La ira todavía no se apagó

FBL-LIBERTADORES-BOCA-RIVERPLATE

Deambula por la tribuna. Patea botellas, agarra papeles y los suelta hacia arriba. Mira cómo caen los pedazos de diarios pisoteados y sucios. Junta pequeñas bengalas que quedaron tiradas, algunas sin usar. Las lanza contra el alambrado. No tiene más de seis años. Sube dos escalones, baja tres. Se pierde entre gente que no le presta atención. Hasta que, durante una de las corridas, se topa con quien parece su mamá. Está sentada en el costado izquierdo de la popular semi vacía. En ese sector no quedan más de 400 personas. Sin moverse demasiado, con los pies extendidos en los escalones, ella lo agarra del brazo izquierdo, lo frena y lo mira a los ojos. Y canta, al ritmo de los bombos y las trompetas: “¡Quiero jugar contra River, y matarles el tercero! ¡Quiero correrlos de nuevo, de La Boca al gallinero! ¡River vos sos un cagón, porque no tenés aguante! ¡Los pibes están en cana, porque vos sos vigilante!”. Grita con un tono furioso. Agita el brazo derecho hacia arriba y abajo y lo mira con atención, como si fuera importante que el nene entendiera la lección, lo trascendente de esa canción. El chico no dice nada, no se mueve ni hace un gesto. ¿Entenderá algo? La mamá lo suelta. Y él aprovecha para volver a correr por la tribuna.

El partido fue suspendido hace unos 40 minutos. Pero los planteles de Boca y River siguen en el campo de juego. Hay unas cinco mil personas que no abandonaron la cancha, dispuestas a vomitar su cólera.

“¡Aserrín, aserrán, de La Boca no se van!”.

Las reglas de la sociedad se esfuman en la cancha. El pacto social deja de existir: los papás permiten que sus hijos insulten a los árbitros y los rivales. Afuera del estadio, la luz de un semáforo no tiene significado. Los autos avanzan como si nada, los que caminan se mueven como si nada. La gente mea en la calle, entre árboles y autos, como si nada. Tira basura al piso como si el barrio de su propio club y la gente que vive ahí no fueran dignos de respeto.

Ir a ver un partido de fútbol genera casi siempre una mezcla ambigua y amplia de sensaciones. La adrenalina se cruza con una especie de miedo, una incertidumbre que nunca deja de deambular. Porque la policía pega palazos (“¿Y si me hubiera tocado a mí?”). Porque los estadios están rotos y son inseguros (“¿Y si me pasara algo acá?”). Porque hay gente dispuesta a todo (“¿Y si la hubiera ligado yo?”). Pero el jueves fue mucho más que eso. Fue mucho peor.

Falta una hora y media para que empiece el partido. En la cancha ya hay unas 35 mil personas. Un grupo de cinco hombres de unos 30 años comienza a subir escalones. Se instala en un sector en el que todavía hay algunas personas sentadas. Como hay poco lugar, los que recién llegan, con olor a alcohol y mientras arman un porro, gritan: “¡A pararse! ¡A pararse que esto no es platea!”. Vuela alguna patada por abajo. Siguen las (in) directas. Los tres tipos que estaban sentados se paran. Uno de cada bandita quedan cara a cara. “¡No empecés con el codito, eh! ¡No tirés codazos!”, le dice uno de los recién llegados. “Estamos acá hace tres horas. ¿Vos me vas a decir lo que tengo que hacer?”. Los separan. A unos metros, otros dos grupos revolean piñas y patadas por todos lados. No hubo ninguna jugada peligrosa ni un gol, pero es la primera avalancha de la noche.

¿Cómo se puede jugar al fútbol en un ambiente así?

