Para ir al Maracaná no se necesitan zapatillas

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No, no iba a ir en ojotas. A la cancha no se puede ir en ojotas. Es necesario un calzado que agarre bien los pies para subir las interminables escaleras. Es preciso algo que pueda proteger de los líquidos que suele haber sobre el piso: escupitajos, agua, cerveza o gaseosa, pis. Es algo básico, esencial. Hacía mucho calor, pero no lo dudé: a la cancha se va en zapatillas.

Por esos días, mis pies estaban relajados. Como si tuvieran vida propia: cuando están libres, gozan de la frescura del mar, se relajan metidos en cálidos pozos de arena, disfrutan de su mayor independencia. Por eso, no fue fácil ponerse las zapatillas. La presión del calzado se volvió ridícula: los pies parecían determinados en protestar su encierro. Estaba seguro que en ojotas hubiera sido el preferido para alguna caída violenta, o primero en la lista para enredar mis pies en algún fierro que esté dando vueltas en los accesos a la cancha. No, no podía ir en ojotas al Maracaná.

¿Está cerrada la boletería? No. Está iluminada. Ahí están los vendedores, atrás de las barritas negras. ¿Por qué no hay nadie en la cola? ¿Nadie va a ver el partido?

Un par de caminos entre vallas, un cacheo no muy exigente, una especie de molinete y un encargado de seguridad que carga el código de la entrada en una máquina. Siempre una sonrisa, una bienvenida, como si cada trabajador tuviera la obligación de hacer sentir bien a los que llegan. No hay escaleras, sí una rampa de unos 50 metros. Desde afuera, no se siente lo imponente. No hay manchas, no hay pis, no hay culos de botella de plástico con algún alcohol que haya engañado diferentes medidas de seguridad. Todo se percibe reluciente.

Los baños huelen rico, impecables. En los pasillos del estadio, algunas tiendas de ropa. Una camiseta de Fluminense, uno de los equipos más populares de Brasil, representante de la clase elitista de Río de Janeiro, sale 120 dólares. Las vendedoras parecen modelos.

Ya adentro de la cancha, un salón inmenso. Aire acondicionado. Mesas redondas con sillas altas, sillones blancos y barras. Sobre un lado, un local de comida rápida. Hamburguesas, panchos, ¡pochoclos! y gaseosas, como en el cine. El lugar debe estar a la mitad. No parece haber demasiadas charlas futboleras. Hay hinchas del Flu, con la 10 de Ronaldinho en la espalda, y también del Gremio, el rival de esa noche. Conviven juntos como si nada. Comparten el espacio bajo una indiferencia más bien amistosa.

Las puertas automáticas se abren y el frío del aire acondicionado se despide. El Maracaná -prácticamente vacío- es orden y belleza.

Las butacas -casi 80 mil- relucen, brillan. Ahora, el Maracaná sí impone, pero más por su condición de grandeza histórica que por su pintura actual. El estadio, remodelado para el Mundial 2014, parece perfecto: el partido no podría verse mal ni desde la ubicación más deshonrosa.

Todavía falta algo más de una hora para el partido. Me siento al azar en uno de los asientos de mi sector. Apoyo los pies en la butaca de adelante. No pasan ni 30 segundos cuando un hombre de seguridad se acerca a mi zona y, desde el pasillo, hace una seña para que baje los pies.

El partido parece el reflejo más justo a las tribunas vacías. Dos equipos rígidos (4-4-2) con jugadores carentes de imaginación y repletos de limitaciones. 0 a 0.

Ronaldinho entra cuando faltan 25 minutos para el final. Un hincha de Gremio baja las escaleras muy rápido, se inclina sobre la baranda y parece insultar al 10. “¡Mercenario! ¡Mercenario!”, le gritan los de Gremio, donde debutó Dinho. Algunos hinchas de Flu se paran y empiezan a insultarlo. El de Gremio no se achica. Mientras sube las escaleras como para volver a su puesto, se da vuelta, mira a todos a los que lo insultan y le da un beso al escudo de la camiseta. Ahora, son unos diez hinchas del Flu que se levantan. Parecen con ganas de pegarle. Llega la policía a la tribuna. Unos diez, con cascos y palos en la mano. Aíslan al hincha de Gremio. El conflicto se apaga en unos segundos. Es la primera secuencia con la que resulta más fácil identificarse, una imagen en la que se ve parte de lo que se podía esperar: una mezcla de pasión ciega, una cuota de peligro e inconsciencia.

La sensación de “pueblo” está hecha pedazos. La locura de las 200 mil personas en el Maracanazo sólo puede ser una leyenda que jamás se va a repetir. Los pobres que alguna vez pidieron plata cerca del estadio no están: jamás podrían llegar a comprar una entrada por más que ese día el mundo se decidiera a tener la mejor voluntad del año.

Los hinchas se distraen con las pantallas que están alrededor de la cancha, sobre el campo de juego. La cámara los toma y ellos, aburridos por un partido terrible, saludan (Ronaldinho hace pasadas de 25 o 30 metros. Corre hacia adelante pero no le llega la pelota, y retrocede. Baja a la mitad de la cancha y ve cómo la pelota, otra vez, está en el aire, imposible de domar. Es como una mini pretemporada, algo que no le vendría nada mal). El espectáculo podría emparentarse más a un partido de algún deporte de Estados Unidos, la NBA o el béisbol. Todo parece orientado a lo estructurado, al show. Todo se aleja de lo espontáneo, lo salvaje.

Las pantallas del estadio anuncian la asistencia al partido: 9.763 personas. “¡Vergonha!”, grita un hincha de Gremio que está en una platea llena de turistas y en la que se mezclan fanáticos de los dos equipos. “¡Vergonha!”.

La salida parece la de un teatro. No hay grandes masas ni pisos que no pueden verse por los pies de las multitudes. Afuera, silencio. Ni siquiera hay tránsito en una de las ciudades con más tránsito del mundo. Mis pies dan su pitazo final. Me recuerdan, ya en la última jugada del partido, una evidencia: para ir al Maracaná (ya) no se necesitan zapatillas. Nada de eso.



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