El baile de la cueca, el baile del desafío

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El patrullero está estacionado sobre el camino que atraviesa la plaza, como si quisiera evitar el paso. El motor de la camioneta -no tan nueva- se percibe como un invasor a una fiesta que no tiene lista de invitados. Las luces azules, que irrumpen sobre las paredes y los árboles de una noche helada, desacomodan. Los dos policías que están adentro no se andan con vueltas. Miran, señalan, hablan entre sí como si estuvieran en la búsqueda de algo. El volumen de la música bajó un poco, pero las canciones no se detienen. Las guitarras sostienen el ritmo y los cantantes no se achican. Los vendedores ambulantes, que hasta hace poco eran parte de la reunión, se reían y bailaban con el grupo, comienzan a guardar los vinos de cartón y algunos piscos en cajas de telgopor, preparados para escapar. Hasta que los carabineros se van, después de unos diez minutos de agobio. El vehículo da marcha atrás, retoma por el mismo camino en el que llegó. Regresa a su lugar, la avenida que bordea el parque. Y vuelve la fiesta. Las tapas de las heladeras de los vendedores se abren. Las guitarras se tocan con más fuerza. Las voces rasposas y los gritos desesperados se imponen. Las parrillas acumulan otra vez las brasas, preparadas para calentar algunos chorizos y, especialmente, el vino navegado, que mezcla naranja, azúcar y canela con el calor del fuego. La cueca no se detiene, el desafío sigue.

En una galería al aire libre, protegida por algunas plantas, con vistas a un río con poca agua y en el centro de Santiago, un grupo de chilenos se reúne a bailar la cueca. La rutina de una ciudad rutinaria se deshace todos los martes, cuando un espacio de la ciudad algo escondido y rodeado de naturaleza se aísla. ¿Por qué los carabineros no se habrán bajado? ¿Por qué habrán permitido los porros, la venta ambulante ilegal y la música hasta altas horas que llega como un eco a las casas cercanas a la plaza? Quizás, sólo quizás, porque en ese lugar hay demasiada gente. Son unas 200 personas que, lejos de transmitir ganas de molestar, contagian alegría y naturalidad.

El baile tiene algo de sensual, pero mucho más de inocente, como esos actos de jardín de infantes en los que los nenes dan vueltas sobre las nenas, que levantan un pañuelo con la mano izquierda mientras apoyan la derecha sobre la cintura. Los papás filman y sonríen porque los chicos hacen por un rato de grandes.

Los hombres rodean a las mujeres mientras zapatean. Ellas juegan con los pañuelos. Se tapan los ojos, se miran a los ojos. En un costado de la galería, los músicos forman una ronda. Un par de guitarras, una pandereta, un acordeón, algunos elementos de percusión. En el resto del espacio, las parejas bailan desinhibidas.

Tomás tiene 21 años y llega al lugar algo tarde, cuando algunos grupos comienzan a irse. Viene de su trabajo, una librería del centro. “El problema es que en Chile no se lee. Encima, los libros son demasiado caros, tienen impuestos”, dice mientras acomoda su mochila junto a una pared. Comenta que está obligado a hacerlo. Necesita juntar plata para ir a la universidad y estudiar abogacía. Después, se ata un pañuelo alrededor del cuello y baila. Sonríe. Da vueltas sobre su dama, la rodea, pone su boca muy cerca de la suya, pero jamás la besa. Parece transportado a otro mundo. Cuando la música termina, se dan un abrazo largo.

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La cueca es un baile de conquista pero, para ese grupo de chilenos, parece representar otra cosa. No fue una casualidad que la música no se haya detenido mientras los carabineros pretendían imponer su juego de tensión. No parece al azar que la mayoría sean jóvenes, estudiantes universitarios necesitados de borrar, aunque sea por unas horas, algunas de las sensaciones que puede dejar una sociedad gris, con gente que no sonríe demasiado, que parece en un permanente estado de insatisfacción.

A José le gusta hablar sobre la cueca. Mientras toma un vino caliente con un vaso de plástico, relata la forma en la que nació el baile en Chile. Habla de cantinas y chinganas, lugares de poca monta para emborracharse. Se trata de una danza tradicional, que toca la raíz del país y atraviesa la historia. Es un baile que parece funcionar como bandera para algunos, obstinados en ir hacia el otro lado de la masa. Porque en la televisión se muestra una y otra vez la publicidad de una papa frita americana, “para comerla mientras te sacas una selfie”. Porque las políticas del país no van de la mano con la orientación que tomó buena parte de Sudamérica en el siglo XX: las escuelas públicas son casi marginales -de hecho, llevan más de un mes y medio de paro por un conflicto con el Gobierno- y la salud y universidades sólo son privadas. Porque, en este grupo, se percibe un malestar tan grande como impotente por lo imposible de generar un cambio y decir basta.

La cueca, en esa plaza, es una revolución de cuatro o cinco horas de la que no se entera casi nadie. Es el baile que rescata parte de la esencia chilena y escupe a la papa frita americana. Es la necesidad de elegir otro tipo de formas. Es una unión de partes uniformes en una mesa gigante en la que las piezas del rompecabezas no se acomodan nunca. Es una forma de decir no. Es una manera de elegir.

Es el baile del desafío.

(# fotos de Cuequeros a la ronda)



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