Una hora para el partido. Un hombre encapuchado, con una gorra que le tapa la cara, camina hacia el extremo de la tribuna. Carga con una mochila en la espalda. Desde abajo le hace una seña a un chico de unos 14 años que está trepado al alambrado, a unos diez o quince metros del piso, para que se corra. El chico obedece. Se mueve unos metros hacia la izquierda. Entonces, el encapuchado sube. Escala y se acomoda en la pared lateral de la popular donde hay varias banderas colgadas. Le cuesta moverse. Se toma de las barandas, mete los dedos entre agujeros de los hierros que dividen la tribuna de los palcos y la calle. Se resbala. El pie derecho no encuentra dónde apoyarse. Se sostiene con los brazos, mientras le cuelgan las piernas. ¿Y si se cae? Probablemente le estallarían -por lo menos- los huesos de las piernas. Logra asentarse, con la cola apoyada sobre un fierro delgado. Baja una soga con una botella de plástico vacía, como para que no se vuele. Desde abajo, un tipo con un buzo de Boca ata la soga a un bolso enorme y gris. El encapuchado lo sube. Y desaparece. Salta desde la tribuna a un techo que da a la salida de la cancha.

El partido, a punto de empezar. Desde la zona en la que está el encapuchado se ve a un drone envuelto con un fantasma de plástico que levanta vuelo. Pero se choca contra la pared de los palcos laterales y cae.

Antes de que salga Boca a la cancha, un grupo de hinchas reparte bengalas. Todos quieren tener una. Todos acercan los palitos a los encendedores. Cuando la tribuna está encendida, lo evidente: la gente está tan apretada y hay tan poco lugar, que es imposible no quemarse con el fuego. Pero ya nadie se puede mover, no hay lugar ni tiempo para huir de eso. Una mujer grita porque las chispas de la pirotecnia le caen en la cabeza. Un joven se queja porque uno apunta con la bengala hacia abajo, justo sobre su espalda. La camiseta que lleva le queda toda agujereada. Con el equipo ya adentro de la cancha, la mayoría de la gente se revisa el cuerpo y descubre sus partes quemadas.

El encapuchado aparece en la popular en algún momento del entretiempo. Esta vez, no se esconde. Saca el drone del bolso y, desde el medio de la tribuna, lo hace levantar vuelo. El robot recorre el campo de juego, se mueve sobre la cabeza de los jugadores de River y regresa a la tribuna. Unas 70 personas dejan su lugar y bajan para sacarse una foto con el aparato.

El segundo tiempo no arranca. Otra vez, las piñas, aunque con grupos distintos. Otra vez, la avalancha.

La voz del estadio anuncia que el partido está suspendido. Algunos se van indignados, en silencio. “Tendría que haber vendido la entrada. Cinco lucas hacía. Y me quedaba tranquilo en casa, la concha de su madre”. Otros aseguran que el partido se reanuda. “¡No ves que los jugadores de Boca se preparan para jugar!”. Y otros se quedan. Su partido no terminó.

El plantel de River no puede salir del campo de juego. Lo intentaron una vez, pero una lluvia de botellas y proyectiles que caía desde las plateas lo obligó a retroceder. Pasan los minutos. Algunos se van, otros están decididos a no abandonar el estadio. El secretario de Seguridad, Sergio Berni, aparece en la platea baja y se mete al trote al campo de juego en dirección al círculo central, donde están los equipos. La gente desespera. “¡Gallina hija de re mil puta! ¡Gallina!”. Unas diez personas empiezan a subir al alambrado. Los silbidos e insultos lo obligan a retirarse. Recorrió sólo 20 metros.

Un helicóptero sobrevuela la Bombonera y apunta con luces a los grupos que permanecen en la cancha. Desde un altavoz se ordena dejar el estadio. No se mueve nadie. Hay policías sentados en las partes superiores de las plateas, como si su trabajo estuviera terminado.

¿Por qué los jugadores de Boca todavía están en la cancha? ¿Por qué no ayudan a los de River a salir?

“¡Vinieron a La Boca, no sé cómo se van!”

Hasta que se van, entre botellas y más proyectiles.

A unos metros de la mamá, que todavía agita el brazo y entona los cantos de guerra, y el nene, que todavía corretea por los escalones, hay un hombre de unos 65 o 70 años. Usa anteojos, tiene pelo blanco. Mira al campo de juego ya vacío, y grita: “¡Hay que matarlos a todos! ¡Hay que matarlos a estos hijos de re mil puta! ¡Que no salgan vivos!”. Muy cerca, en la zona de acceso y salida a la popular, un hombre de unos 50 años patea las paredes mientras baja: “¡Putos! ¡Cagones! ¡Cagones!”. Se toma de la baranda que atraviesa la escalera y la sacude como si quisiera arrancarla.

