero la película no termina de retratarla de manera completa. No está bien pintada o, por lo menos, faltan algunas cosas que entender. Especialmente si se tiene en cuenta el final abrupto y de una película policial que parecía imposible de prever.

El director juega su partido con la dirección. Pretende dar su mensaje y expresarse él también a partir de lo que hace con la cámara, que es un personaje más. Interactúa con los protagonistas, se mueve cuando parece en desacuerdo con lo que pasa, exhibe situaciones demasiado subjetivas. Por ejemplo: muchas veces funciona como si fueran los ojos de los personajes. Son planos que no aportan nada, sólo desorientan.

Básicamente, la construcción del personaje principal, Nira, no es tan buena. El director explicará después de la película que la obsesión de ella era la de generar un mundo mejor, y su forma de hacerlo era a través del chico. Pero, según la forma en la que está mostrada, no parece más que alguien egoísta que pretende robarle las poesías a un nene de cinco años para su lucimiento personal. Y hay algunas secuencias algo bizarras que no aportan casi nada, como cuando ella baila con locura junto a otros dos supuestos compañeros de la clase de poesía.

A diferencia de grandes películas de chicos (Los 400 golpes, Los coristas, Profesor Lahzar), las secuencias filmadas en el jardín no generan demasiado (salvo cuando Yoav y su mejor amigo cantan desesperadas y violentas canciones de cancha). El nene no genera empatía.

Por último, la poesía. El hecho de que haya sido ese arte el que eligió el director para hacer lucir a su nene prodigio parece un símbolo. Hoy, la poesía no es más que un género muerto por culpa de los que quisieron ir más allá, los que perdieron la claridad. Falta de valor real, casi tanto como la película.



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