El llamado de la esencia

calle

“Música que me ayudas a reflexionar. Yo no elegí esta vida. Ahora me obligan a seguir las reglas del juego, las horribles reglas que no quiero aprender”.

Se tiraba sobre la alfombra del living, se revolcaba, daba vueltas y miraba el techo. Y escuchaba el piano. Como ahora lo hace su primita de tres años, cantaba canciones de nenas, aprendía a contar mientras acariciaba las teclas. Y tocaba el piano. Desayunaba, se reía, hablaba con su mamá y su tío. Y descubría un sonido que venía de algún lugar de su propia casa. A veces era en el piso de arriba. Otras, abajo. Cada tanto, en la casa de al lado, donde vive Martha Argerich. ¿Era una pieza de Mendelssohn? Sí, ¿pero cuál? La discusión abrazaba a la música.

Dice estar segura de que cuando estaba en la panza de su mamá sabía dos cosas: que iba a tocar el piano y que su abuela, Babasha, le iba a enseñar. Todo se cumplió. A los tres, cuando cualquier otro nene empieza a dibujar manchas y rayas de crayones sobre un papel, ella aprendió a acariciar, a golpear, a percibir los ritmos y las fuerzas. No demasiado tiempo después, Natasha Binder se convirtió en una niña prodigio. Como toda su familia, (Karyn, su mamá, Sergio, su tío, Babasha, su abuela), el piano fue una forma de vivir.

Natasha está segura que nació pianista. Pero no. En realidad, se formó pianista. Se hizo pianista porque en una edad en la que no se puede pensar mucho y todo es estímulos, no hubo otra cosa más que un piano.  Fue al colegio y buscó hacer la vida de una chica que todavía tiene un mundo por descubrir, que hasta ese momento no es excepcional en nada. Pero cada vez que volvía a su casa, se encontraba con su realidad.

La calle de los pianistas, ópera prima del director argentino Mariano Nante, es una crónica que describe la vida de una serie de músicos argentinos que viven en Bruselas. Pero principalmente es un perfil, una cámara que funciona como una especie de conciencia omnisciente que sigue a una adolescente que sólo parece destinada a extender el legado familiar.

“En la vida hay que sacrificarse siempre”, repite Natasha, que transita dos mundos paralelos que permanentemente chocan. Por un lado, la vida de pianista. La joven que llena teatros en todo el mundo y debe soportar un nivel alto de exposición. Por el otro, la vida común. La de una adolescente que por momentos se desorienta y no tiene idea qué hacer, la que va al colegio, la que tiene amigos, la que se comunica mucho más a través de un celular o una computadora que cara a cara.

Los documentales que hacen la diferencia son los que dejan ganas de conocer todavía más de los personajes o situaciones que se cuentan. Los protagonistas deben fascinar, las secuencias están obligadas a producir el deseo de que no terminen. El ritmo precisa ser continuo, intenso y agradable. La calle de los pianistas tiene esas virtudes, pero también algunas carencias: el ojo que sigue a Natasha y su mamá, Karin, parece demasiado enamorado de los personajes. Hubiera sido interesante conocer otros momentos, más miserables, quizás. Un poco menos artificiales. Además, quedan algunas facetas sin revelar. Al papá de ella no se lo menciona, el relato no se aleja ni un poco hacia el costado B (¿o A?) de Natasha: su escuela, por ejemplo. Cómo funciona un genio en un ambiente diferente.

Los momentos más intensos son los que Natasha parece declarar que, por ahora, no siente la misma pasión que su tío, Sergio Tiempo, o su mamá. Porque mientras ensayan juntos para un concierto, ellos son felices, obsesivos, se alegran, sienten a la música, enfatizan lo que les gusta y lo que no. Pero Natasha casi nunca se emociona. Toca guiada por otros sentimientos (¿un mandato?).

“No tenés por qué ser como yo”, le dice Karin a su hija. Ella ama a su mamá. Odia a su mamá. No la quiere ver más. Pretende estar con ella todo el tiempo. “Cuando uno ya es músico, cuando lo hiciste toda la vida, es rara la decisión, porque no es una decisión”, le comenta su tío.

Natasha se mantiene en silencio y piensa. Cuando sus amigos se ríen y le preguntan qué le gustaría ser cuando sea más grande, no sabe qué contestar. Está desorientada, porque su panorama se borra cuando no hay un piano cerca. Como pocas personas en el mundo, tiene muy marcada su construcción, sus propiedades, su forma de ser. Su esencia es más fuerte que todo. Y todo indica que nunca va a darle la espalda a ese llamado.

Recostada sobre un sillón, Martha Argerich luce cansada y relajada. Se pregunta cuántos meses pasó afuera de su casa, se sorprende por cómo pasó el tiempo. Y llega sin demasiada fuerza ni nitidez, porque en el medio hay varias paredes, el sonido del piano de al lado. Al principio, no le presta demasiada atención. Luego se detiene: “Es esa niña Natasha, ¿no? Qué música tan triste”…



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