Afuera, las calles de La Boca quedaron vacías. Sobre Brandsen, hay un grupo de policías que se ríe y luce relajado. Hay algunos tipos tirados en el piso que duermen mientras sostienen una caja de vino en la mano. Hay basura por todos lados. Hay un micro con hinchas de Boca que no terminaron de cantar: “¡Corriste en Mar del Plata, y hace un par de años ya te matamos a dos!”.

La ira todavía no se agotó. El proceso de ir a la cancha duró por lo menos cuatro horas para la gran mayoría de la gente. Fueron sólo 45 minutos de juego. Desde la calle todavía se escucha algún resabio de canto: “¡Va a haber quilombo, va a haber quilombo, si lo tiran al xeneize al bombo!”. Para buena parte de la gente, nada parece haber sido suficiente. El rencor queda destilado en cada uno de los gritos y los movimientos. Las almas podridas de miles de personas se exponen como nunca antes.

Es una rabia instalada en todos. Nunca se va a apagar.



There are 12 comments

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  1. Agustina

    Impecable Lucas! Se me cayeron las lágrimas…Pensar que eso en las canchas, es cosa de cada partido, no sólo en la bombonera, sino en todos los estadios argentinos. Es un fiel reflejo, para mi, de como estamos como sociedad. Lamentable. Desgarrador. Esto le estamos dejando a nuestro hijos…Saludos y felicitaciones por tan impecable artículo.

    • Lucas Bertellotti

      Muchas gracias por el comentario, Agus. Sí, no había pensado en el legado que significa este tipo de cosas para las nuevas generaciones. No soy optimista, sinceramente. Saludos.

  2. CATALINA

    Mucha tristeza la crónica desde la mirada del hincha. Mas lamentable cuando le agregamos lo que pasó en el campo de juego. Un problema de mil matices. Difícil tener esperanza.

  3. JORGE BORISOVSKY

    ME GUSTO MUCHO TU NOTA, Y ES CIERTO LA RABIA ESTA INSTALADA EN TODOS, LAMENTABLEMENTE, LA CANCHA ES UNA ZONA LIBERADA, ES EL LUGAR TIPICO DE DESAHOGO, EL TEMA ES QUE FUE COPADA POR GENTE QUE NO LE IMPORTA LA CAMISETA, LE IMPORTA LA GUITA DE LOS “NEGOCIOS” TRAFICO DE DROGA, TRAPITOS, REVENTA DE ENTRADAS Y TODO EL RESTO DE LO QUE YA SABEMOS, RESPONSABLES?, SIRVE DE ALGO IDENTIFICARLOS? NO, A ESTA ALTURA, ESTO ES UN MAL ENQUISTADO EN LA SOCIEDAD QUE EXPLOTA EN LUGARES DEBILES. ES FALTA DE EDUCACION Y EL TEMA ES QUE NOS HAGAMOS CARGO, TODOS, DE LA RESPONSABILIDAD QUE TENEMOS. ABRAZO

    • Lucas Bertellotti

      Sí, estamos de acuerdo en que la cancha es el lugar donde explota todo lo malo de la sociedad.
      Gracias por los comentarios, saludos.

  4. Pablo

    Muy conmovedora tu visión de lo que vimos todos, a esta altura de la semana más de una vez, y te digo que la verdad cansa, cansa mucho los discursos vacíos de los periodistas al otro día y en una semana se olvidan y vuelven a llenar de pancartas de guerra las pantallas; cansa la actitud de tipos como Don Ofrio saltando cualquier protocolo y racionalidad de un hombre mayor y que dirige a un club tan grande, cansa la actitud de Orión jugando con la hinchada; cansa la mediocridad del veedor, y el miedo de lo que digan los derechos televisivos que exigen espectáculo sin o con sangre; cansa que tengamos que ser tan miserables y tan desconocidos de nosotros mismos que tenemos que ir a una cancha a hacer cualquier cosa para largar la bronca de la semana…Genial la crónica.

  5. Moco

    Junto con la nota que leí en Anfibia, me parecen las mejores palabras que leí sobre lo que pasó el jueves. Hay que hacer circular estos textos, son la única manera de que algo empiece a cambiar.


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