El mejor músico de la línea D

arpa-subte

Llama la atención porque abraza su instrumento, enorme, pesado, gigante e incómodo, como si fuera algún nene con su oso de peluche favorito, inseparable y fiel, su mejor amigo. Intriga porque parece ensimismado, no presta demasiada atención a lo que pasa alrededor. Genera interés por lo exótico, por las incontables cuerdas y la madera reluciente. Enamora por su calidez para tocar, dedos que acarician, aceleran, arrastran e irrumpen. Impone porque el sonido que genera desafía a los ruidos. ¡Tuuuuuu! Las puertas a punto de cerrarse. !Plaaaaa! Las puertas que se cierran. !Ieeeeeshhhhh! Las ruedas que avanzan sobre vías rasposas. ¡Tiii Tuuuu! ¡Tiii Tuuuu! La voz de la locutora que anuncia la estación. Interesa porque tiene un repertorio amplio, casi nunca repite la canción.

El mejor músico de la línea D del subte toca un arpa. Se muestra en horarios en los que se traslada poca gente. A veces, entre las 14 y las 16. Otras, entre las 20 y 22. No está todos los días, es irregular. Arranca desde Congreso de Tucumán hasta Plaza Italia. Le da la espalda a las puertas que están a la derecha de la formación, porque se mantienen cerradas hasta Palermo. Muchas veces se baja en esa estación, cruza el andén y toma el tren que va en la otra dirección. Si hay poca gente, sigue hasta Catedral.

Siempre toca dos canciones, ni más ni menos. Se toma su tiempo. Su presentación debe durar entre cinco y diez minutos. Uno de los temas que más interpreta es Comptine d’Un Autre Été, creado por Yann Tiersen y conocido por la película Amelie, de Jean-Pierre Jeunet. No tiene fallas. El sonido se oye preciso y fresco.

Debe tener unos 30 años. Usa el pelo largo, con una cola de caballo atada con una gomita, suele llevar una camisa, pantalón de vestir y zapatos. No interactúa con los pasajeros, tampoco con los otros músicos o los vendedores ambulantes. No necesita presentarse ni despedirse. Ni ‘hola’ ni ‘chau’. Ni ‘disfruten del show’ ni ‘espero que les guste’. Parece convencido con su estrategia, como si estuviera seguro que los discursos sólo le quitarían tiempo para tocar, su gran virtud.

Cuando termina, después de algunos aplausos, apoya el arpa sobre una de las puertas y recorre los pasillos con una riñonera con la que junta la plata. Dice ‘gracias’, pero no mucho más, como si no estuviera demasiado interesado en generar algún tipo de vínculo.

Es el mejor músico -de la línea D- porque casi siempre aprueba el examen de los auriculares. Si un pasajero los tiene puestos y se los saca para darle una oportunidad a su música, los conquista. Es el mejor porque logra romper con las conversaciones, se gana los minutos de atención en un transporte ruidoso y vertiginoso. Es el mejor porque no precisa del carisma, son sólo él y su arpa. Es el mejor por esa cuota de misterio que imponen los que son buenos de verdad.



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