Peter Jackson se confiesa, o por qué El Hobbit no fue como El Señor de los Anillos

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Con la sinceridad despreocupada y el orgullo herido porque algo no salió del todo bien. Peter Jackson no pretendió ser tibio ni gris. En la primera secuencia del material extra que presenta la versión extendida de La Batalla de los cinco ejércitos, lanza su primer ataque con una espada en la mano derecha y un escudo en la izquierda: “Pasé gran parte de El Hobbit sintiendo que no la estaba controlando”.
 
Peter Jackson lo tenía todo muy claro. Después de El Señor de los Anillos, una de las grandes obras maestras de la historia del cine, la vara iba a estar demasiado alta. Y decidió ceder. Ser parte del proyecto y no abandonar la Tierra Media, pero desde una distancia no muy cercana. Encaró la idea de trasladar El Hobbit, la historia más infantil, tierna y divertida de Tolkien, como un productor dispuesto a trasladar su experiencia. Pero, cuando Guillermo del Toro se bajó del barco por razones que nunca quedaron del todo claras, tuvo que hacer de capitán.
 
El primer dibujo, un storyboard fantasioso y sin demasiado sentido, que hizo pensando en que era posible que el mundo Tolkien se trasladara al cine fue en 1997. La comunidad del Anillo, fascinante primera parte de la trilogía, se estrenó en el 2001. Peter Jackson tuvo cuatro años para pensar sus películas. Eligió a su país, Nueva Zelanda, uno de los lugares más lindos del mundo, se juntó con los mejores (Howard Shore en la música, Richard Taylor en el vestuario, maquillaje y los efectos especiales, y Alan Lee y John Howe en las ilustraciones que marcaban el camino de las escenografías) y creó sus obras maestras. La historia con El Hobbit pretendió asentarse en las mismas bases, pero fue muy diferente. Sólo tuvo un par de meses para prepararse antes de filmar. Y, pese a que el director de King Kong declara estar satisfecho con lo que presentó, se confiesa, se saca algunas escamas de encima.
 
“Peter nunca pudo trabajar sobre estas películas. No tendría que decir eso, pero no pudo”, dice una de las productoras de la película. Y Jackson agrega: “Tuve la sensación de no estar a la altura de El Hobbit por no haberla preparado y estar improvisando sobre la marcha, incluso en el guión. Cuando vas al set y estás improvisando, no tienes nada a lo que agarrarte, sin storyboards, sin previsualizaciones. Hay escenas enormemente complicadas y las tienes que construir ahí mismo”.

Las declaraciones pegaron fuerte. Los medios las levantaron como una especie de confesión del fracaso de Jackson.

Pero nada de eso.

Estas declaraciones sueltas, sacadas de contexto, no representan la verdad. Sí, el director se quejó de parte del proceso de filmación. Pero esa bronca e insatisfacción derivó en que Warner decidiera hacer una pausa para que él pudiera pensar un poco más sobre lo que quería hacer. Ese tiempo que Jackson pareció rogar es probablemente la explicación por la que El Hobbit fue una trilogía (Un viaje inesperado, 2012, La desolación de Smaug, 2013, y La Batalla, 2014) y no dos películas, como estaba pautado en un principio. Una decisión que regaló una pausa pero con la que nadie pareció sentirse cómodo.

Hay otra cuestión a tener en cuenta. No debe existir mejor negocio para Warner y el propio Peter Jackson que ese tipo de declaraciones como para volver a estar en boca de todos. Entonces, vender el material extra con estas sentencias fue un refuerzo todavía mayor para que los fanáticos tuvieran su edición.

“Si no fuera un director con 25 años de experiencia en esto, hubiera sido casi imposible”, alerta Jackson. La filmación de El Señor de los Anillos fue un caos tan grande como El Hobbit, pero con la diferencia de que era un proyecto muy claro. El guión era sólido porque se había repasado una y otra vez. Los límites estaban bien puestos, los objetivos también. Nada de eso pasó con la segunda trilogía, cuestión que tuvo un reflejo evidente en la calidad de las películas, especialmente en la última, que tuvo carencias más grandes que las primeras dos.

En El Hobbit, no se percibe mística. La pasión casi no se encuentra. Y, quizás lo más complicado de digerir: el rompecabezas de la historia es demasiado difícil de armar.

La versión extendida -para Peter Jackson, la película que se debe tomar en cuenta-, tiene unos 20 minutos extra y ya hace la diferencia. Suma algunas secuencias brillantes que le agregan a la historia algunos toques necesarios: contar el relato desde lo chico (los hobbits, verdaderos protagonistas, toman mucho más vuelo) y épica (especialmente en la extensión de las escenas de guerra de los hobbits contra los elfos y luego de los dos bandos juntos ante los orcos). ¿Por qué estas partes no estuvieron en la versión que se vio en los cines? Porque el departamento de efectos especiales no dio a tiempo. Y a Jackson no le quedó otra alternativa que rebanarlas, más allá de lo que representaban.

Hay otro aspecto interesante que se muestra en el material extra del DVD. Nunca se terminan de explicar las razones, pero quedaron de lado (tanto de la versión del cine como la extendida) algunas secuencias que parecían fundamentales. Hay dos discursos de Gandalf; uno, antes de la batalla, otro, en el funeral de los enanos, que lucían superadores. También dejan entrever una escena -que no fue- espectacular en la que el mago persigue a Sauron y lo elimina. Y otro momento que parecía maravilloso, cuando Bilbo entierra su famosa bellota, en plena batalla, como un presagio de que su camino terminará ahí pero en algún momento esa semilla será un árbol que representará otra forma de vida. Pero en el film no aparecen.

Se nota una tendencia a dejar pasar las cosas en la filmación de El Hobbit. Si en El Señor de los Anillos todo estaba puesto en el detalle y la obsesión, acá la historia es otra. El cansancio, la presión y la falta de tiempo determinaron algunas resoluciones algo más apresuradas y mucho menos pensadas (una decisión evidente: en la primera trilogía, la cantidad de extras fue mucho mayor. En la segunda, en cambio, hubo muchos más orcos recreados por la computadora que actores).

El material del DVD termina siendo una lección de cine en la que se atraviesa el proceso completo de una película. Todos parecen preocupados -con gran acierto- por registrar lo que estaban haciendo. Peter Jackson, él mismo lo admite, tiene una cuota grande de planificación y otra de improvisación. Pero, en este caso, la inmensidad del proyecto lo terminó por devorar. El Hobbit, no quedan dudas, es una trilogía que deja un sabor extrañamente -y dolorosamente, para los que disfrutaron de El Señor de los Anillos– agridulce. En el documento de la edición extendida, larguísimo y extraordinario, el propio director se encarga de dejar sentada su posición, una y otra vez: “Es algo imposible, y como es imposible empecé a rodar la película sin tener las cosas listas”.



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