Hoy caminé por la avenida Corrientes

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Y recorrí las calles sin dirección ni apuro, con los sentidos dormidos y despiertos.

Y vi que un vendedor de diarios se escondía, entre revistas cubiertas por folios que colgaban desde el techo del puesto hasta el piso, mientras de su equipo de música salía un tema de Bob Marley y miraba con demasiada atención a un vendedor ambulante negro que acomodaba carteras truchas en el piso, sobre un cartón cuadrado.

Y noté que hay jubilados dispuestos a hablar todo lo que puedan con todos, pero especialmente con los empleados de las boleterías, que ya no responden con cariño ni paciencia.

Y advertí que, pese a que están de vacaciones, las mamás caminan de la mano con sus hijos demasiado rápido, pese a que ellos se dan vuelta y hacen más lento el paso para ver la vidriera de una juguetería o una comiquería, o simplemente apreciar algo que les llamó la atención.

Y me aburrí de casi todas las librerías, porque tienen siempre los mismos libros, porque no saben distinguirse, porque venden caro y mal.

Y me alegré porque hubiera disquerías abiertas, porque todavía hay gente a la que le gusta pasar los dedos sobre los discos y batear sin ganas de encontrar nada, simplemente de chocarse con nuevas tapas y nombres.

Y aprecié las caras cansadas de los cadetes que, cuando el día está por terminar, dejan la moto tirada en la calle, acomodan su casco sobre la barra de Banchero que da a Corrientes y se comen una porción de muzarela con un vaso de Coca.

Y descubrí a una adolescente que tiró al piso un papel de chicles, pero quiso hacerlo disimuladamente, sin que sus otras dos amigas lo notaran. Miró a una a la cara, giró el cuerpo hacia la izquierda y mientras caminaba deslizó entre los dedos el paquete.

Y me metí en un cine. Compré una entrada a 25 pesos, en la sala Lugones. Subí por un ascensor viejo y sucio. Me indigné por el piso 8, una obra en construcción devastada. Me sorprendí por la cantidad de gente para ver la película.

Y me impresioné porque en Corrientes y 9 de Julio, un hombre estaba subido a un semáforo, justo abajo del Obelisco. Lo observé unos minutos desde la calle de enfrente. Apoyaba los pies en la parte superior del poste, arriba de la luz roja. Con las manos agarraba un pasacalles que no se dejaba ver del todo: “Adrián. Tu esencia no desapareció. 1998″. Sólo lo sostenía el equilibrio. Cara seria, sin hablar. Justo abajo, unos agentes de tránsito, una mujer y un hombre con camperas negras y verdes que apuraban a los autos, ni siquiera lo miraban. Los que pasaban por esa zona, tampoco.

Era como si sólo yo pudiera verlo. Crucé la calle y lo seguí con la mirada. Le saqué una foto con mi celular. Sentí que me miraba a los ojos. Le mantuve la mirada, hasta que entendí que no me veía a mí ni a nadie a su alrededor. Y lo dejé abandonado entre la multitud.

Y en cada cuadra encontraba algo nuevo para contar. Y seguí caminado, lento, sin tener que ir a ningún lado.



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