Evolution: por favor, que termine

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Lucile Hadzihalilovic, la directora, fue coherente y lúcida con lo poco que dijo antes de que empezara la película: “No piensen demasiado, sólo intenten dejarse llevar”.

La cámara se sumerge en el mar y muestra un mundo hermoso. De algas, de una luz penetrante que rompe con las olas y llega hasta lo más profundo. De una corriente que parece capaz de llevarse todo puesto. Y de un nene que nada en un agua cristalina. Libertad.

Una isla rocosa con un mar hermoso (como la de Stromboli, la gran película de Roberto Rosselini). Un grupo de nenes no mayores de 12 años educados por madres excesivamente blancas, silenciosas y misteriosas. Intriga, interrogantes, suspenso. Hasta los 15 minutos, Evolution, proyectada en el Bafici 2016, plantea un panorama interesante. Pero luego todo se desmorona.

El delirio no tiene nada de malo. El sinsentido se puede disfrutar. No es necesario que una película tenga principio, nudo y desenlace para ser buena. Pero este film se pasa de rosca. Porque, en el medio de esta estructura sin ataduras, introduce también al sufrimiento.

Sí, el espectador la puede pasar mal. Muy mal. Después de esos 15 minutos, el relato se centra en una especie de centro clandestino de niños en el que se realizan todo tipo de experimentos. Desde ese momento, todo es bizarro, asqueroso y recurrente al golpe bajo. Se abandona la insinuación. Aparecen primeros planos de agujas, cesáreas, mujeres desnudas con agujeros en la espalda y algunos otros elementos -¿monstruos? ¿animales marinos?- que simplemente resultan imposibles de explicar. El mar, que al principio remitía a la felicidad y libertad, pasa a ser una especie de patíbulo, de espacio para el mal.

¿Qué da Evolution a cambio de mostrar todo eso? Impresionar es muy fácil con un primer plano a una aguja. Generar tensión con un chico desnudo sobre una camilla con enfermeras dando vueltas no debe resultar demasiado difícil. Pero, después de la impresión y la tensión, llegan otras sensaciones: el desagrado, la ira, el aburrimiento, el tedio y, también, la risa incontenible. Sí, hay momentos tan ridículos que el clima que en alguna parte se pudo haber creado se destruye ante lo insólito.

La indefinición es otro problema: por momentos, la película se plantea ser clase A. La filmación es digna de un director como Terrence Malick o Paul Thomas Anderson. Pero esa frescura para mostrar ese mundo tan particular luego choca con una serie de situaciones de película clase B o C. Hay demasiadas repeticiones, muchos golpes bajos y otro tipo de descuidos que hacen ruido.

¿Dónde está la rebeldía de los nenes? La esencia de un nene es la de moverse, cuestionar, no dejarse dominar. Pero, en Evolution, los chicos parecen robots. Ahí están, tirados, reducidos a una cama sin ni siquiera hablarse entre sí. ¿Por qué Nicolas, el protagonista, no genera nada? ¿Por qué se percibe tanta frialdad?

Filmar lindo, tener una buena fotografía, pasa a un tercer plano cuando la esencia es tan vacía.

 

Lo peor de la película está en los excesos. Como si el punto no estuviera comprobado, como si las escenas impresionantes no hubieran sido suficientes, las secuencias van resultando cada vez más desafiantes y crudas. ¡La directora no se cansa de mostrar mujeres torturando chicos! Y las agujas son cada vez más grandes, y a los chicos cada vez les duele más. El relato se vuelve un rejunte, y todo pierde fuerza.

Evolution alcanza el punto del hartazgo. Llega un momento en el que es imposible no pensar: “Por favor, ya fue suficiente, que termine”.

 



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