El final feliz no existe para Don Draper

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(#Este post fue escrito sólo para los que vieron Mad Men desde el principio hasta el final)

Puede hacer un poco de yoga y algunos trabajos de relajación. Cruzar las piernas, cerrar los ojos, sentir el pasto con las plantas de los pies. Puede dormir en habitaciones de madera sin luz ni camas y alrededor de tres o cuatro hippies. Escuchar el ruido del mar de California, prescindir de lo material. Puede balbucear alguna onomatopeya espiritual, cerrar los ojos y sentir cómo la brisa le acaricia la cara. Volver a sentir ganas de ser el mejor publicista del mundo. Crear el comercial más popular de la historia. Ser el más lindo, el más admirado. Puede mentirse por un rato, pero sólo por un rato. Cuando toda esa mentira termine, Don Draper va a volver a su realidad: para él no existe el final feliz.

Matthew Weiner, creador y guionista fue muy claro con respecto al último capítulo de Mad Men. En su cabeza, Don vuelve a McCann Erickson, la agencia que lo absorbió, que le quitó el orgullo, y crea uno de los comerciales más famosos de la historia, “Hilltop”, de Coca Cola (porque la grandeza de esta serie siempre reside en mezclar una ficción lúcida y brillante con hechos de la realidad que recrearon la historia como pocas veces se podrá igualar).

Don vuelve a ser el número uno. Regresa a Nueva York y asume su genio. Pero nada más. El final no aclara ni entrega más pistas, todo queda en la imaginación del espectador. ¿Y quién puede imaginarse que esa sonrisa del final representa un verdadero cambio para él? Hay una secuencia del retiro espiritual en la que Don se siente abatido e identificado con el testimonio de un empresario: “Te pasás toda la vida pensando que no encajás, que la gente no te da nada y después te das cuenta que sí lo intentan (…). Una vez soñé que estaba en una heladera del lado de adentro. La gente abría la puerta, miraba, pero no me elegía. Luego cerraban la puerta y todo quedaba oscuro”. Ese gesto le permite entender -finalmente- dónde está parado. Pero su experiencia no es de redención. Es más bien una especie de resignación porque las cosas del pasado no se pueden cambiar. Y porque el pasado siempre tiene algún papel en el presente y el futuro. Esa sonrisa no es más que un gesto que representa la vida de Dick aparentando ser Don: una actuación.

Todo pasa por Don y sólo importa Don, porque todos quieren saber qué piensa él de ellos. Tiene una belleza hipnótica, es poderoso e inteligente. Es egoísta, pero también un hombre de códigos. Tiene vida encima, por eso siempre se le ocurren las mejores ideas para vender el producto que se le ponga enfrente. Asocia lo que le pasa con lo que puede atraer a la gente. Conoce a la gente. Peleó en la guerra e hizo trabajos de todo tipo para llegar al lugar que ocupa. Lo sabe con certeza cada vez que mira el movimiento de Nueva York por la ventana de su enorme oficina. Se mantiene alejado de lo que pasa en el mundo (más allá de algún comentario frío sobre un episodio concreto de la realidad estadounidense), porque Don Draper ya tiene su mundo.

Don -Dick- es un hombre roto. Su alma, su esencia verdadera, queda brutalmente representada en su última charla telefónica con Peggy. Tiene heridas incurables (la infancia, la guerra, las mentiras, las infidelidades, las traiciones). Mad Men, una de las grandes series de la historia, se cansó de mostrar que es un personaje que no puede más que ser infeliz. Sí, Don puede volver a enfocarse. Abrazar a sus hijos, acompañar a Betty en sus últimos días, ir todos los días al trabajo. Pero sería sólo una situación pasajera. En no demasiado tiempo, Don volvería a dormir siestas en el sillón de su oficina, mientras termina una botella de whisky que en realidad no se acaba nunca. Mad Men, en parte, es eso: un grupo de personas comunes que luchan día a día contra la insatisfacción. Y pierden casi siempre.

Sí. Ahora está rodeado de gente linda y escucha a un gurú espiritual. Pero en un tiempo van a volver a aparecer las manchas que no le permiten dejar de lavar y dar vueltas su conciencia. Notará que nada de lo que tiene alrededor le agrada. Y el spot de Coca es eso: un grupo de personas que prometen un mundo feliz al que Don ve desde afuera pero que no va a acceder. Quizás porque ese mundo sólo existe en el engaño de las publicidades que él inventa.



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