Ni más ni menos que la condición humana

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Kaji es miedoso. Abandona su ciudad y toma un trabajo en Manchuria, una colonia japonesa en China, con el único objetivo de escapar de la Segunda Guerra Mundial. Kaji es idealista. Rechaza la forma en la que son tratados los trabajadores de la mina que debe gestionar. Kaji es rebelde. No se calla cuando percibe que, ya reclutado en el Ejército, es tratado con injusticia. Kaji es despiadado. No le tiene respeto a nadie. Reconoce que, a esa altura, es él o ellos.

Las facetas se modifican y la transformación de Kaji resulta natural y obvia, pero también brutal. Atraviesa los cambios de alguien que vive la guerra desde adentro. Reacciona según la condición humana: cuando el mundo parece haber perdido cualquier tipo de sentido, cuando los límites se traspasan, las reglas del juego cambian para siempre.

En Japón nadie hablaba de él. El director de moda, el más prestigioso, era Yasujiro Ozu, que hasta ese momento había hecho Cuentos de Tokio y Primavera tardía, entre otras joyas. Pero Masaki Kobayashi se plantó ante su nuevo proyecto desde una mirada precisa para lo que pensaba hacer: él era el mejor, él era la persona ideal para hacerse cargo.

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La novela de Gomikawa Jumpei era un bestseller en Japón. Kobayashi la pensó como lector. Después, como director de cine. La condición humana, un libro de más de 1500 páginas, era la historia ideal para contar en ese momento. La obra perfecta debe tener primero una voluntad de hacer algo distinto. Es la única forma de crear una historia como La condición humana (publicada en tres partes, en 1950 y 1961, integrada por No hay amor más grande, Rumbo a la eternidad y El grito del soldado, y de ¡diez! horas de duración).

Japón no había superado muchos de los traumas de la Segunda Guerra Mundial, pero Kobayashi surgió como un artista adelantado unos cuantos años a la mirada de la época. La condición humana, una saga trágica que se centra en el triste camino de Kaji por las miserias de la guerra, cuenta desde una mirada nueva los conflictos por los que atravesó el país asiático: en la primera parte, relata por primera vez y con crudeza la forma en la que los chinos veían a Japón, un país que aprovechó su dominio y se encargó de explotar con maldad y sin piedad. Pero las culpas no se reparten sólo en Japón: el relato muestra la brutalidad de los chinos y las injusticias de los rusos. Es la guerra de los malos contra malos.

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Kobayashi se adelante porque exhibe a un personaje que va en contra de algunos paradigmas que, en esa época, eran demasiado fuertes en Japón: Kaji es subversivo. No cree en el patriotismo y mucho menos en la obediencia a la autoridad. Tiene sus propias reglas, su libro, su forma de vivir.

El relato, filmado con maestría y cariño (Yoshio Miyajima fue el gran responsable de una estética alucinante, con planos y secuencias difíciles de olvidar), transmite realidad y verosimilitud. Tatsuya Nakadai, el actor que interpretó a Kaji, declaró años más tarde que por momentos sintió que estaba en una guerra de verdad: tuvo que entrenar como militar, varias de las golpizas que recibía su personaje fueron reales, tuvo miedo de morir en la famosa secuencia en la que el tanque lo pasa por arriba mientras él se acurruca en un pozo y estuvo a punto de congelarse un par de veces por los lugares fríos y sin reparos en los que se filmaba.

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Hay algunas secuencias realmente imborrables. Todo está filmado desde una sencillez que abruma y consigue impresiona: de la primera parte, el momento en el que los presos chinos llegan a la estación de Manchuria y bajan de un tren en el que vivieron hacinados, uno arriba del otro y muertos de hambre. En la segunda, el brutal relato de la guerra entre los rusos y japoneses, con Kaji destinado a resistir como puede desde una trinchera. En la tercera, el final. La nieve que no perdona, el frío que no calma y la gigante soledad.

La saga fue al revés de lo que marcaba la época en muchos sentidos. Los héroes no existen en esta guerra, sólo los sobrevivientes. El relato destila pesimismo y antiépica. Es desgarrador y sincero. Kobayashi emociona por su honestidad. La vida de Kaji no puede tener un final feliz, por más que sueñe una y otra vez con reencontrarse con Michiko, su mujer. Es ni más ni menos que la realidad: la condición humana no admite lugares para héroes.



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