La tribuna viva

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Cómo nacen las banderas. Están así hasta hoy nuestas banderas. El pueblo las bordó con su ternura. Cosió los trapos con su sufrimiento. Clavó la estrella con su mano ardiente y cortó, de camisa o firmamento: azul para la estrella de la patria. El rojo, gota a gota iba naciendo.

Hasta podían oler el pasto. Tirados sobre el cemento húmedo y helado, veían cómo el sol se filtraba sobre algunas rejas. Lo sentían como un invasor. Se habían acostumbrado a la oscuridad. Estaban convencidos que lo normal era tener hambre y sentir dolor en todo el cuerpo. No tenían dudas: se encontraban en una cárcel, no en un estadio de fútbol. Afuera podía haber algún tipo de ruido. Podían percibir que circulaba mucha gente. Podían escuchar los gritos. Hasta los golpes a la pelota. Pero ellos sólo tenían miedo. Ganas de que termine todo. De cualquier forma.

El Estadio Nacional de Santiago es la casa principal de la Copa América. Hay algunos asistentes que cuelgan carteles con los colores del torneo. El campo de juego brilla, el pasto luce perfecto. Las butacas se muestran relucientes. Pero hay un espacio que atrae de una manera particular. Sobre una de las cabeceras, en la parte baja de la tribuna, hay unos tablones de madera desgastados, salidos, sin usar. Es un sector cerrado que contrasta con la lucidez del resto de la cancha.

En esa cancha juegan cada tanto 22 estrellas atrás de una pelota y millones de seguidores alrededor del fútbol. Hay merchandising, gritos, empresarios interesados en el mercado de pases. Hay una fiesta del fútbol. Y hay, también, un lugar que muchos ignoran y otros tantos descubren. En la cancha más importante de Chile, la pelota queda de lado y el pasado recibe su homenaje.

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Hace no demasiado tiempo, el Estadio Nacional fue usado como un campo de prisioneros durante la dictadura de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1981, en la que hubo 28.259 víctimas de prisión política y tortura, 2.298 ejecutados y 1.209 detenidos desaparecidos. Tuvo que pasar mucho tiempo, hasta 2003, para que el lugar fuera considerado como un espacio para reflexionar. Es una tribuna viva en la que descansan los mensajes de los familiares, los lemas de la sociedad, los gritos de justicia, el silencio del respeto.

El Estadio Nacional es una pieza de historia social y política de Chile. El 21 de noviembre de 1973, se produjo uno de los episodios más tristes: el partido que no fue entre Chile y la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Un encuentro sin adversarios. Un gol con el arco vacío. Once hombres ante un campo enorme sin ningún rival enfrente. Un público que no sabía qué gritar. Tras igualar 0 a 0 en Moscú, el encuentro en Santiago definiría un lugar en el Mundial de Alemania 74. Pero el rival nunca llegó. La URSS se negó a viajar y disputar un encuentro en un país al que consideraba manchado de sangre. Los pasillos, vestuarios y hasta las tribunas del Estadio Nacional, donde se jugaría el partido, habían sido el l6E89233A9EA64EA97FC52D2CEE556852 D402C78C82930FF99728145D4EFFE0F7

El Estadio Nacional es una pieza de historia social y política de Chile. El 21 de noviembre de 1973, se produjo uno de los episodios más tristes: el partido que no fue entre Chile y la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Un encuentro sin adversarios. Un gol con el arco vacío. Once hombres ante un campo enorme sin ningún rival enfrente. Un público que no sabía qué gritar. Tras igualar 0 a 0 en Moscú, el encuentro en Santiago definiría un lugar en el Mundial de Alemania 74. Pero el rival nunca llegó. La URSS se negó a viajar y disputar un encuentro en un país al que consideraba manchado de sangre. Los pasillos, vestuarios y hasta las tribunas del Estadio Nacional, donde se jugaría el partido, habían sido el lugar en el que habían pasado miles de detenidos y torturados.

Dos días antes del partido, Chile se enteró que la URSS no se presentaría. Pero no se suspendió. A la Roja le impusieron la necesidad de entrar al campo de juego para ganarse un lugar en el Mundial. No había más de 15 mil personas para ver ese teatro del absurdo, como lo denominó Leonardo Véliz, jugador de la Selección de esa época. Once jugadores de Chile ingresaron a la cancha. Cuatro trasladaron la pelota con pases tímidos y desganados hasta el área rival. Francisco Chamaco Valdés, capitán del equipo, hizo el gol. Fue un remate con desprecio, fue un gol sin celebraciones. Unos minutos más tarde, la Roja se enfrentó ante Santos, en un amistoso. El equipo brasileño vapuleó a la Selección por 5 a 0. Chile no tenía fuerzas.

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Las escaleras de la tribuna conducen hacia el interior del estadio. Las paredes de cemento están empapeladas por cuadros y fotos. Juan Fuentes. Germán Silva. Palmenio Rayo. Luis Enrique Álvarez. Están las caras de los que perdieron la vida en ese lugar. Hay banderas con lemas, fotos en blanco y negro. Hay una canilla muy cerca del piso roto y es imposible no imaginar a detenidos tirados para tomar algo de agua. Se percibe el frío y la solemnidad, el vacío que dejaron los que estuvieron en ese lugar, presos sin una razón ni un juicio justo. El espacio se reconstruyó recién en 2003, bajo la presidencia de Michelle Bachelet. Pasó mucho tiempo. Hay algunos trabajadores que terminan de arreglar el lugar, que será de visita para miles de personas que lleguen a la Copa América.

Habrá goles, figuras, festejos y títulos. Será difícil que pase desapercibido. “Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”, está inscripto sobre una de las paredes superiores. La tribuna viva estará ahí. Como para que nadie olvide. Como para que todos recuerden.
(#) Artículo publicado en Goal.com



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